Cuba: la tragedia frente al mito, y la posibilidad de la esperanza
No existe el ‘heroico pueblo cubano’ que resiste a 90 millas del imperio, sino un pueblo sometido por una dictadura y por presiones externas
Cuba acapara titulares en la prensa internacional desde hace poco más de dos semanas, cuando la Administración Trump amenazó con imponer aranceles a los países que envíen petróleo al país antillano. Para muchos, la isla despierta cierto interés ahora que su escenario, ya de por sí precario, puede agravarse aún más. Pero también porque, nuevamente, la política estadounidense hacia la isla es capaz de incitar más fuerza movilizativa que la situación misma del país. De no ser por eso, quizás la crisis sanitaria asociada a la epidemia de arbovirosis reconocida por el gobierno cubano los últimos meses de 2025 hubiera despertado iguales alarmas, o lo hubiera hecho la precarización absoluta de la vida, que ha vuelto cotidianas escenas de ancianos durmiendo en la calle o hurgando en la basura, o la existencia de un monopolio económico controlado por la cúpula de la familia en el poder y sus acólitos, que se enriquecen desproporcionalmente mientras empobrece al punto del colapso a una sociedad fracturada y maniatada por la represión política.
Pero nada de eso fue suficiente. Tuvo que ser la presión de Washington lo que movilizó a organizaciones aliadas del gobierno cubano (como Progressive International o Code Pink) para convocar a una flotilla que “rompa el cerco”, aunque el cerco no sea tal y la repetida analogía de Cuba con Gaza no se sostenga de ninguna manera. Y es también esa presión la que ha hecho del llamado a la ayuda humanitaria una forma de acción pretendidamente apolítica que grita a los cuatro vientos que hay que “salvar a Cuba”. Que la capacidad para movilizar sobre Cuba a los no cubanos esté en manos de Estados Unidos es, entre otras cosas, la expresión más clara de la participación de una significativa parte de la comunidad internacional en la clausura de las oportunidades para que la sociedad cubana pueda librarse de un régimen dictatorial que está próximo a cumplir siete décadas.
Mientras que las narrativas del pueblo sitiado, las flotillas, las analogías con Gaza, la ayuda humanitaria y el antiimperialismo trasnochado continúan enmarcando el problema cubano en “el bloqueo contra la revolución heroica”, hay una sociedad que intenta, infructuosamente, ser escuchada y reconocida como una interlocutora válida -de hecho, protagónica- en cualquier proceso de cambio. Tal posibilidad es negada, en principio, por la pulsión totalitaria del régimen cubano. Los más de mil presos políticos, la judicialización y criminalización del disenso y el hostigamiento continuo a cualquier impulso autónomo no son accidentes coyunturales: son la condición misma de la existencia de un proyecto de control total. Así, la sociedad civil cubana, duramente reprimida, fragmentada y dispersa, ha visto sistemáticamente reducida su agencia a la mínima expresión.
En un momento de crisis radical y colapso económico, cuando los conductores de un modelo fracasado insisten en “hundirnos en el mar” para salvar alguna gloria (que no significa nada para quienes sufren cotidianamente en la isla), que la sociedad carezca de la posibilidad de manifestar su voluntad de cambio y organizarse para materializarla es una tragedia que conduce inevitablemente -no sin el apoyo entusiasta de quienes han decidido respaldar al régimen que los oprime- al escenario de confluencia entre el anquilosamiento de una cúpula criminal en el poder y las presiones de una potencia imperial por derrocarla. Y ni siquiera allí se avizora la posibilidad de un cambio real.
Las especulaciones de las últimas semanas han insistido en buscar -bajo la impronta de los sucesos posteriores al 3 de enero de 2026 en Venezuela- quién jugaría el rol de Delcy Rodríguez en el escenario cubano, en la suposición de que una fractura de la élite podría conducir a un tipo de intervención puntual de Estados Unidos que cambiara la balanza del poder al interior del país. Han reforzado o negado rumores sobre negociaciones de altas o medianas esferas del gobierno cubano con la Administración actual del gobierno estadounidense. Y en los últimos días, han puesto la atención en el cambio de lenguaje que Marco Rubio ha mostrado al hablar de posibles reformas económicas negociadas entre las dos partes. La forma en que Trump ha repetido que los cubanos quieren regresar a su país suena más a una manera políticamente correcta de decir que cualquier cambio debe incluir un aumento en las deportaciones -lo cual es coherente con las políticas internas de la Administración actual- que a corresponder a un reclamo de la sociedad cubana. Y de parte del gobierno cubano, el principal responsable de la catástrofe, hemos tenido más de lo mismo: movilización de actores internacionales que les sirven como repetidores de propaganda, y muchos llamados a la inmolación y el sacrificio.
Es obvio que el régimen cubano se siente más a gusto hablando de genocidio y exterminio que intentando salvar al país, incluso cuando aceptar las demandas básicas de cualquier proceso transicional -liberación de los presos políticos y cese de la represión- podría permitirles mantenerse en el poder. Y digo “podría” porque, como bien sabe el propio régimen, una sociedad al borde del colapso y desesperada por un cambio, y liberada de sus ataduras, es un peligro mayor para su permanencia en el poder que cualquier presión externa, y aún peor si se conjuga con la presión externa. No es sin razón que, por muchas que sean las restricciones, nunca afectan la capacidad del aparato represivo de mantenerse operando. Las señales sobre lo que realmente está sucediendo son, como en cualquier contexto crítico, confusas, y se leen atravesadas por el temor a algo aún más grave que los escenarios catastrofistas que tanto satisfacen al imaginario antiimperialista: el temor de que todo permanezca igual.
Cualquiera que sea el escenario que nos espera en los próximos días, semanas y meses, la única oportunidad de cambio real radica en la posibilidad de tener una oportunidad de que la disidencia, la oposición, y la sociedad civil cubana puedan articularse. Y eso depende mucho de los propios cubanos, pero depende también de que el régimen de opresión que sigue intacto hasta este punto se debilite de alguna forma y deje algún mínimo espacio para que esa sociedad logre manifestarse. Allí radica la posibilidad de la esperanza; no como deseo pasivo de algo que vendrá, sino como gesto inmediato de aprovechar cualquier grieta para materializarlo. Y quizás eso tampoco resolvería todo, pero al menos pondría en el centro, que es el lugar que le corresponde, las demandas de la sociedad cubana.
La sociedad que dejan casi 70 años de totalitarismo es una con poca experiencia cívica; desterritorializada, fragmentada, resentida con la perversión de un lenguaje luminoso en nombre del cual les fueron destruidos el presente y el futuro, y, en muchos casos, repetidora de los mismos patrones de exclusión que la destruyeron. Pero también es una que conserva, como lo hace cualquier pueblo, sus ansias de justicia y libertad. No es el “heroico pueblo cubano” que resiste a 90 millas del imperio. Tal cosa no existe, a pesar de que los privilegiados que quieren hacer de Cuba su bandera antiimperialista y su utopía particular insistan en describirla de esa forma. Es un pueblo diverso y colmado de dolores, pero también de anhelos, que tendrá que reconstruirse a sí mismo durante décadas, cuando la pesadilla del totalitarismo haya terminado. Pero hoy, acompañar sus demandas es la única manera de hacer algo realmente por Cuba. Porque si Cuba no es su gente, no es nada.