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El trumpismo y su obsesión mexicana

El republicano consiguió que la opinión pública estuviese preparada para acoger la construcción del muro

La frontera de México con Estados Unidos, vista desde Ciudad Juárez, el 14 de enero de 2026. Nayeli Cruz

A inicios de este año, Peter Schweizer ha publicado un libro polémico en Estados Unidos: El golpe invisible. Cómo las élites estadounidenses y potencias extranjeras usan la inmigración como arma (The Invisible Coup. Harper, 2026). ...

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A inicios de este año, Peter Schweizer ha publicado un libro polémico en Estados Unidos: El golpe invisible. Cómo las élites estadounidenses y potencias extranjeras usan la inmigración como arma (The Invisible Coup. Harper, 2026). La obra, que muestra en portada la bandera de México y a su presidenta, Claudia Sheinbaum, junto al líder chino, Xi Jinping, y reconocidos políticos del Partido Demócrata, Alexandria Ocasio-Cortez, Barack Obama y Joe Biden, se ha situado como número uno en ventas en la lista del The New York Times. Esta popularidad se debe a la controvertida teoría que queda clara desde su título: la inmigración no nace de la necesidad de una población empobrecida que busca una vida mejor; la alimentan gobiernos extranjeros con aliados internos que buscan debilitar el poder estadounidense.

El libro es un buen reflejo del movimiento MAGA de Donald Trump, y no solo por su tendencia a analizar la realidad desde las teorías conspirativas. Durante años, muchos de sus líderes de opinión más reconocidos han puesto la diana sobre México. Destacan algunos casos recientes. En 2023, cuando comenzaba la última precampaña presidencial, el expresentador de Fox News, Tucker Carlson, promovió la idea de que el vecino del sur era una amenaza mayor para la seguridad nacional, incluso más peligrosa que Rusia. Más recientemente, Steve Bannon, antiguo asesor del presidente, y Alex Jones, un reconocido influencer, han advertido que las protestas que tuvieron lugar en México a finales de 2025 eran un indicio de que el país se ha convertido en una especie de narcoestado inestable que debería ser intervenido para que no perjudique a los estadounidenses.

Una narrativa de largo recorrido

Esta obsesión del trumpismo comenzó con su propio líder. Cuando tomó por asalto la política en 2015, puso énfasis en México desde el minuto uno. En el discurso de anuncio de su candidatura presidencial, mencionó al país en 13 ocasiones. Además del peligro de los inmigrantes, a quienes tachó de «violadores» y «criminales», aseguró que sus vecinos les estaban robando las oportunidades comerciales con políticas económicas injustas. Su campaña venía preparando ese relato desde meses antes con acciones fuera de lo común que captaban la atención. A inicios de año, por ejemplo, cuando el mexicano Alejandro González Iñárritu brilló en los Oscar, Trump tuiteó que no era extraño porque México está acostumbrado a quitarle cosas a Estados Unidos.

El republicano consiguió entonces que la opinión pública estuviese preparada para acoger lo que se convirtió en el leit motiv de su primera campaña: la construcción del muro (ese que México iba a pagar). Como escribí recientemente al hablar sobre los ataques de Trump al español, el presidente posicionó a los inmigrantes como el gran enemigo que cohesionaba a su base de apoyo. Y para muchos estadounidenses, ser mexicano y ser inmigrante son sinónimos, una interpretación errónea (¿y racista?) que surge del hecho de que uno de cada cuatro ciudadanos no nacidos en el territorio provienen de México. Entre los de primera y segunda generación, superan el 10% de la población total del país.

Una buena parte de la base MAGA siempre ha sido aislacionista, por lo que la promesa del muro resultaba muy atractiva: evitar que entren más inmigrantes para preservar los valores, los empleos y la pureza de Estados Unidos. Pero ahora a Trump se le ha quedado corta esa premisa. Prueba de ello es el reciente discurso de Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich. El secretario de Estado aseguró que su país se ha embarcado en una «tarea de renovación y restauración», bajo la cual quieren escribir la próxima gran página de la civilización occidental.

Trump ya no solo mira hacia adentro, también lo hace hacia afuera. Uno de los primeros pasos para conseguir sus objetivos internacionales es dominar directa o indirectamente América Latina a través de la llamada Doctrina Donroe. Y, para este fin, poner la mirada sobre México le ayuda a imponer una vez más el relato que necesita. Ahora el énfasis se pone cada vez más en las drogas y el narcotráfico, lo que permite dar un giro sin que la base de apoyo trumpista se sienta traicionada. Por eso, Bannon y Jones jugaban a finales del año pasado con la idea del narcoestado incontrolado.

En la última década, las muertes por consumo de drogas han aumentado de manera importante en Estados Unidos. Es un drama que no se limita a los grupos minoritarios, también afecta de manera importante a los hombres blancos de nivel socioeconómico bajo, justamente la base electoral de Trump. Eso hace que hablar de la posibilidad de ataques militares en territorio mexicano o hacer explotar lanchas que supuestamente transportan droga en el Caribe y el Pacífico esté justificado, si se hace para que un joven blanco de West Virginia no muera por una sobredosis. Por eso también la Casa Blanca reaccionó tan rápido, el pasado 22 de febrero, para decir que cedió información de inteligencia clave para que fuera posible el operativo que acabó con la muerte del capo Nemesio Oseguera, conocido como El Mencho.

Trump ha ido alimentando la narrativa de la lucha contra las drogas desde el Despacho Oval. Más de un 15% de las muchas órdenes ejecutivas que firmó hasta febrero de este año hacen referencia a la seguridad nacional o la declaración de emergencia. De esas, cerca de dos de cada tres usaron como argumento la inmigración o el narcotráfico, normalmente mencionando a México o a América Latina.

Trump quiere ahora tres cosas de la región: menos inmigración; que se reduzcan los lazos comerciales con China y que se aumenten con Estados Unidos; y grandes titulares que hagan ver que se gana la lucha contra el narcotráfico. Aunque en el nuevo Board of Peace son pocos los países latinoamericanos que tienen voz como miembros fundadores (solo Argentina, Paraguay y El Salvador), a la Casa Blanca lo que le interesa es que se sigan estos tres lineamientos. Por las buenas… o por las malas.

El 3 de enero, el día que Venezuela amaneció bajo el sonido de las bombas, de los aviones y helicópteros de combate, el presidente envió el mensaje de que no va en broma. No solo firma órdenes ejecutivas o moviliza tropas, también dispara. Lo hizo tras repetir durante meses que Nicolás Maduro inundaba Estados Unidos con drogas. Y ahora lo saben todos los mandatarios latinoamericanos que negocian con él, desde acuerdos comerciales hasta operaciones militares. La realpolitik empieza a pasar también por mantener a Trump satisfecho.

El presidente tiene las armas metafóricas para crear climas de opinión y narrativas, y las armas reales para actuar sobre ellas cuando no consigue lo que quiere por otras vías. Esa es la nueva realidad a la que se enfrenta América Latina. Y México la encara con el riesgo añadido de que siempre ha sido foco de su obsesión.

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