La cooperación española desde el terreno

¿Qué legado deja en el mundo la ayuda oficial al desarrollo española? ¿Dónde va a parar el dinero público aportado por los ciudadanos? En busca de respuesta, emprendemos viaje tras los proyectos de cooperación por seis lugares del planeta. ¡Acompáñanos!

Xesampual, Guatemala

Las indígenas que lucharon por el agua

Por Zoraida Gallegos

Tres de cada cuatro habitantes de los 1.200 con que cuenta Xesampual, un paraje al sur del país, son mujeres. La vida allí es complicada. Sólo hay una escuela y no tienen ni clínica de salud ni ambulancia. Tampoco, hasta hace tres meses, agua en sus viviendas. El acceso ha sido un problema ancestral hasta que estrenaron un sistema de agua potable que les permite contar con un grifo en casa. Para operar y administrar el servicio se creó la Comisión de Agua y Saneamiento, de la cual forman parte María Isabel Can y dos de sus vecinos. Una de sus funciones es llevar un registro del consumo de cada hogar. El nuevo proyecto —cofinanciado por la AECID y la mancomunidad Tzolojya (Manctzolojya) del departamento de Sololá— consistió en instalar un sistema de agua por bombeo accionado por medio de energía eléctrica y que se distribuye a las viviendas a través de conexiones prediales, donde se instalaron medidores de caudales. Para mejorar el saneamiento básico del paraje se construyeron letrinas de hoyo seco ventiladas y pozos de absorción para infiltrar las aguas residuales. Las mujeres de Xesampual pelearon por estos servicios y lograron su objetivo. Y se han organizado para defenderlo. Ahora la comisión de agua vela porque se haga buen uso del líquido. Hace un mes instalaron bocinas en una casa y con música hicieron un llamado vecinal para que se acercaran a pagar los 10 quetzales que cuesta. “Fue como una fiesta”, cuentan.

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Ellas son Las Poderosas de Sololá

Guatemala

Ellas son Las Poderosas de Sololá

Gabriel Pecot | Sololá, Guatemala

Fueron víctimas de violencia de género y hoy sensibilizan sobre esta lacra a través de sus obras teatro. Lo hacen en un país, Guatemala, con una de las tasas de feminicidios más elevada del mundo.

Lesbia Téllez (en el centro) ensaya junto a su compañera Telma Ajin (a la derecha) y a sus hijas para el pase de la obra que representan en el Centro Cultural de España de Guatemala con motivo del Día Internacional por la No Violencia contra la Mujer.

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Ellas son Las Poderosas de Sololá

Gabriel Pecot | Sololá, Guatemala

Lesbia Téllez (derecha) ultima junto a un técnico los detalles de luz y sonido del pase que presentarán en el Centro Cultural de España. Para realizar su labor de sensibilización contra la violencia de género a través del teatro han recibido apoyo de la cooperación española.

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Ellas son Las Poderosas de Sololá

Gabriel Pecot | Sololá, Guatemala

María Esther Cojtin, 36 años, integrante de Las Poderosas de Sololá (2012), una creación de las Poderosas Teatro. El grupo está integrado mayoritariamente por mujeres indígenas de diversas comunidades del departamento de Sololá (Guatemala), donde la violencia y el machismo están fuertemente arraigados. Con la financiación de la AECID, en el marco del Convenio Construcción de la Paz en Guatemala (2010-2014), que busca impulsar procesos de prevención de la violencia y la consolidación de paz en el país, estas mujeres montaron obras de teatro que buscan analizar las raíces del machismo y la violencia.

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Ellas son Las Poderosas de Sololá

Gabriel Pecot | Sololá, Guatemala

Las integrantes de Las Poderosas Teatro se abrazan antes de salir a escena en el Centro Cultural de España, para ejecutar su representación con motivo del Día Internacional por la No Violencia contra la Mujer.

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Ellas son Las Poderosas de Sololá

Gabriel Pecot | Sololá, Guatemala

Lesbia Téllez, durante su actuación, ataviada como los famosos luchadores enmascarados.

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Ellas son Las Poderosas de Sololá

Gabriel Pecot | Sololá, Guatemala

Fermina Maquin Chic, 45 años, integrante de Las Poderosas de Sololá en 2012, cuando el grupo teatral fue creado.

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Ellas son Las Poderosas de Sololá

Gabriel Pecot | Sololá, Guatemala

Un grupo de adolescentes prepara una representación sobre violencia de género, coordinado por Las Poderosas. Los chavales estrenan su creación con motivo del Día Internacional por la No Violencia contra la Mujer.

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Ellas son Las Poderosas de Sololá

Gabriel Pecot | Sololá, Guatemala

Lesbia (centro) escucha al grupo de adolescentes tras terminar el ensayo de su obra, que ha sido resultado de uno de los muchos talleres que imparten Las Poderosas.

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Ellas son Las Poderosas de Sololá

Gabriel Pecot | Sololá, Guatemala

Francisca Vásquez Velásquez, de 42 años, es integrante de Las Poderosas de Sololá desde 2012.

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Ellas son Las Poderosas de Sololá

Gabriel Pecot | Sololá, Guatemala

Los chavales, alumnos de Las Poderosas, representan su obra en una escuela de la ciudad frente a más de 200 espectadores.

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Ellas son Las Poderosas de Sololá

Gabriel Pecot | Sololá, Guatemala

Una madre y sus hijas asisten al acto con motivo del Día Internacional por la No Violencia contra la Mujer que se celebra en la ciudad de Panajachel.

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Ellas son Las Poderosas de Sololá

Gabriel Pecot | Sololá, Guatemala

Carmen Rosa Calel Morales, de 42 años, integrante de Las Poderosas de Sololá desde 2012.

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Sololá, Guatemala

Las guatemaltecas que combaten la violencia con el teatro

Por Zoraida Gallegos

Esto es una obra de teatro, pero representa claramente la vida en Sololá, en el altiplano guatemalteco. En el patio de una vivienda tres chicos hablan de las mujeres. “Todas son iguales, aunque estén casadas siempre andan buscando hombres", dice uno de los actores. Frente a ellos, Lesbia —del colectivo Las Poderosas, que trabaja con los adolescentes y las mujeres de la zona, en su mayoría indígenas, en talleres de género donde analizan el origen del machismo, la violencia y sus consecuencias— les pide que hablen más fuerte. El ensayo termina y los participantes se toman de las manos para decir: "Todas y todos unidos contra la violencia". Con la ayuda del Centro Cultural España y el centro de formación de la Cooperación Española, Las Poderosas, un colectivo de teatro biográfico documental feminista conformado por un grupo de sobrevivientes de violencia que surgió a principios de 2008, recibieron preparación personalizada en técnicas teatrales y presentaron su obra en España. En 2011 empezaron a impartir los talleres en municipios del departamento de Sololá.

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Un grifo, un milagro

Guatemala

Un grifo, un milagro

Gabriel Pecot | Xesampual, Guatemala

Mujeres como burras de carga del agua. Un clásico. Antes, ellas la acarreaban desde el pozo o el río. Pero un proyecto les cambió la vida hace poco más de tres meses: ya disponen de agua potable en sus hogares.

María Isabel Can, de 37 años, es vocal de la Comisión de Agua de Xesampual, creada para controlar el buen uso del agua que llega a las casas gracias a un nuevo sistema de bombeo. La mujer camina entre un campo de maíz mientras hace la ronda mensual para controlar los contadores de la comunidad.

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Un grifo, un milagro

Gabriel Pecot | Xesampual, Guatemala

María Isabel (a la derecha) informa sobre las tarifas de agua a una vecina tras controlar su contador.

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Un grifo, un milagro

Gabriel Pecot | Xesampual, Guatemala

María Isabel revisa un contador junto a sus compañeros. Una vez al mes, se forman equipos de voluntarios que visitan cada casa de la comunidad para verificar los consumos.

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Un grifo, un milagro

Gabriel Pecot | Xesampual, Guatemala

María Isabel camina junto a su compañera Magdalena Saquic (a la izquierda) por las calles de su comunidad durante la ronda mensual. Hasta hace tan solo tres meses, debían recoger el agua de lluvia o ir a buscarla a un pequeño río cercano.

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Un grifo, un milagro

Gabriel Pecot | Xesampual, Guatemala

Un grupo de mujeres de Xesampual decidió participar en la Comisión de Agua y Saneamiento que se creó en su comunidad para gestionar el proyecto de agua que abastecería a los 1.200 habitantes. Ahora, ellas mismas se encargan de revisar los medidores de sus vecinos y hacen los cobros del servicio.

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Un grifo, un milagro

Gabriel Pecot | Xesampual, Guatemala

La madre y sobrina de Maria Isabel Can preparan tortillas de maíz, base de la dieta guatemalteca. En Xesampual, las mujeres debían atravesar un pequeño bosque para llegar al río. En el trayecto se exponían a ser atacadas por algún animal o toparse con hombres que quisieran hacerles daño.

