Estancados
La economía de México lleva varios trimestres en un vaivén que no lleva a ningún lado
El jueves pasado llegaron dos datos que, puestos uno al lado del otro, cuentan la historia con una precisión incómoda. En Washington, el Buró de Análisis Económico informó que la economía de Estados Unidos avanzó 0,5% frente al trimestre previo y 2,66% -a tasa anual para facilitar la comparación con los datos mexicanos- durante el primer trimestre del año. En México, ...
El jueves pasado llegaron dos datos que, puestos uno al lado del otro, cuentan la historia con una precisión incómoda. En Washington, el Buró de Análisis Económico informó que la economía de Estados Unidos avanzó 0,5% frente al trimestre previo y 2,66% -a tasa anual para facilitar la comparación con los datos mexicanos- durante el primer trimestre del año. En México, el Inegi confirmó que la economía mexicana hizo exactamente lo contrario: se contrajo 0,8% trimestral, su primer retroceso en cinco trimestres. En la comparación anual, la producción mexicana creció solo 0,2%. El país con el que compartimos frontera, tratado comercial y más del 80% de nuestras exportaciones y que además es la economía más grande del mundo creció. Nosotros, no.
El dato mexicano llegó peor de lo que esperaban los analistas. El consenso anticipaba una contracción de alrededor de 0,5 o 0,6 puntos. La realidad mostró una caída mayor. Lo preocupante no es el número en sí, sino la amplitud del deterioro: la caída fue generalizada en los tres grandes sectores. Las actividades primarias retrocedieron 1,4% trimestral, la industria 1,1% y los servicios -donde se concentra la actividad económica de México- 0,6%. No hubo un sector que jalara al resto. Todos frenaron al mismo tiempo.
Hay una narrativa que circula con cierta comodidad y que conviene cuestionar: que el bajo crecimiento de México es fundamentalmente un problema externo, consecuencia de la incertidumbre arancelaria de Trump, del conflicto en Medio Oriente y de un entorno global adverso. Esos factores existen y pesan. Pero la comparación con Estados Unidos complica esa explicación. Nuestro vecino enfrentó exactamente el mismo entorno geopolítico, la misma guerra en Irán, los mismos precios del petróleo disparados, la misma incertidumbre comercial, aunque sea autoinfligida, y creció. La diferencia no puede explicarse solo por los vientos externos.
Lo que hay detrás del estancamiento mexicano tiene nombre propio: inversión. La formación bruta de capital fijo lleva meses en caída libre. En enero, bajó 2,2% anual en términos ajustados por estacionalidad. En febrero se estima otra contracción, esta semana se publica el dato. La inversión pública no fue priorizada en el presupuesto de este año. La privada no llega porque la certidumbre que necesita no está dada. Y sin inversión no hay capacidad productiva nueva, no hay empleo formal, no hay crecimiento sostenido.
El consumo privado tampoco ayudó. La debilidad del mercado laboral, la moderación del crédito y el freno de las remesas —que cayeron 4,6% en 2025— han erosionado el poder de compra de los hogares. En Estados Unidos, el consumo también se desaceleró, pero la inversión empresarial —impulsada en parte por la apuesta masiva en inteligencia artificial— y el gasto público compensaron. En México no hay un motor alternativo que compense la debilidad interna. Ni el gasto público, que se recortó, ni la inversión, que cae, ni el consumo, que frena.
La ironía es que el único componente que funcionó en el trimestre fue precisamente el que depende del exterior: las exportaciones. En marzo, las ventas al exterior alcanzaron un máximo histórico de 70.727 millones de dólares, con un crecimiento anual de 27,7%. El acumulado del primer trimestre también fue récord. México exporta más que nunca. Pero las exportaciones no bastan para crecer cuando el resto de la economía se contrae. Son un motor potente atado a un vehículo que tiene los frenos puestos por dentro.
La política monetaria también entra en la ecuación. Todo parece indicar que Banxico recortará su tasa de referencia otros 25 puntos base el próximo jueves, llevándola a 6,5%, lo que la mayoría de los analistas considera el nivel terminal del ciclo de relajamiento. Pero una tasa de 6,5% no va a resolver los problemas estructurales que frenan la inversión. El dinero más barato ayuda en el margen. No sustituye la certidumbre institucional ni el presupuesto de infraestructura que el país necesita.
El segundo trimestre podría ser mejor. El rebote de las exportaciones manufactureras en marzo, la recuperación de la importación de bienes de capital y un posible impulso del gasto público son señales de que el piso podría estar cerca. Banamex, en su reporte semanal del 1 de mayo, revisó su proyección de crecimiento anual a 1,3%, desde 1,6%. El FMI proyecta también 1,3%. Son estimaciones que incorporan cierta recuperación en la segunda mitad del año. Pero son, también, proyecciones que asumen que la incertidumbre no escalará —en el TMEC, en Medio Oriente, en el entorno fiscal— y que la inversión privada empezará a responder a señales que todavía no son del todo claras.
Mientras tanto, la semana que termina marca un punto de inflexión en cuanto a combate al crimen organizado se refiere. No podemos pensar que hay vías distintas y claramente definidas en las negociaciones comerciales y todos los demás aspectos de una relación estrecha pero complicada. La revisión del TMEC no es únicamente comercial ni meramente técnica.
La definición de éxito tendrá que ser reconsiderada. México habrá logrado mucho, muchísimo, si mantiene una posición relativa preferencial frente al resto del mundo. Mientras el arancel promedio que paguen las exportaciones mexicanas que lleguen a Estados Unidos sea menor que el de los demás, la negociación habrá sido exitosa. Ahora, para que eso pase habrá que colaborar -y mucho- con el vecino del norte. En algún momento se tiene que pagar la factura de seis años de permitir el crecimiento de las redes delincuenciales del país. Lamentable es que venga del vecino, pero desde dentro, se agradece.
La economía mexicana lleva varios trimestres en un vaivén que no lleva a ningún lado. En términos per cápita, el país lleva años sin avanzar de manera significativa. Mientras tanto, la deuda pública se acerca al 61% del PIB y sube. El margen para errores se estrecha. Y el tiempo que se pierde sin crecer no se recupera: es empleo que no se creó, ingreso que no llegó, oportunidades que se evaporaron. Ese es el verdadero costo del estancamiento. No aparece en los titulares, pero lo paga la gente todos los días.