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De pie, vuelve Pedri

Todo lo que hace el futbolista del Barça es con bajo perfil, como si no gritara su genialidad, sino que se limitara a jugar con la seriedad de un niño

Dicen que la pausa desapareció víctima del vértigo del fútbol actual, pero es mentira. Hay tanta pausa como siempre. Lo que pasa es que se la quedó toda Pedri.

La pausa es una acción individual que consiste en bajar el ritmo de juego para reinventar el tiempo y el espacio. Difícil de entender, también difícil de hacer. Se trata de un concep...

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Dicen que la pausa desapareció víctima del vértigo del fútbol actual, pero es mentira. Hay tanta pausa como siempre. Lo que pasa es que se la quedó toda Pedri.

La pausa es una acción individual que consiste en bajar el ritmo de juego para reinventar el tiempo y el espacio. Difícil de entender, también difícil de hacer. Se trata de un concepto futbolístico del que se valen los talentos más competentes, y resulta tan desequilibrante como la velocidad. En fútbol desacelerar sirve, increíblemente, para ganar tiempo y, quedó sugerido en la definición, para crear espacios que estaban escondidos. Hace algún tiempo Pedri le dijo a EL PAÍS algo que pasó desapercibido: “Un jugador tiene siempre un segundo más de lo que cree”. Una manera genial de definir su juego y la fortaleza más sensible de los talentos superiores. Los mediocres no tienen tiempo y a los cracks les sobra.

Pedri está en el círculo central rodeado, gira sobre sí mismo como una peonza sin prisa, deja detrás de sí un desparrame desconcertado y escapa con los movimientos acompasados de un gato. De esos líos lo normal es salir un poco atolondrado, pero no es el caso de Pedri, que tiene un sentido de la orientación claro como el agua.

En esa zona administra el balón: a veces reteniendo el juego, otras acelerando y siempre aclarando. Es entonces cuando sus ideas se estiran como si se acordara que existe una portería a la que atacar. Acompaña la jugada y, a partir de tres cuarto de campo, empieza otro Pedri. El mediocentro, que es un estratega, se convierte en media punta, que es un desestabilizador con una misión creativa: agregarles peligro a las jugadas. Mezclando el juego corto y el largo, cambiando de frente para alimentar a Lamine por un lado, y a Raphinha por el otro, filtrando balones por rendijas que solo ve él en las pobladas áreas, o dando “pases a la red”, acción en la que parece pensar antes que el portero y que nosotros, los aficionados. De pronto, es gol, y no lo habíamos previsto. Todo con bajo perfil, como si no gritara su genialidad, sino que se limitara a jugar con la seriedad de un niño.

Me gustó a primera vista y no puede extrañar, porque nació sabiendo. Y como en el primer año en el Barça ya resultaba fascinante para todos, fue exprimido como un limón. Lo pagó con lesiones que demoraron su explosión y, en un fútbol cada vez más físico, hizo dudar sobre su evolución. Y sobre su vida privada, por trascendidos que lo indignaron. Desconozco las medidas que se tomaron, pero hoy el físico lo acompaña y su campo de acción es muy grande.

Se hizo fuerte sin perder prestaciones futbolísticas. Aunque sea de paso, conviene recordar que una cosa es ser un atleta y otra un futbolista. Desde entonces hay más Pedris, porque el tiempo fue multiplicando al jugador. Si en las largas posesiones que acostumbra el Barça, la pelota se pierde en el camino, Pedri dará la primera presión y, si no la recupera, le tocará correr hacia atrás y ese servicio también lo hace gracias a su sentido del deber. En un campo de 100 por 70 no deja rincón sin barrer.

Esa aura de dominio tiene rendida a la gente, que canta su nombre, más para invocarlo que para animarlo. Ocurre tanto en el Barça como en la Selección. Como si su estilo contribuyera a tranquilizar a la gente. Efecto de la pausa, expresión de sabiduría de la que se apoderó. Apeadero en tiempos de guerra, hoy Pedri vuelve para deslumbrar y relajar al personal.

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