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Un grifo, un milagro

Gabriel Pecot | Xesampual, Guatemala

En Xesampual, las mujeres deben afrontar la vida diaria en soledad. Muchos hombres se han visto forzados a emigrar a otras regiones del país o Estados Unidos para poder ganar un sustento con el cual mantener a sus familias.

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Un grifo, un milagro

Gabriel Pecot | Xesampual, Guatemala

María Isabel borda en su casa. Desde hace tres meses, tienen un grifo en casa y eso las hace sentir seguras, cómodas y tranquilas. El nuevo proyecto de agua potable —cofinanciado por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y la mancomunidad Tzolojya de Sololá— consistió en instalar un sistema de agua por bombeo que se distribuye a las viviendas a través de conexiones prediales.

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Managua, Nicaragua

Una historia de dignidad y de basura

Javier Sancho

Al otro lado del muro que rodea el barrio Villa Guadalupe, cerca del lago de Mangua, se levantaba el mayor vertedero a cielo abierto de América Latina, La Chureca. Casi 2.000 personas rebuscaban diariamente en ese lugar adonde llegaban sin cribar residuos domésticos, industriales y hasta desechos hospitalarios y de mataderos. Cuatro millones de metros cúbicos de basura acumulados durante 40 años, a orillas de un lago totalmente contaminado.

“Entre los años 2009 y 2012 que duraron las obras, se logró sellar el vertedero, se construyó una planta de residuos sólidos urbanos (RSU), y una nueva urbanización con viviendas dignas para albergar a la población de la Chureca. Además, la Alcaldía, junto con las ONG y otros actores, ofreció alternativas de educación, salud, etcétera. En todo ese tiempo vi cómo la tonalidad de la vida de la gente cambiaba del blanco y negro al color”, dice José Manuel Mariscal, coordinador de la Cooperación Española en Nicaragua, quien habla con el entusiasmo y la épica de quien ha sido testigo y partícipe de una enorme transformación social. Villa Guadalupe alberga a 5.000 personas y cuenta con unas infraestructuras modernas, incluido un colegio que financió la Agencia Andaluza de Cooperación, además de una estación de policía y un centro comunitario con una sala para la memoria histórica del lugar. “Para que los niños sepan de dónde venían sus padres”, termina.

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La metamorfosis de La Chureca

Nicaragua

La metamorfosis de La Chureca

Gabriel Pecot | Managua, Nicaragua

La Planta de Residuos Solidos Urbanos (RSU) reemplazó el antiguo vertedero de La Chureca, el mayor a cielo abierto de América Latina, donde a lo largo de 40 años se acumularon cuatro millones de metros cúbicos de basura.

Jennifer, de 22 años, que creció entre esos desechos, ahora es supervisora de higiene y seguridad de la nueva planta. En la imagen, se arregla para comenzar el día en la habitación que habita en casa de su hermana junto a su pareja, situada en el barrio de Villa Guadalupe.

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La metamorfosis de La Chureca

Gabriel Pecot | Managua, Nicaragua

Jennifer almuerza en su habitación en casa de su hermana.

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La metamorfosis de La Chureca

Gabriel Pecot | Managua, Nicaragua

La supervisora comienza la primera ronda del día para repartir elementos de protección entre los trabajadores de planta.

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La metamorfosis de La Chureca

Gabriel Pecot | Managua, Nicaragua

A pesar de los graves riesgos para su salud, el basurero La Chureca se había convertido en un medio de vida para miles de personas.

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La metamorfosis de La Chureca

Gabriel Pecot | Managua, Nicaragua

Una trabajadora separa los residuos en una de las líneas de clasificación de la Planta de Residuos Sólidos Urbanos (RSU), la cual reemplazó al antiguo vertedero de La Chureca en Managua.

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La metamorfosis de La Chureca

Gabriel Pecot | Managua, Nicaragua

Jennifer realiza el control del los elementos de seguridad que deben portar los operarios.

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La metamorfosis de La Chureca

Gabriel Pecot | Managua, Nicaragua

Un operario clasifica metales en la Planta de Residuos Sólidos Urbanos (RSU).

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La metamorfosis de La Chureca

Gabriel Pecot | Managua, Nicaragua

Jennifer habla con su hermana tras haberle aplicado unas gotas en los ojos. Las partículas en suspensión que se generan al clasificar la basura son uno de los riesgos laborales más comunes.

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La metamorfosis de La Chureca

Gabriel Pecot | Managua, Nicaragua

A pesar de la existencia de la Planta de Residuos Sólidos Urbanos (RSU), aún existen pequeños vertederos y comercio de materiales reciclados.

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La metamorfosis de La Chureca

Gabriel Pecot | Managua, Nicaragua

Jennifer se arregla por la mañana antes de ir al colegio junto a Carolina, su pareja.

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La metamorfosis de La Chureca

Gabriel Pecot | Managua, Nicaragua

Jennifer enseña el tatuaje que se hizo con la fecha en que conoció a su novia.

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La metamorfosis de La Chureca

Gabriel Pecot | Managua, Nicaragua

Jennifer asiste al colegio para conocer las calificaciones de las cuatro asignaturas de las que está matriculada. Las matemáticas se le dan especialmente bien.

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Los ‘churequeros’

Nicaragua

Los ‘churequeros’

Gabriel Pecot | Managua, Nicaragua

Ellos eran los basureros, los recicladores, los ‘churequeros’ que hoy son los trabajadores, supervisores, operarios de la nueva planta de tratamiento de residuos impulsada por la cooperación española, que no sólo ha cambiado su trabajo, sino sus condiciones de vida.

La dureza es el recuerdo constante que Franklin Guido Zeledón (de 19 años) guarda de su vida en el vertedero de La Chureca. La dureza del sol y hasta de la persistencia del polvo en la piel. Pero ahora vive en la urbanización de Villa Guadalupe, en las casas construidas por la Cooperación Española, y es operario de la planta donde se seleccionan los residuos urbanos de Managua. “Aquí hasta la basura es distinta”.


Textos: Francisco Javier Sancho Más

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Los ‘churequeros’

Gabriel Pecot | Managua, Nicaragua

Tania Fabiola Briceño (21 años) dice que prefiere no recordar nada de su vida en el vertedero de La Chureca. Allí nació y vivió con sus padres y ¡16 hermanos! Se ríe al acordarse de cómo se peleaban por las tres camas que tenían. “Los que no alcanzábamos, dormíamos en el suelo de tierra”. Eso sí lo recuerda. Ahora tiene una niña de cuatro años. “Nadie se imaginó el cambio que daría todo esto. Fue tan repentino. Aunque mucha gente aún nos sigue viendo como esos ‘churequeros’, ya somos diferentes”. Cursó hasta 5º de Primaria y quiere seguir estudiando. Si cierra los ojos, sueña con ser una gran empresaria, de cualquier tipo, pero trabajando en una oficina. “Si es posible, de jefa”.

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Los ‘churequeros’

Gabriel Pecot | Managua, Nicaragua

Antes, José Ventura Portocarrero (57 años) compraba oro a los recolectores de basura del mayor vertedero de América Latina. Nunca vivió en el basurero, como la mayoría de sus compañeros en la moderna planta de selección de residuos, donde trabaja actualmente. “Yo les compraba a los recolectores piezas de aluminio, oro y plata”. Él es uno de los 15 intermediarios (compradores de basura) a los que el proyecto, coordinado por la Cooperación Española y la Alcaldía de Managua, ofreció una pequeña indemnización y un puesto en la nueva planta de residuos. El objetivo era que ellos también contribuyeran a su cierre y al cambio integral de la población que vivía de la basura. No fue fácil: “Antes ganaba más dinero comprando directamentea los ‘churequeros’, pero ahora aquí estoy cotizando para ganarme la jubilación”. Cree que el proyecto es un buen ejemplo de lucha contra la pobreza.

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Los ‘churequeros’

Gabriel Pecot | Managua, Nicaragua

Luisa Amanda Domínguez (38 años), madre soltera de seis hijos: “No dejaba de dolerme ver a los niños muertos, pero la verdad es que nos acostumbramos a ello”. Al vertedero de La Chureca llegaba todo tipo de residuos y deshechos, incluidos los hospitalarios. Todos los que trabajaron allí nunca olvidan la impresión de encontrarse entre la basura y los 'zopilotes' (buitres) a los niños muertos. Managua no contaba entonces con un sistema óptimo de incineración de deshechos hospitalarios. En la planta de selección de residuos, Luisa cobra aproximadamente el equivalente a 200 dólares mensuales. El salario mínimo en el país ronda los 115 dólares, aunque el costo de la vida en una familia se estima en más de 400. Su sueño es seguir trabajando. "Con este trabajo cambió totalmente mi historia”.

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Los ‘churequeros’

Gabriel Pecot | Managua, Nicaragua

La primera vez que Rafael Sánchez Tobías (22 años) supo que tenía una historia grande que contar había cumplido 16 años. Había perdido a su madre a los nueve, había pasado por un orfanato en el vecino país de El Salvador, y había regresado con su padre a Nicaragua para vivir y trabajar junto a 2.000 personas en el mayor vertedero a cielo abierto de América Latina, La Chureca.

