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Democracia y mayoría de edad

En tiempos electorales, la democracia presupone algo radical: personas capaces de juzgar, contrastar y decidir por sí mismas. ¿Pero en realidad lo somos?

Una casilla de votación en el colegio San Bartolomé, en Bogotá, el 26 de octubre de 2025.Diego Cuevas

En estas elecciones… ¿Quién decide qué es prioritario? ¿Quién define las preguntas que creemos centrales? ¿Somos realmente libres al votar si no somos libres al pensar? Propongo meditar sobre estas cuestiones, en tiempos en que la democracia vuelve a estar en el centro de la conversación pública.

Sabemos que la democracia no se sostiene en la imposición, sino e...

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En estas elecciones… ¿Quién decide qué es prioritario? ¿Quién define las preguntas que creemos centrales? ¿Somos realmente libres al votar si no somos libres al pensar? Propongo meditar sobre estas cuestiones, en tiempos en que la democracia vuelve a estar en el centro de la conversación pública.

Sabemos que la democracia no se sostiene en la imposición, sino en la confianza. Por eso, en época electoral solemos hablar de confianza en las instituciones, en especial en el sistema de votación y en los resultados. Un asunto relevante porque la democracia necesita reglas claras y procedimientos legítimos. Pero hay algo que a veces olvidamos: la autonomía interior del ciudadano, la confianza en nuestro propio raciocinio y capacidad de reflexión.

En medio de elecciones polarizadas, desconfianza institucional y saturación informativa, la pregunta de fondo no es solo quién gana, sino quién decide. Y más aún: ¿desde dónde decidimos?

Aunque la insatisfacción con el funcionamiento de la democracia es alta, diversos estudios muestran que una parte significativa de los ciudadanos la sigue prefiriendo frente a otras formas de gobierno y el voto aún se ve como herramienta legítima de cambio. Esa convicción es una señal de esperanza. Sin embargo, la pregunta es más exigente: ¿qué tipo de ciudadanía requiere esa voluntad para no quedarse en declaración? Cuidar la democracia implica algo más que adhesión; exige agencia y autonomía.

Históricamente en Colombia, cuando se habla de amenazas a la libertad electoral, se piensa en la compra directa de votos: dinero, favores, promesas. Se trata de una interferencia visible. Pero a esta situación también se suma otro desafío. No siempre se compra el voto a cambio de ofrecer algo; se influye en la formación del juicio al incidir en el ecosistema informativo que lo precede. Si antes la amenaza era el dinero, hoy quizás otro de los mayores riesgos es la captura de la atención.

La democracia presupone algo radical: ciudadanos mayores de edad. Personas capaces de juzgar, contrastar y decidir por sí mismas. Sin esa autonomía, que alude a la capacidad de elegir como aspecto central de la dignidad humana, el voto se convierte en procedimiento vacío. Puede haber urna y alternancia, pero no necesariamente libertad interior.

Immanuel Kant definía la Ilustración como la salida del ser humano de su “minoría de edad”, es decir, de la incapacidad de usar la propia razón sin la guía de otro. “Atrévete a saber”, decía. Atrévete a pensar por ti mismo. Para Kant, la mayoría de edad no era una condición jurídica; era una disposición del espíritu.

La inquietud hoy es si podemos estar viviendo una nueva forma de minoría de edad. No impuesta de forma consciente por censura, sino por la forma en que, muchas veces, sin darnos cuenta delegamos nuestra atención. Los algoritmos organizan lo que vemos, lo que nos indigna y lo que creemos relevante. Esta mediación —que algunos llaman algocracia— no sustituye la democracia formal, pero transforma la formación del juicio. Cada ciudadano habita una versión distinta de la realidad, con una dieta informativa diseñada para retener su atención y explotar sus sesgos, no para ampliar la comprensión del mundo.

¿Qué significa entonces hablar de un voto libre? Si nuestras percepciones están mediadas por sistemas que optimizan emociones y reacción, ¿desde dónde deliberamos? ¿Desde la reflexión o desde el impulso?

Los ecosistemas informativos de hoy están diseñados para captar nuestra atención y activar nuestra respuesta más inmediata: la reacción emocional, la indignación instantánea, el impulso de compartir antes de verificar. Pero la democracia no está pensada para producir decisiones rápidas, es un espacio para la deliberación compartida. Exige activar nuestro sistema pausado (el sistema dos, del que nos hablan las ciencias del comportamiento) para dar tiempo, contraste y juicio. Y el juicio —condición de la autonomía— no se automatiza ni se optimiza con datos; se forma en la duda y en el reconocimiento de los propios límites.

Por eso necesitamos un suelo común de interpretación. No un mundo uniforme, sino un horizonte compartido desde el cual disentir tenga sentido. Cuando ese horizonte se fragmenta en realidades personalizadas, la deliberación se deteriora.

Si cada ciudadano habita un entorno informativo distinto, que además se define por incentivos que priorizan emoción y retención antes que comprensión, la autonomía deja de ser un supuesto y se convierte en tarea. La mayoría de edad democrática implica algo concreto: recordar, una y otra vez, que mi feed no es el mundo.

En este contexto, la educación deja de ser complementaria y se vuelve estructural. Se trata de formar carácter intelectual. Educar es acompañar el ejercicio de la autonomía: aprender a detenerse antes de reaccionar, buscar deliberadamente el mejor argumento contrario y sostener el juicio cuando todo invita a la inmediatez.

La mayoría de edad democrática no consiste en tener más información, sino en resistir su avalancha. No es opinar más rápido, sino pensar con más hondura.

La democracia puede sobrevivir al desacuerdo. De hecho, se nutre de él. Lo que no puede perder es la autonomía de quienes la sostienen ni el suelo común que hace posible ese desacuerdo. Porque la mayoría de edad interior no se declara: se ejerce. Y si no se ejerce, se delega.

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