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¿Una infancia feliz?

‘El cabrito’ es un potente testimonio de una infancia agridulce que, pudiendo haber terminado en tragedia, logra salir adelante una vez que el protagonista sale del pueblo para estudiar en Ovalle

Juan Luis Salinas, en una foto sin datar.@salinastoledo

Uno de los epígrafes que abren El cabrito (La Pollera, Santiago, 2025), de Juan Luis Salinas, logra perfilar el tono que tendrán estas memorias de la niñez del autor: “Cualquiera que haya sobrevivido a su infancia tiene información sobre la vida para el resto de sus días”. La frase de la escritora estadounidense Flannery O’Connor marca la pauta de un libro cuya dureza no está exenta de ternura. A pesar de constatar que la infancia es una etapa a la que se sobrevive, la historia parece ser siempre más compleja, pues, como afirma el narrador en más de una ocasión: “No te olvides de que pese a todo allí fuiste feliz”.

El libro cuenta los primeros años de vida del autor en la ciudad nortina de Punitaqui, en la región de Coquimbo. Su madre trabaja de empleada doméstica en Santiago y solo viaja al norte en los veranos. Él, en tanto, es criado por sus abuelos, que en realidad no son sus abuelos sino unos tíos mayores, pero prefiere no corregir el equívoco en que vive todo el pueblo. En la calle Condell tiene un grupo de amigos con los que pasa la tarde y va, a veces, a bañarse a un embalse cercano. En el colegio, a su vez, sufre del acoso de tres compañeros que juegan, en los recreos, a “salar” a los más débiles del curso: la práctica consiste en echar puñados de tierra en los calzoncillos a las víctimas de turno. La violencia atraviesa todo su relato, y resistirse a sus lógicas parece imposible.

Por otro lado, el protagonista no cumple con lo que se espera de un niño de su edad. No le interesa el fútbol, habla con voz débil, se pasa el día con unas compañeras que lo resguardan de los matones y le interesan las revistas de moda, de donde saca modelos para sus dibujos de mujeres elegantes. Y aunque su abuela le diga que se defienda “como hombre”, él evita el conflicto sabiendo que no tiene cómo ganar una riña.

Los años de su infancia son, asimismo, los años de la dictadura de Pinochet. Mientras la mayoría del pueblo se acomoda a la situación política y sobrevive a las estrecheces económicas de los años 80, puertas adentro sucede otra cosa. El abuelo, simpatizante de Allende, sintoniza una radio de izquierda en la oscuridad de su habitación, y en la bodega del fondo del patio guarda las revistas de oposición —Apsi, Cauce, Análisis— que compra en un kiosco de la ciudad de Ovalle. El punto de vista del niño, sin embargo, debe hacerse cargo de una discordancia: el mundo que él logra entrever en las revistas de su abuelo no calza con aquel que transmite la señal del único noticiario televisivo que llega a ese pueblo perdido. “El niño al principio las entendía poco, pero luego fue relacionando las situaciones. Juntando piezas. Entendió por qué el abuelo se frustraba tanto cuando veía que las noticias de la televisión decían cosas totalmente diferentes de las que aparecían en esas revistas”.

La historia del país, sin embargo, no es lo único que muestra dobleces e incoherencias. También su propia biografía —la relación con su madre, los vínculos sanguíneos con quienes lo rodean— está repleta de puntos ciegos, de versiones que no calzan o de informaciones entregadas a medias. El modo en que el niño se hace un lugar en el mundo está construido por tanteos y averiguaciones relativas a las preguntas por su identidad; por retazos a los que intenta darles un sentido coherente.

Punitaqui se describe como un pueblo de mujeres, niños y abuelos, sin muchos hombres jóvenes, pues ellos se van a probar suerte a otros horizontes. Es un pueblo pobre de provincias, donde el trabajo no abunda y donde los códigos de sobrevivencia exigen cierta bravuconería o brusquedad a las que el protagonista no es muy dado. Sus gestos de amaneramiento y debilidad son mal vistos por quienes lo rodean, que comienzan a murmurar a sus espaldas y preconizar la peor de las suertes para su futuro. Así, para no ser humillado, aprende a imitar ciertos códigos, giros y actitudes, generando en torno a sí una coraza, “una forma de protección que, intuye, utilizará por largo tiempo, pero que no sabe que se hará cada vez más robusta”. Así, haciendo uso de las herramientas de la novela de formación, pero dando espacio también a reflexiones sobre los códigos de la masculinidad o la supervivencia política, Juan Luis Salinas construye una obra autobiográfica de gran potencia introspectiva. Aunque a ratos pierda algo de ritmo, son muchos más los puntos altos donde el contraste entre un ambiente hostil y la gratitud de los vínculos familiares nos muestra la complejidad de toda existencia humana.

El cabrito es un potente testimonio de una infancia agridulce que, pudiendo haber terminado en tragedia, logra salir adelante una vez que el protagonista sale del pueblo para estudiar en Ovalle. La dureza del acoso escolar, de no calzar en el entorno o de las fracturas familiares no consume por completo el enfoque del relato, sino que se repite como un mantra la idea de que allí sí pudo ser feliz. Ese allí no es solo una ciudad venida a menos en los años de dictadura, sino también el pasado que se ilumina por medio de la palabra: “Es hora de encender la luz y escribir”, dice el autor hacia el final del libro, intentando hacerle justicia a su antiguo yo. Y aunque la edición del libro podría haberse realizado con más esmero —la gran cantidad de erratas interrumpen constantemente la lectura—, el relato equilibrado y reconciliado consigo mismo muestra que hay algunas cárceles de las que se puede salir con la frente en alto.

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