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Silvia, Colombia

Tejiendo redes indígenas

Por Lola Huete Machado

Los martes es día de mercado en la localidad de Silvia (Colombia) y las calles rebosan de ponchos azules, faldas oscuras, elegantes sombreros negros. Son los vestidos de los indígenas misak o guambianos, mayoría en este lugar del departamento del Cauca, tan castigado por la violencia. A Silvia se accede a través de la carretera Panamericana desde la capital, Popayán, entre un paisaje de sierras que confluyen. Desde allí bajan los y las indígenas a vender sus productos agrícolas. Desde esos territorios recuperados que llaman resguardos. Jacinta es líder misak, una mujer menuda, afable, buena oradora, que ha realizado un recorrido personal inverso al de la mayoría: "Yo viví como mestiza y regresé a mis orígenes". Jacinta se mueve entre los puestos de verduras, frutas… saludando a unos y otros. Es bien popular en Silvia. Es artesana mayor de la Casa del Agua. Y esta no es una casa cualquiera. Antaño residencia de narco, ha mutado a centro municipal con vistas al río Piendamó. Allí han creado una red de artesanas de distintas etnias y convertido el lugar en iniciativa integradora. "Buscábamos un proyecto de mujeres indígenas que tuviera suficiente consistencia. Entonces nos hablaron de EnRedAte, las tejedoras del Cauca... y al conocerlas quedamos enamorados de ellas, de su fuerza", cuentan desde CODESPA, ONG española que tiene a la AECID como primer financiador y lleva 18 años en Colombia. "Se trataba de tejer en común desarrollo humano y económico, autoestima, ciudadanía, de romper barreras étnicas... De poner un espejo de mujer indígena a mujer indígena". Hoy la red vende sus creaciones, cada una con sus diseños étnicos, hasta en ferias internacionales.

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Señas de identidad

Colombia

Señas de identidad

Gabriel Pecot | Silvia, Colombia

Vista de las montañas alrededor de Silvia, población del Departamento del Cauca (cuya capital es Popayán), una zona de paisaje idílico y 'quebrado', según denominación local, muy castigada por la violencia, donde es mayoritaria la etnia misak. Estos indígenas suman unos 22.000 habitantes (de los 35.000 que tiene la localidad) y conviven aquí con la etnia páez, la ambalueña, la quizgueña, la población campesina y mestiza. Viven en el resguardo de Guambía cercano, por eso son también denominados guambianos. Los nativos poseen autonomía para gestionar los asuntos administrativos y jurídicos en su territorio (resguardo). Silvia es el tercer municipio en Colombia con la más alta población indígena, siendo superada solo por dos: Riosucio en Caldas y Uribia en La Guajira.


Textos: Lola Huete Machado

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Señas de identidad

Gabriel Pecot | Silvia, Colombia

María Jacinta Cuchillo Tunubalá es lideresa indígena en Silvia (departamento del Cauca). A sus 39 años, es parte fundamental de EnRedArte, la red de tejedoras de La Casa del Agua (Agencia para el Desarrollo Económico Local) de cinco municipios de la zona. Ella controla la calidad de los productos que elaboran las artesanas y el ritmo de entrega. Jacinta cuenta que ella creció y vivió durante años como "mestiza", pero un buen día de finales de los noventa decidió recorrer el camino inverso hacia sus orígenes étnicos. Ahora vive según las tradiciones de la cultura misak y hasta enseña a los guambianos más jóvenes a recuperar su historia y tradiciones. Cada día, antes de las tareas, desayuna la típica agua de panela en la cocina de su casa (en la imagen).

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Señas de identidad

Gabriel Pecot | Silvia, Colombia

Desde la casa de Jacinta, en Las Tapias, se oye el rumor del agua del río Piendamó. En su jardín, en la misma orilla, pastan dos ovejas que le dan buena lana, necesaria para los bolsos y mochilas que elabora. Tras ordenar y recoger su casa de mujer sola con hijo y marido migrado (algo común en la zona), prepara el desayuno tradicional con agua de panela (extraída de la caña de azúcar, se vende en bloques tamaño ladrillo) y tortitas de trigo para su hijo, Payan Santiago. Cuando éste se marcha al colegio del resguardo, ella se calza su indumentaria misak y desciende hacia Silvia. Hoy, martes, es día grande. Día de mercado.

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Señas de identidad

Gabriel Pecot | Silvia, Colombia

La mayor parte de las mujeres misak participan en la elaboración de artesanías, tanto para generarse un sustento económico como para reivindicar y visibilidad su concepto de la vida. La Casa del Agua las acompaña en el proceso e impulsa su actividad. Las mayores enseñan a las más jóvenes. Convertida en una de las artesanas más talentosas y reconocidas de su comunidad, Jacinta Cuchillo descarga en sus creaciones lo que denomina la "cosmovisión" de su etnia, la misak. "Yo quisiera estar tejiendo siempre, me siento bien. Plasmo ahí lo que quiero y lo que soy, mi historia, mi territorio".

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Señas de identidad

Gabriel Pecot | Silvia, Colombia

El día de mercado, los martes, es un día grande para los silvianos, uno de los eventos que marcan el ritmo de la vida tanto del resguardo misak como de la ciudad misma. Desde primera hora de la madrugada, mujeres y hombres bajan desde las laderas de las montañas tanto para comprar como para vender alimentos de las "zonas calientes". El bullicio dura hasta la tarde. Para muchos, el mercado representa romper el aislamiento, tomar contacto con la comunidad. Las distancias en esta zona de Colombia, de carreteras precarias y en zigzag eterno, cuentan.

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Señas de identidad

Gabriel Pecot | Silvia, Colombia

Jacinta conversa con una tendera de su misma etnia mientras realiza la compra en el mercado. Su indumentaria representa unión e identidad misak. Jacinta se mueve entre los puestos saludando a unos y otros con afecto, entre verduras, frutas exóticas y patatas —montones de patatas— bien diversas: “Se pueden cultivar hasta 4.000 metros de altura, hay hasta nueve variedades aquí”. El mercado huele a tierra, a producto fresco recién arrancado, y está bien ordenado, con carteles señalizadores en lo alto: aquí las frutas, aquí la carne, aquí la ropa... Es lugar social, para ver y dejarse ver. Las últimas novedades familiares, la política (muy reñida entre los seis grupos de población locales) y los chismes circulan como las monedas. Jacinta es bien popular. Es artesana de la Casa del Agua, el edificio cercano. Y esa no es una casa cualquiera.

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Señas de identidad

Gabriel Pecot | Silvia, Colombia

Un grupo de misak recoge leña en el parque de la orilla de La Casa del Agua, antigua finca situada junto al río Piandamó, propiedad de un narcotraficante famoso que la bautizó El Paraíso. Hoy es centro municipal, lugar de encuentro de las diferentes etnias de la región y un dinamizador local imprescindible en lo económico, lo cultural y lo turístico de la zona, con apoyo de la AECID española y la fundación CODESPA. Por poseer un paisaje excepcional a este lugar lo llaman "la Suiza de América", durante muchos años fue zona de recreo y veraneo. La violencia rompió el atractivo y la ciudad está empeñada en recuperar la calma y la paz y el desarrollo.

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Señas de identidad

Gabriel Pecot | Silvia, Colombia

Jacinta recorre los aproximadamente dos kilometros que separan su casa en Las Tapias del centro de Silvia, que posee seis resguardos indígenas legalmente constituidos. Cada etnia posee su propia organización social y se encarga de velar y tomar decisiones para el desarrollo y bienestar de la misma comunidad. Las tejedoras de EnRedArte pertenecen a cinco grupos distintos y cada cual vuelca en sus creaciones los símbolos de su cultura y su identidad. Jacinta es fiscal de la red. Lo que significa que ella controla la calidad del trabajo antes de que estén listos para la venta.

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Señas de identidad

Gabriel Pecot | Silvia, Colombia

Maria Jacinta Cuchillo Tunubalá (derecha) conversa con las mujeres de etnia nasa que pertenecen a EnRedArte y viven en la zona de Jambaló, un resguardo que, señala un cartel en la carretera de tierra, existe como tal desde el siglo XVIII. Muchas caminan kilómetros para juntarse con el resto de tejedoras. Pero hoy, sentadas junto al río en la Vereda de la Marquesa, todas aseguran que la caminata compensa la experiencia: tejer les ayuda a ser conscientes de su fuerza, sus derechos, su condición. A través de su labor, reivindican su forma de ver el universo. Y además les permite generar ingresos para su sustento y el de sus familias. Cuando el dinero llega, se ríen, es cuando los maridos las entienden.

