La urgencia de un giro productivo en América Latina
La región debe priorizar inversiones en capital humano, reducir la informalidad, facilitar la innovación, modernizar la regulación y alinear los incentivos fiscales con sectores estratégicos
América Latina enfrenta un problema que rara vez aparece en las campañas políticas, pero que definirá su futuro económico: una productividad estancada. Durante décadas, gran parte del crecimiento regional provino de la expansión de su fuerza laboral y de una población joven, no de mejoras reales en la producción por t...
América Latina enfrenta un problema que rara vez aparece en las campañas políticas, pero que definirá su futuro económico: una productividad estancada. Durante décadas, gran parte del crecimiento regional provino de la expansión de su fuerza laboral y de una población joven, no de mejoras reales en la producción por trabajador. Ese “dividendo demográfico” suavizó los costos del rezago productivo y permitió aplazar discusiones incómodas. Pero ese ciclo se agotó. Hoy, con la población en edad de trabajar desacelerándose y las tasas de natalidad en mínimos históricos, la región descubre que su motor de crecimiento ya no será la demografía, sino la productividad. Y es precisamente ahí donde más hemos fallado.
El informe de la OCDE Perspectivas Económicas de América Latina 2025 es contundente. Entre 1991 y 2024, la productividad laboral creció apenas 0,9% anual, muy por debajo del ya modesto 1,2% de los países de la OCDE. En otras palabras, América Latina lleva más de tres décadas sin un proyecto serio de sofisticación productiva. Mientras tanto, Asia emergente registró aumentos de entre 2% y 3% anuales, transformando su base industrial, escalando en las cadenas globales de valor y convirtiendo la innovación en política de Estado. La comparación no solo ilustra un rezago: revela una ausencia de estrategia.
A este atraso se suma un problema estructural evidente. Según el mismo informe, los países latinoamericanos destinan menos de 0,5% del PIB a políticas de desarrollo productivo, frente al 3% que invierten las economías avanzadas. Además, la informalidad mantiene al 55% de los trabajadores atrapados en sectores de baja productividad y solo el 2,1% del empleo se ubica en sectores de tecnología media-alta o alta. En estas condiciones, pretender competir en un mundo marcado por la inteligencia artificial, la manufactura avanzada y la transición verde es, como mínimo, improbable.
El nuevo escenario demográfico agrava aún más el panorama. Como advierte la OCDE, el PIB per cápita “se ha estabilizado en torno a su potencial”, y ese potencial está limitado por una fuerza laboral que ya no crece. El Fondo Monetario Internacional añade otro dato inquietante: si en las últimas dos décadas la mano de obra aumentó cerca del 50%, impulsando el crecimiento, en las próximas dos décadas la tendencia se revertirá y la población en edad de trabajar podría disminuir entre 0,6% y 1% anual. Es decir, el motor demográfico dejará de empujar y empezará a frenar.
Este contraste se vuelve aún más claro al mirar el largo plazo. Entre 1960 y 2019, según el Banco Interamericano de Desarrollo, América Latina y el Caribe avanzaron más que las economías desarrolladas en fuerza laboral, años de escolaridad y acumulación de capital físico. Sin embargo, el resultado final fue una brecha contundente en crecimiento económico: mientras las economías avanzadas crecieron cerca de 2,6% anual, América Latina y el Caribe apenas alcanzaron alrededor de 1,8%. Esa divergencia no se explica por falta de trabajo, educación o inversión, sino por un factor decisivo: la productividad.
Ahí radica la diferencia esencial —y también el contraste con Asia emergente, que creció alrededor de 4,5% anual—. Mientras que en las economías avanzadas y en Asia emergente la productividad avanzó de forma sostenida —en torno a 1,4% y 2,3% respectivamente—, en América Latina y el Caribe prácticamente se estancó en 0,06%, con efectos profundos sobre el nivel de vida y la riqueza nacional. Las cifras no son abstractas: son un reflejo directo de oportunidades perdidas.
Las consecuencias de ese estancamiento, según el BID, son enormes. Si la productividad hubiera sido más robusta, el panorama económico sería radicalmente diferente. De haber crecido al ritmo de Asia emergente, el PIB latinoamericano sería 3,6 veces mayor al actual y el ingreso per cápita alcanzaría cerca del 90% del nivel de Estados Unidos, en lugar del 25% registrado en 2019. En otras palabras, la ausencia de productividad define la magnitud de lo que la región sigue dejando sobre la mesa.
Además, esta tendencia no es exclusiva de América Latina. Charles Goodhart y Manoj Pradhan, en The Great Demographic Reversal, muestran cómo la era de mano de obra abundante —que sostuvo el crecimiento global durante cuarenta años— se está agotando. Su conclusión es categórica: cuando la demografía deja de impulsar, la única fuente sostenible de crecimiento es la productividad. Para América Latina, esa conclusión no es teórica: es una advertencia directa.
Brasil, Uruguay y Chile ya están en fases avanzadas de envejecimiento sin haber construido un aparato productivo competitivo. Colombia y México avanzan por la misma senda. Y la región enfrenta esta transición con brechas educativas, instituciones con capacidades limitadas y un sector privado que innova menos de lo que podría porque el entorno regulatorio y fiscal no favorece el riesgo ni la sofisticación.
La paradoja es que la región sí tiene oportunidades reales. La transición energética abre espacio para renovables y minerales críticos; la digitalización abre ventanas para la exportación de servicios; y la economía del cuidado será un sector dinámico en sociedades que envejecen. Pero aprovecharlas exige visión estratégica, coordinación institucional y un cambio de mentalidad tanto en los gobiernos como en el sector privado.
Para capitalizar esas oportunidades, América Latina debe priorizar inversiones en capital humano, reducir la informalidad, facilitar la innovación, modernizar la regulación y alinear los incentivos fiscales con sectores estratégicos. Sin mejoras en productividad no habrá inclusión, ni transición verde creíble, ni recursos suficientes para sostener un Estado en sociedades que envejecen. La región llega tarde, pero aún tiene margen. Lo que no tiene es tiempo para seguir postergando su transformación productiva. Sin ese giro, el estancamiento será inevitable; con él, todavía es posible escribir un futuro distinto.