Videoanálisis | Un 8M popular
El país no necesita un puñado de privilegiadas rompiendo el techo de cristal, sino a un Estado consciente y capaz de despegarnos del piso a todas
El sexenio pasado reparó una vieja herida nacional: se combatió el clasismo y se disputó el racismo. Disminuyó la pobreza y se acortó la desigualdad.
En esa reivindicación, las mujeres no nos quedamos fuera: es a nosotras a quien la desigualdad de clase golpea con más fuerza. Las mujeres son, casi siempre, las más pobres y las más vulnerables. La política social y e...
El sexenio pasado reparó una vieja herida nacional: se combatió el clasismo y se disputó el racismo. Disminuyó la pobreza y se acortó la desigualdad.
En esa reivindicación, las mujeres no nos quedamos fuera: es a nosotras a quien la desigualdad de clase golpea con más fuerza. Las mujeres son, casi siempre, las más pobres y las más vulnerables. La política social y el aumento al salario mínimo de la administración previa ayudaron a corregir, al menos en parte, esa desventaja.
Pero no bastó. Un gobierno que combatió con decisión la desigualdad social mostró puntos ciegos frente a la desigualdad entre hombres y mujeres. El ojo de Andrés Manuel López Obrador se detuvo en los estratos y paso de largo el género.
La llegada de una presidenta, 200 años después de instaurada la república, es el punto más lejano que hemos alcanzado en nuestra larga marcha feminista. Setenta años después de que a las mujeres nos reconocieran derechos políticos, nos sentamos por primera vez en la Silla Grande.
Ese hecho ha empoderado a mujeres de todas las edades. Ha demostrado que sabemos hacer mucho más que preñarnos, cuidar a otros, limpiar o gestionar el hogar, labores no remuneradas a las que el sistema todavía nos obliga a dedicar casi 40 horas a la semana. También sabemos gobernar. Y a veces, tiendo a pensar, mejor que ellos.
Pero tampoco basta. La representación importa, pero no es suficiente.
La bandera feminista que sostiene Sheinbaum ondeará si y solo si logra acercarnos un poco más a la igualdad prometida. Si no se le olvida que, por cada 100 pesos que gana un hombre, nosotras seguimos ganando 65; que la mitad de las mujeres ocupadas en el país percibe como máximo un salario mínimo y vive en la informalidad; que el trabajo no remunerado sigue siendo la gran barrera para nuestra autonomía económica; y que esa carga pesa aún más sobre quienes habitan el campo y sobre las mujeres indígenas.
La desigualdad de género es un problema atravesado por la clase. Por eso, era importante que en Palacio Nacional habitara quien hoy lo habita y no una representante del feminismo corporativo.
El país no necesita un puñado de privilegiadas rompiendo el techo de cristal, sino a un Estado consciente y capaz de despegarnos del piso a todas.