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Señas de identidad

Gabriel Pecot | Silvia, Colombia

Sandra Patricia Salazar, mestiza, de 39 años, en su casa junto a una de sus hijas. Su marido es nasa. Y es fiscal del Cabildo indígena. Lo que quiere decir que está obligado a trabajar para la comunidad. Ella es la portavoz de EnRedArte y cuenta que en el proyecto de mujeres tejedoras de La Casa del Agua participan cinco municipios no sólo Silvia, también Corinto, Jambaló, Toribio y Caldono. “Pertenecer a la red significa recuperar la identidad de cada comunidad, de los afro, los mestizos, los misak, los nasa… Nos reunimos, compartimos historias, trabajamos con productos naturales como lana de oveja, algodón o fique”. En las manos enseña una de sus creaciones. Su maestra fue Jacinta. "Ella me enseño a expresar".

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Señas de identidad

Gabriel Pecot | Silvia, Colombia

Una niña de etnia misak aprende a tejer durante un taller en la Casa del Agua. Desde temprana edad, se les enseña esta labor que les permitirá ganarse un sustento. Con ayuda de este programa financiado por CODESPA y la Cooperación Española, las mujeres están aprendiendo a plasmar su creatividad y sus inquietudes, a valorar mejor su trabajo, a venderlo a un precio justo que lo haga rentable para ellas y no para los intermediarios, y hasta a exponerlo en ferias a la mirada internacional.

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Señas de identidad

Gabriel Pecot | Silvia, Colombia

El resguardo indígena de Guambia tiene hasta universidad propia. Jacinta Cuchillo Tunubalá, en el centro, también enseña. En la imagen imparte una clase sobre la cosmovisión de su etnia a alumnos misak en el centro del resguardo comunitario, con el museo al fondo. Aunque hoy hay afán por recuperar las tradiciones y proteger la herencia indígena y son muchos los jóvenes que se interesan por sus orígenes y cultura, muchos más son los que abandonan los territorios en busca de mejor vida en la ciudad.

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Las artesanas del Cauca

Colombia

Las artesanas del Cauca

Gabriel Pecot | Silvia, Colombia

Ellas siempre ganan. Se trataba de tejer en común desarrollo humano y económico, autoestima y ciudadanía; de romper barreras étnicas y compartir culturas y problemas; de poner un espejo de mujer indígena a mujer indígena. Hoy el proyecto EnRedArte vende sus creaciones hasta en ferias internacionales.

Nancy Guegia Cuetía tiene 30 años, tres hijos varones y tal entusiasmo por su trabajo como tejedora que cuando ella explica lo que representan los símbolos que aparecen en los bolsos (mochilas, los llaman ellas) ya es imposible verlos igual. Las figuras geométricas, los rombos, los triángulos... todos remiten al contacto con la tierra y con la naturaleza. Tejen símbolos concretos: granos de café, lagartos, plantas... Y abstractos: la resistencia, el origen de la etnia, el espacio cósmico, la alegría, la vida... "Los rombos, para mi etnia, la nasa, significan proyecto de vida, la familia, la espiritualidad", cuenta.


Textos: Lola Huete Machado

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Las artesanas del Cauca

Gabriel Pecot | Silvia, Colombia

Luz Adriana Trochez, de 33 años, es la presidenta de EnRedArte en sus cinco municipios y grupos participantes. "Las mujeres mestizas de Caldono se llaman Filigranas, Bordando Caminos; nosotras, nasa, aquí de Jambaló, somos SexDxi, Camino al Sol; Manos Silvianas es el grupo mixto de Silvia de mestizas, nasas y misak; Wakat Kiwe Nasa son las de Toribío y Kumbiaxca, las de Corinto, también nasas". Cuando la red convoca reunión, Adriana se acerca hasta La Casa del Agua, en Silvia, a través de una carretera endemoniada. Con una fuerza y un interés destacable ella resume los problemas que les preocupa a todas estas mujeres de la zona: la equidad de género, los asuntos de planificación familiar, el futuro y el acceso a la educación de los hijos y la violencia. De comunidades muy castigadas y muy dispersas por el territorio, ellas tienen aquí una carga de trabajo inmensa en los campos y un rol dificil.

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Las artesanas del Cauca

Gabriel Pecot | Silvia, Colombia

Irmacelina Quebrada, 52 años, cinco hijos. Uno, el mayor, muerto, cuenta. "Se unió a la guerrilla, con 18 años, se fue por una chica, murió en un combate". Tres años hace. "Yo cogí este camino con estas señoras y me ha ido bien. Me gusta coser, la paso bien. A mi marido le hice muestras del trabajo y él ya hace parte". Muchas mujeres mayores son artesanas excelentes. Hasta ahora su único camino era vender sus creaciones a intermediarios que se quedaban con la mayoría del beneficio. Con este proyecto ya no es así: el 70% es para ellas. "Se tardan unos cinco días en terminar una mochila", cuenta.

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Las artesanas del Cauca

Gabriel Pecot | Silvia, Colombia

Los indígenas misak viven fundamentalmente de la agricultura. La falta de tierras es un tema recurrente que ellos reivindican. Ana Julia Cuchillo, de 54 años y tres hijos, vive en la Vereda de Juanambo y baja al mercado de Silvia cada martes donde está fotografiada. También pertenece a la red de tejedoras de Manos Silvianas y con ese ingreso aporta a la economía familiar. "Si hay ventas regulares esta actividad les permite a las mujeres ingresar como dos salarios mínimos del lugar, es decir más de un millón de pesos, unos 400 euros", cuentan en Codespa. Eso sí, cada mes ellas se comprometen a entregar un número de creaciones concreto: cinco tiene ella ya apalabrados para este mes de diciembre.

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Nuakchot, Mauritania

Jureles contra el hambre

Por José Naranjo

Mauritania es un país muy pobre con enormes problemas de malnutrición, especialmente en el sur y en el interior, pero también en los barrios humildes de Nuakchot. Hasta ahora, la disponibilidad de pescado ha sido escasa debido al alto coste de su transporte y almacenamiento, necesita frío en todo el proceso y eso cuesta dinero. Esto hacía que su precio fuera demasiado elevado para los sectores más pobres de la población, precisamente quienes sufren más el déficit alimentario. Sin embargo, cuando la Cooperación Española decidió apoyar la idea de acercar el pescado al interior del país, en la cara de muchos asomó una sonrisa burlona. “Pero si a los mauritanos no les gusta el pescado”, decían entre dientes. La iniciativa comenzó en 2012 y se enfrentó a enormes dificultades en los primeros momentos. El proyecto se ralentizó, parecía abocado al fracaso. Sin embargo, poco a poco, las cosas fueron cambiando y en la actualidad, los jureles procedentes de las ricas aguas mauritanas y desembarcados en el puerto de Nuadibú llegan hasta Nuakchot y el interior gracias a un sistema de transporte y cámaras de frío.

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Los porteadores

Melilla

Los porteadores

Gabriel Pecot | Nuakchot, Mauritania

Suleil es sólido como una roca. A sus 33 años, este mauritano casado y padre de cuatro hijos es capaz de levantar cajas de pescado de 30 kilos y subírselas al hombro sin apenas esfuerzo. La faena comienza bien temprano el día que llega el camión de Nuadibú. Entonces, Suleil se dirige hacia la cámara frigorífica que la Sociedad Nacional de Distribución de Pescado (SNDP) tiene alquilada en Nuakchot, donde comienza la descarga.


Textos: José Naranjo

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Los porteadores

Gabriel Pecot | Nuakchot, Mauritania

Con sus gafas de sol, Abdoulaye Mamadou parece un rapero. El día de la descarga, este empleado de la SDNP de 42 años y padre de cuatro hijos, se levanta cuando aún no ha salido el sol y se dirige hacia la cámara frigorífica donde aguarda el camión desde las tres de la madrugada. Los jureles congelados que pasan por sus manos proceden de las flotas pesqueras y los barcos con licencia libre que faenan en aguas mauritanas y que los ceden al Gobierno para su distribución, a bajo precio, por todo el país.

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Los porteadores

Gabriel Pecot | Nuakchot, Mauritania

Cheikh se pone las botas blancas y los guantes celestes con parsimonia. Aunque en el interior de la cámara frigorífica la temperatura está muy por debajo de cero, pronto empieza a sudar. Es uno de los encargados de que, cada semana, el pescado que trae el camión de 40 toneladas procedente de Nuadibú se almacene de forma segura para su posterior reparto entre las 53 pescaderías de la ciudad. Tiene 42 años y tres hijos.

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Los porteadores

Gabriel Pecot | Nuakchot, Mauritania

Entre los porteadores de la SNDP, Ebbi es uno de los mayores. El trabajo es duro y le obliga a levantarse a las cinco de la mañana para llegar una hora después a la cámara frigorífica, aunque le ha permitido tener un ingreso estable. Pero hay algo más. Este mauritano de 57 años y padre de cuatro hijos siente que forma parte de un proyecto que está permitiendo a muchas familias humildes acceder a una mejor alimentación. Y eso le gusta.

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Vida que viene del mar

Melilla

Vida que viene del mar

Gabriel Pecot | Nuakchot, Mauritania

Un proyecto de la AECID contribuye a luchar contra la inseguridad alimentaria llevando el pescado hasta la población más vulnerable del interior de Mauritania. El incremento en el número de cámaras frías y la compra de camiones adecuados ha permitido pasar de 19 a 36 toneladas diarias de pescado repartidas a los puntos de distribución o pescaderías.

