Sheinbaum y su laberinto
Es evidente que le ha costado trabajo a la presidenta el diseño de su propio camino. Es heredera de un movimiento político de enorme tamaño y que le dio millones de votos que no tuvo ni su antecesor
Una de las figuras más usadas en la política es la del laberinto. Desde tiempos ancestrales ha sido una de las formas de explicar la complejidad de la toma de decisiones. Todos los presidentes atraviesan por un laberinto que dura lo que su mandato. O también podemos suponer múltiples laberintos para distintos temas y aplicación de estrategias. Hay quienes permanecen extraviados en uno propio todo el tiempo; otros que simplemente no pueden tomar la decisión de avanzar y se la pasan asomándose a la entrada de los diferentes caminos y también quienes rehúyen la estructura de la maraña y con una p...
Una de las figuras más usadas en la política es la del laberinto. Desde tiempos ancestrales ha sido una de las formas de explicar la complejidad de la toma de decisiones. Todos los presidentes atraviesan por un laberinto que dura lo que su mandato. O también podemos suponer múltiples laberintos para distintos temas y aplicación de estrategias. Hay quienes permanecen extraviados en uno propio todo el tiempo; otros que simplemente no pueden tomar la decisión de avanzar y se la pasan asomándose a la entrada de los diferentes caminos y también quienes rehúyen la estructura de la maraña y con una podadora atraviesan el campo destruyendo todo, como fue el caso del atarantado López Obrador.
Claudia Sheinbaum está por adentrarse en uno. Todavía no sabemos si va a diseñar el propio o va a continuar en el que le dibujaron sus compañeros de viaje de hace años y que parece implicar, no la continuidad, sino el sacrifico del estilo y las decisiones propias. Debo decir que Sheinbaum en ningún momento me ha parecido una mujer sin personalidad y carente de voluntad como muchos de sus malquerientes la definen. Sin embargo, es evidente que le ha costado trabajo el diseño de su propio camino. No debe ser fácil. Es heredera -por decirlo de alguna manera- de un movimiento político de enorme tamaño y que le dio millones de votos que no tuvo ni su antecesor. Tomar decisiones delicadas que no signifiquen rompimiento alguno requiere de inteligencia y talento, ingredientes que lamentablemente no se hacen notar en el equipo de la señora.
Esta semana se vieron cambios en ese sentido que vale la pena comentar. Como si se tratara de un “solito” (esas pequeñas y grandes hazañas de los bebés que comienzan a caminar), la presidenta anunció que viajará a Barcelona. Lo dijo sin culpas ni explicaciones ridículas. Va a una reunión con otros presidentes que conforman un grupo de gobernantes “progresistas” (lo que sea que eso signifique hoy en día). Es un paso adelante en diversos aspectos: sale del país y se reúne con contrapartes que respeta, lo que le dará retroalimentación y comunicación directa sobre lo que piensan otros mandatarios de lo que sucede en el mundo. También es una muestra de presencia internacional relevante para varios países que le permitirá reflejar la importancia de ser anfitriones del mundial ya que seguramente recibirá a algunos de esos mandatarios cuando vengan a ver a sus selecciones jugar en el campeonato futbolístico. Y finalmente, porque termina no las diferencias que se puedan tener sobre lo sucedido en la conquista, sino con ese estúpido juego infantil de la ley del hielo con un país tan importante y querido en el nuestro como España. Bien por eso. No fueron necesario anuncios, ni señalamientos, ni arrepentimientos. Se hizo política y punto.
Sheinbaum también dijo en esta semana que le parecía un “buen planteamiento” la revocación de mandato en el caso de jueces, magistrados y ministros. Es una venturosa declaración que abre la posibilidad de desandar un camino que simple y sencillamente conducirá al fracaso a este gobierno. El espectáculo deprimente y desolador en que se han convertido las sesiones de la Suprema Corte son muestra evidente de la decadencia brutal que nos espera en el futuro inmediato. Con la reforma judicial, la presidenta ya intentó la vía que se le impuso y el resultado ha sido la concreción del peor escenario. La rectificación es una salida práctica, digna y eficaz que solamente le traería beneficios. Es mejor cambiar ahora que ahondar en el deterioro. No se necesita hacer un mea culpa sino saber el camino al que hay que cambiar. Como bien dice Zwieg en su biografía de Fouché: “Una actitud de moderación política requiere en esta ocasión mil veces más audacia que una firmeza aparente”.
La presidenta está entrando al laberinto. Sabremos pronto si es el diseñado por ella o el que le dejaron.