Desde una utopía hasta el fin de mundo: ¿Qué nos espera?
Usamos o nos valemos de nuevas tecnologías casi sin darnos cuenta, sin advertir el mar de fondo que hay en todo esto
Lo que mayormente impresiona y desconcierta no son los avances científicos a los que nos encontramos asistiendo, sino la frenética velocidad con la que se están produciendo, lo mismo que pasa con las nuevas tecnologías. Se tiene incluso la impresión de que la velocidad del cambio tecnológico –otros hablan de ‘evolución tecnológica’ o de ‘revolución’ de ese tipo- ha tomado una aceleración mayor a la de las propias ciencias que le sirven de base. Es como si la tecnología avanzara desde sí misma; o sea, que la tecnología estaría llamando, o tal vez, tirando, desde la propias nuevas tecnologías. Hasta la filosofía está siendo pillada por las nuevas tecnologías, y más de alguien ha llegado a sostener que estas últimas son ya filosofía.
Como todos sabemos, las reacciones del público general ante este fenómeno, y también de los expertos, van desde la utopía hasta el fin de mundo; aunque entre ambos extremos hay otras posibilidades: optimismo, mero entusiasmo, esperanza; y, por otro lado, rechazo y pesimismo. Es en esos rangos que nos movemos, admitiendo que de lo que se trataría no es de un cambio de época y ni siquiera de mundo, sino, probablemente, de un cambio de humanidad. Lo humano podría diversificarse más allá de lo que conocemos desde el punto de vista biológico. A la evolución biológica, que tardó miles de millones de años en el caso del género humano, podría estar sucediendo una evolución tecnológica, si bien muchísimo más rápida que aquella.
Por ello, la filosofía se ha visto puesta en problemas. En problemas y también en apuros, y ni qué decir las religiones. Los cambios en tal sentido son muchos, muy veloces y de máxima intensidad, y son receptores de enormes inversiones públicas y privadas que podrían acabar ejerciendo dominación sobre los humanos. Podríamos estar relativamente a las puertas de aprovechar en todos los campos las máquinas que desde hace décadas están haciendo cosas por nosotros con mayor facilidad, menor costo y más eficacia que los humanos. Ya no se trata solo de la robotina que retira el polvo de nuestras habitaciones, o de la celebrada máquina que con algunos ingredientes conocidos y unas fáciles instrucciones, además de corto tiempo, permite preparar deliciosas comidas. Sí, también nos agrada entrara en la cocina y afanarnos en nuestras propias recetas y preparaciones, y de allí que hayamos considerado siempre a las comidas como un producto cultural, o sea, de algo hecho por humanos para el cumplimiento de alguna una función -por ejemplo, preparar el delicioso dulce de membrillo que hacían nuestras madres y abuelas- y conseguir también una finalidad, en este último caso el deleite de los comensales.
Usamos o nos valemos de nuevas tecnologías casi sin darnos cuenta, sin advertir el mar de fondo que hay en todo esto. Piense usted en las neurociencias y neurotecnologías que, acompañadas de la computación, están interviniendo en el cerebro humano –mejor, en todo el cuerpo humano- con resultados y expectativas sorprendentes. En las intervenciones cerebrales, merced a las nanotecnogías y en colaboración con aparatos computacionales, ¿hasta dónde podremos llegar?
¿Cuál debería ser nuestra actitud ante las nuevas tecnologías? ¿ Considerar que nos están vendiendo utopías, altas cuotas de optimismo, entusiasmo, o tan solo de esperanzas; o, por el contrario, caeremos en la fantasía, el rechazo, el pesimismo, o el temor a un fin de mundo inevitable y causado por nosotros mismos?
Disponemos en tal sentido de mucho más que un impulso. Ya estamos embalados. Esto no se detendrá ni habrá nada parecido a una moratoria de algunos meses que nos permita pensar y programar mejor las cosas. Se impondrán los hechos antes que las regulaciones éticas o jurídicas que aún no sabemos cómo concordar masiva y menos universalmente. Algo similar ocurrió con los trasplantes de órganos de personas fallecidas a pacientes que los necesitaban con urgencia. Primero se hicieron en buen número y solo más tarde, mucho más tarde, se acordaron regulaciones a nivel nacional e internacional. Y como la celeridad de ese último cambio fue muchísimo menor de la que hoy ocurre en materia tecnológica, ¿de cuánto tiempo se dispondrá para nuevas regulaciones y en cuánto tiempo estas se encontrarán rápidamente desactualizadas?
Quizás lo que necesitamos en materia de IA no son solo legislaciones nacionales o continentales, ni tampoco tratados internacionales, sino de algo así como un nuevo pacto social que concierna a la actual y completa humanidad.
Pero, ¿cómo podría lograrse un pacto semejante si no tenemos nada que se parezca a un gobierno mundial que pudiera deliberar sobrelas oportunidades y riesgos que advertimos en este momento?