Musa, pescadero en el barrio de Toujounine a las afueras de Nuakchot, separa el género congelado que repartirá esa mañana en el marco de este programa.

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Vida que viene del mar

Gabriel Pecot | Nuakchot, Mauritania

Selma Mint Bilal (segunda por la derecha) espera su turno para recoger los dos kilos de pescado que, como máximo, le corresponden por día como beneficiaria del programa de mejora del acceso al consumo de pescado como refuerzo a la seguridad alimentaria.

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Vida que viene del mar

Gabriel Pecot | Nuakchot, Mauritania

Selma Mint Bilal, de 32 años, sostiene el número que indica su turno para recoger su ración de pescado como beneficiaria del programa de mejora del acceso al consumo de pescado como refuerzo a la seguridad alimentaria. Cada mañana, de lunes a viernes, se levanta al alba para asegurarse un buen lugar en el reparto.

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Vida que viene del mar

Gabriel Pecot | Nuakchot, Mauritania

Fatima Youd, de 26 años (a la derecha), pesa el género que se repartirá como parte del programa de refuerzo a la seguridad alimentaria.

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Vida que viene del mar

Gabriel Pecot | Nuakchot, Mauritania

El proyecto tiene alcance nacional y llega a localidades que se encuentran a más de 600 kilómetros de la costa. Sin la dotación de camiones frigoríficos la población en el interior no podría recibir pescado en condiciones adecuadas.

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Vida que viene del mar

Gabriel Pecot | Nuakchot, Mauritania

Mauritania tiene uno de los caladeros más abundantes del mundo, pero se daba la paradoja de que su población no tenía asegurado el acceso al pescado. Con el fin de mejorar la seguridad alimentaria, la cooperación española y el Gobierno mauritano pusieron en marcha un programa para repartirlo.

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Vida que viene del mar

Gabriel Pecot | Nuakchot, Mauritania

Selma Mint Bilal cocina el pescado que adquirió por la mañana y que será el plato fuerte del día de su familia. "Los domingos son un mal día porque no hay género", afirma.

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Vida que viene del mar

Gabriel Pecot | Nuakchot, Mauritania

Dos de los hijos de Selma Mint Bilal almuerzan el pescado que preparó su madre. Hoy forma parte indispensable de su dieta.

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Vida que viene del mar

Gabriel Pecot | Nuakchot, Mauritania

Los hijos de Selma, beneficiaria del programa de mejora de la seguridad alimentaria, comparten el plato de pescado que acompañan con un poco de pan.

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Vida que viene del mar

Gabriel Pecot | Nuakchot, Mauritania

Escena de la descarga manual del género en el puerto artesanal de Nuakchot. El pescado del programa procede de capturas comerciales a gran escala. Mauritania tiene uno de los caladeros más importantes del mundo, pero también se faena aún a mano.

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Vida que viene del mar

Gabriel Pecot | Nuakchot, Mauritania

Un par de pescadores afirman el ancla de un cayuco durante la descarga manual de pescado en el puerto artesanal de Nuakchot.

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Vida que viene del mar

Gabriel Pecot | Nuakchot, Mauritania

Un grupo de porteadores descarga un camión de pescado del programa de seguridad alimentaria, en una cámara frigorífica privada situada en la zona industrial del antiguo puerto de Nuakchot (Warf). Una vez a la semana se recibe el suministro para las pescaderías desde el puerto de Nuadibu.

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Larache, Marruecos

Fresas que dan poder

Por Chema Caballero

Desde que en 2008 el gobierno marroquí presentara el llamado Plan Marruecos Verde, con el objeto de aumentar la producción de frutos rojos, entre otros, y su potencial de exportación. El sector de la fresa se ha asentado en Larache empleando a unas 20.000 mujeres; la mitad trabajan directamente en los campos y la otra en las fábricas de envasado para su venta en el mercado europeo. En 2009, Oxfam Intermón comprobó que muchas carecían de contratos laborales, no estaban dadas de alta en la seguridad social, bastantes eran menores, no se cumplía el salario mínimo... Las leyes marroquíes son claras respecto a los derechos de los trabajadores, pero falla su implementación. Por eso, esta organización se alió con la ONG local Radev para organizar caravanas de sensibilización por las aldeas de la zona en las que se informa sobre derechos y justicia social, y se imparten cursos de formación. Así, miles de mujeres marroquíes, trabajadoras agrícolas de esas comunidades rurales han descubierto lo que significa empoderamiento y cómo este puede transformar sus vidas y su sociedad. La formación en derechos laborales y justicia social, la capacitación profesional y la asociación y redes de ayuda mutua que se han ido generando entre las propias jornaleras, gracias al apoyo de la cooperación española, ha permitido que esta generación de mujeres se esté convirtiendo en punto de inflexión ante tradiciones explotadoras; un modelo con respecto a las anteriores, el espejo de un nuevo Marruecos.

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Ellas lideresas

Larache, Marruecos

Ellas lideresas

Gabriel Pecot | Douar Laghdira, Larache, Marruecos

Afiliadas de la Asociación del Douar Oulad Ouchih (cuenta con un millar) para defender sus derechos laborales como jornaleras. La mayoría los desconocía hasta que un programa de cooperación española financiado por la AECID y desarrollado por Oxfam Intermón les ofreció formación en la materia.

De izquierda a derecha: Cháikoe B. 23 años, Sukaína A., 24 años, Ghita B., 29 años, Asunce B. B., 26 años, Hanane D., 23 años, Noyona B. B., 23 años y Dounia B., 19 años.


Textos: Chema Caballero

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Ellas lideresas

Gabriel Pecot | Douar Laghdira, Larache, Marruecos

Asunce, 26 años, adjunta a la secretaria general de la asociación: “No solo hemos cambiado nosotras. También nuestra comunidad se ha transformado y gracias al trabajo que hacemos ven a las mujeres de otra forma. Ahora tenemos más libertad para salir y hacer cosas que antes no se nos permitían”.

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Ellas lideresas

Gabriel Pecot | Douar Laghdira, Larache, Marruecos

Noyona, 23 años, jornalera agrícola, miembro de la asociación: “Con el apoyo del programa me siento más segura de mí y más consciente de mis derechos y esto me ayuda a luchar por ellos”

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Ellas lideresas

Gabriel Pecot | Douar Laghdira, Larache, Marruecos

Hanane, 23 años, jornalera agrícola y miembro de la asociación: “Ahora tenemos la confianza y el poder para hablar en público y defender nuestros derechos”.

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Ellas lideresas

Gabriel Pecot | Douar Laghdira, Larache, Marruecos

Soukaína, 24 años, consejera de la asociación: “Este programa nos ha dado fuerzas para presentar a algunas compañeras a las elecciones municipales, para que nos defiendan. Nunca antes nos hubiéramos atrevido a hacer una cosa así”.

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Ellas lideresas

Gabriel Pecot | Douar Laghdira, Larache, Marruecos

Dounia, 19 años, consejera de la asociación: “Aquí solo estudiaban los hombres. A nosotras, como mucho, nos permitían cursar educación primaria. Gracias a la formación adquirida ahora podemos ponernos al mismo nivel que ellos y no nos pueden mandar callar diciendo que somos unas ignorantes”.

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Ellas lideresas

Gabriel Pecot | Douar Laghdira, Larache, Marruecos

Ghita , 29 años, jornalera: “Nuestras familias ahora nos ven de forma distinta y nos dejan participar en la toma de decisiones. Muchas veces, incluso, buscan nuestro consejo".

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Ellas lideresas

Gabriel Pecot | Douar Laghdira, Larache, Marruecos

Cháikoe, 23 años, jornalera: “El papel de la asociación también es generar cambios y transformaciones en nuestra comunidad y, poco a poco, lo estamos consiguiendo. Porque ahora somos fuertes y estamos unidas”.

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Fátima tiene derechos

Larache, Marruecos

Fátima tiene derechos

Gabriel Pecot | Douar Laghdira, Larache, Marruecos

Nabos o fresas, sea cual sea el cultivo, ella lo recoge. Pero en un horario establecido, en condiciones dignas y por un sueldo decente. Porque sabe que tienen derechos.


Fátima, 30 años, jornalera agrícola y miembro de la Asociación de Mujeres Lideresas del Sector de los Frutos Rojos, se dirige a un pequeño campo familiar a recoger nabos durante un día festivo. La asociación reivindica la mejora de las condiciones laborales en el campo.

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Fátima tiene derechos

Gabriel Pecot | Douar Laghdira, Larache, Marruecos

Fátima recoge nabos en un pequeño campo familiar el pasado septiembre.

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Fátima tiene derechos

Gabriel Pecot | Douar Laghdira, Larache, Marruecos

Desde niña, Fátima ha trabajado como jornalera en el campo, plantando y recogiendo distintos tipos de productos y sufriendo toda clase de abusos a los que por fin se atreve a plantar cara.

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Fátima tiene derechos

Gabriel Pecot | Douar Laghdira, Larache, Marruecos

Larache, Marruecos

Fátima regresa de recoger nabos junto a su marido Said Sakhraoui.

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Fátima tiene derechos

Gabriel Pecot | Douar Laghdira, Larache, Marruecos

La jornalera prepara el desayuno para su familia en su casa.

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Fátima tiene derechos

Gabriel Pecot | Douar Laghdira, Larache, Marruecos

Fátima enseña, entre risas, una foto tomada en un campo junto a sus compañeras de trabajo.

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Fátima tiene derechos

Gabriel Pecot | Douar Laghdira, Larache, Marruecos

Esta es la foto que la mujer enseña a su familia tomada en un campo junto a sus compañeras de trabajo.

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Fátima tiene derechos

Gabriel Pecot | Douar Laghdira, Larache, Marruecos

Fátima mira el teléfono móvil junto a dos de sus hijas.

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Fátima tiene derechos

Gabriel Pecot | Douar Laghdira, Larache, Marruecos

Said Sakhraoui es el marido de Fátima, y hoy arregla la moto familiar frente a su casa.

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Fátima tiene derechos

Gabriel Pecot | Douar Laghdira, Larache, Marruecos

Ahora Fátima tiene tiempo para ayudar a sus dos hijas con las tareas del colegio.

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Larache, Marruecos

Orgullosa de sí misma

Por Chema Caballero

Fátima es la presidenta de la Asociación para el Desarrollo de la Mujer Rural de Laghdira. Desde niña ha trabajado como jornalera sufriendo toda clase de abusos a los que hoy planta cara. “Ahora me siento orgullosa de lo que soy”, dice. “Ahora puedo decir no al acoso laboral de los capataces y luchar contra la discriminación salarial que sufrimos las mujeres del campo porque por la misma labor los hombres suelen recibir más”.

Su vida cambió cuando empezó a acudir a las sesiones de sensibilización y formación que la ONG Radev le ofrecía. “Yo soy afortunada”, comenta. “Me he podido formar y por eso quiero que sigan este tipo de programas para que muchas otras mujeres sean conscientes de sus derechos”. Y en eso sigue.

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Manhiça | Massaca, Mozambique

España transmite salud

Por Alejandra Agudo

“Se lo digo a los españoles: gracias por destinar una parte de sus impuestos a personas que estamos tan lejos. Lo ideal es que algún día el país no precise de ayuda internacional, pero todavía lo necesitamos”. Lo dice Nelia Manaca, bióloga e investigadora de primera fila en el Centro de Salud de Manhiça (CISM), en Mozambique. Su formación de posgrado y especialización ha sido costeada por esta institución, impulsada y sostenida con fondos de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID). Su trabajo de laboratorio y estadísticas, dice, salva vidas. Y así es. Su última línea de trabajo servirá para demostrar la exigencia de introducir la vacuna del rotavirus en Mozambique, donde las enfermedades diarréicas disparan la mortalidad infantil. También se afana en mejorar el estado de los niños Luisa Drofi Quefasse. Hace 15 años, acudió al centro médico de su comunidad porque su bebé sufría desnutrición aguda. Le atendió María José, una enfermera española que se convertiría en su amiga y mentora. Poco después de aquella visita médica, un brote de cólera azotó la zona y Luisa y María José se pusieron en contacto para tratar de parar la tragedia formando e informado a otras mujeres. Así nació el programa de activistas en salud, personas que visitan a sus vecinos, se interesan por su bienestar y les transmiten prácticas saludables, especialmente enfocadas en los más pequeños.

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Laboratorio y calle para mejorar la salud de Mozambique

Mozambique

Laboratorio y calle para mejorar la salud de Mozambique

Gabriel Pecot | Massaca, Mozambique

La formación en salud que la cooperación española ha facilitado en el país africano abarca desde el apoyo al más alto nivel de investigación hasta la educación en hábitos saludables y de prevención a las comunidades.

Luisa Drofi Quefasse (en el centro) es responsable de Acción Social y activista de la Fundación Encontro. Ella, que una vez necesito ayuda médica porque su hijo sufría desnutrición, ahora se dedica a informar a vecinos de su comunidad sobre hábitos saludables. En la imagen, espera en su comunidad 'la chapa' (transporte informal) que la llevará a la clínica de Massaca (Mozambique).

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Laboratorio y calle para mejorar la salud de Mozambique

Gabriel Pecot | Massaca, Mozambique

Las grandes distancias y la ausencia de transporte regular limitan el radio de acción de su trabajo diario de Luisa, agente local en salud. "Si tuviera una moto, podría visitar a más gente", sueña.

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Laboratorio y calle para mejorar la salud de Mozambique

Gabriel Pecot | Massaca, Mozambique

Luisa visita a una anciana vecina de su comunidad que sufre anemia para interesarse de su estado. Cada día, ella y otros activistas de la fundación Encontro, realizan una ronda puerta a puerta para interesarse por la salud de los habitantes de la zona y darles consejo.

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Laboratorio y calle para mejorar la salud de Mozambique

Gabriel Pecot | Massaca, Mozambique

Un grupo de mujeres espera en el centro de salud de Massaca el momento de realizar el control de peso a sus hijos. Antes de realizar el chequeo rutinario, reciben formación para aprender a elaborar papillas nutritivas para prevenir la desnutrición.

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Laboratorio y calle para mejorar la salud de Mozambique

Gabriel Pecot | Massaca, Mozambique

El Centro de Salud de Massaca gestionado por Encontro ofrece a los padres y madres de las comunidad un servicio de guardería para cuidar a los niños mientras ellos se encuentran en el trabajo o recibiendo formación. También, cuando es necesario, hace las veces de enfermería.

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Laboratorio y calle para mejorar la salud de Mozambique

Gabriel Pecot | Massaca, Mozambique

El seguimiento regular del estado de salud de los niños y niñas de la comunidad pone especial énfasis en su nutrición. Por eso, se mide y pesa a los pequeños hasta que tienen cinco años cada vez que acuden a la consulta.

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Laboratorio y calle para mejorar la salud de Mozambique

Gabriel Pecot | Massaca, Mozambique

Luisa acaricia a la pequeña Marla, seropositiva, durante una de las visitas a su familia, en Massaca. La madre de Marla, Ela, falleció hace una semana tras sufrir complicaciones asociadas al VIH que padecía. La abuela se hace cargo de ocho nietos, algunos huérfanos, y lamenta no tener qué darles de comer pues la falta de lluvia ha echado a perder su cosecha.

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Laboratorio y calle para mejorar la salud de Mozambique

Gabriel Pecot | Manhiça, Mozambique

Una investigadora del Centro de Investigación en Salud de Manhiça (CISM) cataloga unas muestras en uno de los laboratorios del complejo que la cooperación española sostiene económicamente desde 1996.

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Laboratorio y calle para mejorar la salud de Mozambique

Gabriel Pecot | Manhiça, Mozambique

Nelia Manaca, biología e investigadora mozambiqueña del CISM, intercambia impresiones con su compañero, el español Alberto García-Basteiro.

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Laboratorio y calle para mejorar la salud de Mozambique

Gabriel Pecot | Manhiça, Mozambique

Manaca trabaja en varias líneas de investigación. Una de ellas, para demostrar si es necesario introducir la vacuna del rotavirus en el país. La otra evalúa las consecuencias sobre las salud de las mujeres de las cocinas de leña tradicionales.

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Laboratorio y calle para mejorar la salud de Mozambique

Gabriel Pecot | Manhiça, Mozambique

Un equipo del cercano Hospital de Manhiça traslada unas muestras al CISM. Al disponer de equipos de última tecnología, el centro colabora con el hospital local agilizando el proceso de análisis de las muestras de pacientes del distrito.

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Laboratorio y calle para mejorar la salud de Mozambique

Gabriel Pecot | Manhiça, Mozambique

Manaca almuerza junto a sus compañeros en el comedor del centro. Durante cuatro años, vivió en Barcelona, donde cursó un máster y completó su formación en el Centro de Investigación en Epidemiología Ambiental (Creal). "Echo de menos el horario y tapear después del trabajo", reconoce.

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Mozambiqueños que salvan vidas

Mozambique

Mozambiqueños que salvan vidas

Gabriel Pecot | Manhiça, Mozambique

Nelia Manaca estudió Biología en la Universidad de Mondane en Maputo gracias a una beca estatal, pues sus padres no tenían recursos. Era la primera de la familia en ir a la facultad. Cuando todavía estaba realizando su tesina, en 2005, vio un anuncio en el periódico que decía que el Centro de Investigación en Salud de Manhiça (CISM) buscaba personal. Aún hoy le cuesta creer que la cogieran a ella.


Textos: Alejandra Agudo

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Mozambiqueños que salvan vidas

Gabriel Pecot | Manhiça, Mozambique

Estudió biología, pero mientras realizaba su trabajo de campo en el Centro de Investigación en Salud de Manhiça (CISM), en Mozambique, para el máster que cursaba en Londres, Khatia Munguambe descubrió su pasión por las ciencias sociales. Durante su estancia, se realizó el primer ensayo clínico en el CISM.

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Mozambiqueños que salvan vidas

Gabriel Pecot | Massaca, Mozambique

Hace 15 años, Luisa Drofi Quefasse acudió al centro médico de su comunidad porque su bebé sufría desnutrición aguda. La atendió María José, una enfermera española que se convertiría en su amiga y mentora. Poco después de aquella visita médica, un brote de cólera azotó en la zona y Luisa y María José se pusieron en contacto para tratar de parar la tragedia formando e informado a otras mujeres. Así nace el programa de activistas —personas que visitan a sus vecinos, se interesan por su bienestar y les transmiten prácticas saludables— que hoy coordina Luisa en la Fundación Encontro.

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Beleko, Malí

La revolución de los pozos ‘low cost’

Por Lola Hierro

Tirar, soltar, tirar, soltar, tirar, soltar… Los brazos de Doncé, de Fadio, Vincent, Adama y otros seis trabajadores se mueven al mismo ritmo acompasado e hipnótico. Asidos a una empuñadura de madera, tiran de una larga cuerda bajo las órdenes de Bakoro, el encargado de que la perforación se realice de manera totalmente vertical. Lo que cuelga de la soga es una broca con la que llevan una semana taladrando el suelo de un huerto de Beleko, un pueblo de unos 4.000 habitantes situado a 200 kilómetros de la capital de Malí. Sólo con la fuerza de sus músculos, sin máquinas ni herramientas eléctricas, estos 10 obreros se empeñan golpe a golpe en alcanzar el mayor de los tesoros que el hombre puede poseer y que saben enterrado a unos 11 metros de profundidad: agua. Malí ha cumplido con su compromiso para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio al aumentar el acceso a agua limpia de un 19 a un 64% de su población en los últimos 15 años, pero en las zonas rurales aún un 36% de quienes viven en el campo carece de ella. En aldeas como Beleko existe y es de excelente calidad. Sólo hay que saber dar con ella, pues no se encuentra en ríos, lagos o embalses, sino bajo los pies.

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Tecnología adaptada a la tradición del Sahel

Malí

Tecnología adaptada a la tradición del Sahel

Lola Hierro | Beleko, Malí

En la localidad de Beleko, a 200 kilómetros al este de Bamako, la capital de Malí, los trabajadores locales y cooperantes de la ONG española Geólogos sin Fronteras están realizando sondeos mediante perforación manual. Esta es una técnica para extraer agua potable del subsuelo que permite abaratar el coste de construir un pozo de 15.000 euros a unos 400, según Pedro Martínez Santos, coordinador del proyecto y profesor de Hidrogeología de la Universidad Complutense de Madrid.

Empleados de Geólogos sin Fronteras trabajan en la perforación de un sondeo en la localidad de Beleko (Malí) en febrero de 2016. El objetivo es obtener agua potable, que se encuentra a unos 11 metros de profundidad.


Textos: Lola Hierro

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Tecnología adaptada a la tradición del Sahel

Lola Hierro | Beleko, Malí

La técnica de perforación manual fue aprendida por los cooperantes de GSF con los misioneros baptistas en Dallas (Texas, Estados Unidos) para luego aplicarla en Beleko. Allí se dieron cuenta de que por las características del material geológico, lo aprendido en Texas no funcionaba igual de bien, así que tuvieron que adaptar tanto la técnica como los materiales y las herramientas. En la imagen, tres empleados de GSF extraen una tubería de polietileno de un sondeo en busca de algún fallo, pues esta bomba no da todo el caudal que debería.

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Tecnología adaptada a la tradición del Sahel

Lola Hierro | Beleko, Malí

Todos los materiales y herramientas deben poder adquirirse en Malí, y todas las reparaciones también deben poder hacerse en el ámbito local, pues los geólogos de GSF aspiran a que el proyecto quede en manos de los trabajadores locales. En la imagen, un empleado examina un pistón de caucho que no funciona bien.

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Tecnología adaptada a la tradición del Sahel

Lola Hierro | Beleko, Malí

Pedro Martínez Santos, Jose Antonio Cerván y Frank Robador, geólogos y cooperantes de GSF, extraen una tubería de un pozo en el huerto de Fiankala, en Beleko. El proyecto de esta ONG ha sido apoyado por la Agencia Española de Cooperación y Desarrollo.

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Tecnología adaptada a la tradición del Sahel

Lola Hierro | Beleko, Malí

Beleko, como tantos otros pueblos de Malí, carece de acceso adecuado a puntos de agua potable. Un 37% de la población rural del país aún no disfruta de agua limpia, según datos de 2015 de la Organización Mundial de la Salud y Unicef. La aldea, muy humilde, está constituida por casas de adobe con techumbre de paja y no hay carreteras asfaltadas, electricidad ni sistema de distribución de aguas o de alcantarillado.

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Tecnología adaptada a la tradición del Sahel

Lola Hierro | Beleko, Malí

La mayoría de los vecinos de Beleko poseen pozos abiertos en su domicilio, que no cuestan más de cien euros. El problema de estos es que al no estar aislados del exterior quedan contaminados por coliformes y otras bacterias que causan diarreas y otras enfermedades de transmisión hídrica. En la imagen, una mujer muestra el agua que ha extraído del pozo de su casa. Asegura que solo la usa para lavar, nunca para beber, pero hay familias que no respetan esta medida de prevención.

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Tecnología adaptada a la tradición del Sahel

Lola Hierro | Beleko, Malí

La alternativa a los pozos abiertos son los puntos de agua potable homologados por el Gobierno, como este de Beleko, construido por una ONG. El problema es que no hay en todos los pueblos. La comuna de Djiedugu, a la que pertenece esta aldea, consta de 34 villas, y 13 de ellas aún no tienen esta tecnología.

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Tecnología adaptada a la tradición del Sahel

Lola Hierro | Beleko, Malí

En el huerto de mujeres de Fiankala es donde GSF está realizando su proyecto de investigación. Han ejecutado seis sondeos y todos ellos dan agua. Los análisis realizados confirman que es potable y de buena calidad. Los trabajadores de la Ong trabajan de lunes a viernes de ocho de la mañana a tres de la tarde y se turnan para tirar de la cuerda. Esta va atada a una broca que es la que percute en el suelo. Ya han logrado excavar más de 18 metros de profundidad.

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Tecnología adaptada a la tradición del Sahel

Lola Hierro | Beleko, Malí

El jardín de Fiankala está dividido en pequeños huertos de unos 25 metros cuadrados que son otorgados por la comunidad a las mujeres del pueblo. Ellas allí pueden cultivar vegetales que luego venden en el mercado, obteniendo unos pequeños ingresos extra, y usar para dar a su familia una alimentación más variada. En esta zona del Sahel, la malnutrición -y especialmente la infantil- es un enemigo contra el que se lucha a diario.

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Tecnología adaptada a la tradición del Sahel

Lola Hierro | Beleko, Malí

Detalle de un fragmento de laterita extraído durante la perforación de un sondeo. Los cooperantes de GSF encontraron que el suelo en Malí es mucho más duro que el los misioneros baptistas habían logrado perforar con éxito, así que tuvieron que experimentar mucho para mejorar las brocas que obtuvieron en Dallas, ya que se rompían con frecuencia.

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Tecnología adaptada a la tradición del Sahel

Lola Hierro | Beleko, Malí

Una de las primeras medidas fue construir un taller en el que poder trabajar para mejorar las herramientas y el material de trabajo. El jardín de la casa de Frank Robador, que reside en Beleko desde hace siete años, fue el lugar elegido. Una mesa, una radial y algunos aparejos más fueron suficientes para empezar a trabajar.

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Tecnología adaptada a la tradición del Sahel

Lola Hierro | Beleko, Malí

Durante un año, los cooperantes se han devanado los sesos para dar con una broca que les permitiera traspasar el duro suelo saheliano. En la imagen, intentos fallidos y acertados de ese proceso de ensayo y mali.

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Tecnología adaptada a la tradición del Sahel

Lola Hierro | Beleko, Malí

Un trabajador de GSF sujeta la 'nariz' de la excavación que están realizando en el huerto de Fiankala. La función de quien está al mando es clave: mientras otros diez hombres tiran de la cuerda para perforar, éste se encarga de que la broca se mueva de manera totalmente vertical y controla que no haya atascos.

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Tecnología adaptada a la tradición del Sahel

Lola Hierro | Beleko, Malí

Emmanuel y Donsei tiran de la cuerda en el jardín de Fiankala, en Beleko. Como ellos, un total de diez empleados más los cooperantes de GSF trabajan a diario en el proyecto. A diario sufren incidentes que resuelven con imaginación e inventiva. Todas las soluciones son debatidas y compartidas, y suponen un proceso constante de aprendizaje para todos ellos.

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Tecnología adaptada a la tradición del Sahel

Lola Hierro | Beleko, Malí

Bakoro, uno de los trabajadores más veteranos y experto en realizar pozos abiertos, muestra el funcionamiento de un punto de agua realizado mediante la técnica de perforación manual de GSF. El agua sale aún marrón porque acaban de estrenarla y aún tienen que limpiarse los conductos. Cuanta más agua se extraiga, antes se limpiará y saldrá clara.

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Tecnología adaptada a la tradición del Sahel

Lola Hierro | Beleko, Malí

Las mujeres del jardín de Fiankala usan los pozos ya construidos para obtener agua con la que regar sus cultivos. Cuantos más pozos haya, más cerca les quedará alguno de ellos menos tiempo tardarán en obtener agua y en llevar los pesados cubos.

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Beleko, Malí

Los jardines salvavidas de Jacqueline, Mariam y sus vecinas

Por Lola Hierro

Coge un coche y toma la carretera nacional R6 que parte de Bamako (la capital de Malí) y se adentra en el oriente. A 200 kilómetros, más o menos, verás a tu derecha un camino de tierra roja que serpentea entre cultivos y mangos. Lo distinguirás porque los vehículos que entran y salen de él han dejado restos de esa llamativa grava en el asfalto. Desde ahí, conduce otras dos horas. Solo hallarás un paisaje yermo y seco, aunque salpicado por pinceladas de vegetación que resiste el asfixiante clima que en los meses más calurosos lleva la temperatura por encima de los 43 grados. Animales muy flacos. Hombres dirigiendo carros repletos de leña y tirados por burros. Caminos que nadie sabe a dónde llevan. El río Bani, segundo mayor del país, al que apenas le queda agua en este mes de abril. Parece que ese lugar hubiera retrocedido siglos en el tiempo. Si aciertas la ruta, hallarás tu recompensa: la vida en medio de la nada.

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Un vergel en el desierto

Colombia

Un vergel en el desierto

Lola Hierro | Beleko, Malí

Las mujeres de la comuna de Djiedougou cultivan unos jardines en los que ellas son únicas propietarias y beneficiarias de lo que producen. Escondida en lo más remoto del Sahel maliense se encuentra esta comuna, un conjunto de 34 villas que suma unos 34.000 habitantes. Viven con humildad, sin apenas acceso a electricidad, a tecnología o a infraestructuras. Aquí, el acceso a agua potable y limpia es un problema muy a menudo.

Escondida en lo más remoto del Sahel maliense se encuentra la comuna de Djiedougou, un conjunto de 34 villas que suma unos 34.000 habitantes. Viven con humildad, sin apenas acceso a electricidad, a tecnología o a infraestructuras. Aquí, el acceso a agua potable y limpia es un problema muy a menudo.


Textos: Lola Hierro

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Un vergel en el desierto

Lola Hierro | Beleko, Malí

Donde parece que la vida no puede abrirse paso, existen unos espacios donde ésta bulle con toda su intensidad: son los jardines de mujeres, terrenos agrícolas divididos en huertos de unos 25 metros cuadrados que pertenecen a las casadas de la aldea. En la imagen, una madre saca agua del pozo en el jardín de Kolonia, una localidad de unos 700 habitantes perteneciente a la comuna de Djiedougou.

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Lola Hierro | Beleko, Malí

Mariam Coulibaly (a la derecha) y una vecina muestran a cámara a sus nietos en el jardín de Kolonia. Los niños son los principales beneficiados de una de las ventajas de estos huertos: que son una vía para diversificar la alimentación de las familias en una zona donde la malnutrición, y muy especialmente la infantil, es un enemigo al que se combate a diario. En Malí afecta a un tercio de los menores de dos años según el Programa Mundial de Alimentos.

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Lola Hierro | Beleko, Malí

No habría vergel en medio del desierto de no ser por la mejora del acceso al agua en los huertos. En el de Kolonia existe un pozo cisterna que se llena gracias a una bomba eléctrica, por lo que las mujeres no tienen que hacer esfuerzos para hacer que el agua suba.

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Lola Hierro | Beleko, Malí

El pozo de Kolonia funciona gracias a un panel solar que las señoras limpian a menudo con paños. Comienza a funcionar en cuanto sale el sol, sobre las seis de la mañana, y ya generan energía para accionar la bomba y llenar el depósito, de unos ocho mil litros.

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Lola Hierro | Beleko, Malí

Las mujeres son las únicas propietarias de los huertos; todo lo que producen y venden es para ellas. El beneficio no equivale ni de lejos a un sueldo completo pero sí les supone un dinero extra que ahorran para velar por la salud de sus hijos. Si uno enferma, ella tiene dinero para pagar al médico. En la imagen, unas mujeres riegan sus cultivos en el jardín de Fiankala, en la localidad de Beleko.

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Lola Hierro | Beleko, Malí

Los niños mayores son una ayuda muy importante para sus madres y abuelas: comparten con sus madres la pesada labor de regar los cultivos y cuidan de los más pequeños, como esta niña del jardín de Kolonia, que lleva a su hermana menor a la espalda.

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Lola Hierro | Beleko, Malí

Docenas de mujeres trabajan en el huerto de Kolonia. Ellas son quienes solicitaron a los líderes comunitarios un permiso para tener un pedazo de tierra en el que plantar alimentos. El proyecto fue financiado por la Ong Osalde.

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Lola Hierro | Beleko, Malí

“A mí el jardín me ha ayudado mucho para hacerme cargo de pequeñas necesidades, sobre todo para cuidar de la salud de los niños”. Son palabras de Mariam Coulibaly (a la izquierda), de 50 años, con 10 hijos, tres nietos y la responsabilidad de alimentar cada día a 16 personas.

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Lola Hierro | Beleko, Malí

Lechugas, tomates, chalotas, berenjenas, ajos... Todos los productos que se cultivan en los jardines de mujeres son vendidos cada sábado en el mercado de Beleko, al que acuden miles de personas de diversos puntos de la región.

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Lola Hierro | Beleko, Malí

A la sombra de un mango, Jacqueline (a la izquierda, con un barreño sobre la cabeza) pela ajos y presencia una reunión con varias propietarias del huerto en la que se habla de la dificultad de alimentar a familias enteras con los recursos disponibles. Todas las mujeres han conocido de cerca las consecuencias del hambre.

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Lola Hierro | Beleko, Malí

ELas ajadas manos de Jacqueline enseñan un tomate y una berenjena de su huerta. Las legumbres y la fruta han diversificado la alimentación de los niños, pero siguen sin tener acceso a muchos alimentos adecuados para su crecimiento de un niño. La malnutrición persiste.

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Lola Hierro | Beleko, Malí

El centro de salud de Beleko abre cada miércoles a las ocho de la mañana una consulta específica para trata la desnutrición infantil. En la imagen, la enfermera, obstetra y coordinadora del programa Madame Khadida Dembele y un enfermero pesan al pequeño paciente Bakary Coulibaly.

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Lola Hierro | Beleko, Malí

Bakary Coulibaly, de 23 meses, pesa 10 kilos. Fue llevado por primera vez el 29 de diciembre de 2015 con malnutrición severa y 'kwashiorkor', una enfermedad que se da cuando se sufre una carencia de proteínas y otros micronutrientes. Su peso entonces era de 8,3 kilos.

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Lola Hierro | Beleko, Malí

Hoy Bakary se ve muy recuperado. La cinta que mide el perímetro de su brazo señala que ha salido de la zona de peligro: si midiera menos de 11 centímetros significaría que padece malnutrición severa aguda, pero da 14. Se ha recuperado gracias al Plumpy Nut, el complemento terapéutico que salva millones de vidas en los países más pobres: 500 kilocalorías a base de cacahuetes, vitaminas y minerales.

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Lola Hierro | Beleko, Malí

El agua contaminada transmite enfermedades de transmisión hídrica que ponen en peligro incluso la vida de los niños. Desde que en Beleko hay pozos, Madame Dembele ha notado una reducción de casos pero no sabe precisar en qué medida. Un repaso al libro de decesos de 2014 y 2015 revela tan solo tres muertes por diarrea, y tres por una combinación de diarrea, anemia y paludismo. “Pero hay que tener en cuenta que muchos se mueren en sus pueblos, no llegan al centro de salud”, advierte la enfermera.

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Lola Hierro | Beleko, Malí

A mediodía, media docena de menores han sido medidos, pesados y diagnosticados por la enfermera, que cierra la consulta tras examinar al último paciente. A todos les receta Plumpy Nut y una dieta variada. No todas las madres, por desgracia, pueden permitirse dar a sus hijos nada más allá del to, que es una masa hecha a base de harina de mijo o maíz cocida durante horas.

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Lola Hierro | Beleko, Malí

Unas niñas de Beleko juegan en la fuente instalada en el centro de su aldea. En ese círculo vicioso de carencias, los jardines de mujeres no son una solución infalible, pero estos y la mejora de otras infraestructuras como la mejora de la calidad del agua gracias a puntos de acceso limpios pueden acabar salvando más de una vida.

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