Robert de Niro como intelectual público
El papel que este actor de cine viene jugando desde hace años es notable, y está cumpliendo una función supletoria a lo que los intelectuales públicos de izquierdas no pueden hacer: movilizar a las masas, al electorado o derechamente al pueblo
Desde hace años se viene observando en todas partes una crisis del intelectual público, esa crisis que afecta a los agentes que han hecho del trabajo intelectual un oficio y se afanan en divulgarlo, poniendo a prueba su propia reputación en público al involucrarse en las causas de nuestro tiempo. Hace tiempo que no vemos a los intelectuales chilenos, tampoco españoles y en algunos pocos casos estadounidenses (Judith Butler, Angela Davis o Noam Chomsky, por ejemplo) involucrándose de modo público, corriendo riesgos, asumiendo costos. Lo normal de los intelectuales, y qué decir de la academia, es refugiarse en su torre de marfil, publicando papers para mini-públicos, y rara vez libros para lectores no especializados: de modo excepcional, y con pudor, incursionan en la esfera pública, mediante una columna de opinión o un ensayo, cuya existencia desprecian. Es el signo de estos tiempos aciagos, tecnológicos y violentos. Hace pocos días partió a los 96 años Jurgen Habermas, ese último gran filósofo defensor de la ilustración, quien también ofició como intelectual público: aun tengo en la retina su disputa en la década del ochenta con los historiadores revisionistas alemanes (Ernst Nolte y Klaus Hildebrand) obsesionados por hacer del episodio nazi una excepción (exculpatoria) de la historia alemana. Al saber de su muerte, solté una lágrima: junto a él partía un gran defensor de la ilustración y de la emancipación en nombre de la razón. Su partida es aun más chocante en la medida en que nos vemos expuestos a ingenieros (Marc Andreesen), blogueros (Curtis Yarvin), oligarcas (Peter Thiel) y un filósofo (Nick Land) que promueven la anti-ilustración, eso que se conoce como la “ilustración oscura”, una corriente tan influyente por estos días en la Casa Blanca. Los “académicos” no tienen idea de esto, y si algo saben de esta anti-ilustración, la desprecian por inculta: estrictamente hablando, tienen razón, es la ignorancia en el pináculo del pensamiento de internet, popular en ese sentido. Pero están profundamente equivocados al no tomar en serio un mundo que se propone destruir la “catedral”, ese conjunto de instituciones en las que se produce conocimiento sofisticado (las universidades), se difunde a través de los medios de comunicación también ellos sofisticados (desde el New York Times hasta Le Monde, pasando por EL PAÍS), pero que no captura la atención popular.
Lo sabemos. Los partidos de izquierda y progresistas ya no son lo que fueron: defensores de las causas emancipadoras con fundamentos y justificaciones. Sus programas suelen ser eslóganes. En el mundo de derechas también: solo tienen a su favor el orden establecido, reformable, modificable para restaurar sus fundamentos originarios. Tampoco cumplen esa función los intelectuales de izquierdas o progresistas (que de “orgánicos” no tienen nada, salvo una vaga y obligada referencia a Gramsci)… cuando existen. Pero allí están: ensayando lo que cada vez más se parece a una lengua muerta, como el latín. Su lenguaje políticamente correcto, a veces teñido por esa corriente extraña que es el movimiento woke que no promueve el universalismo sino la gloria de causas particulares, ha generado un hastío generalizado. La hiper-corrección política, esa que se expresa en cosas tan absurdas como hablar de “las y los medicamentos”, o del abuso del “les” y de los X para reunir al mundo entero en un gran acto comunicativo (que es mi crítica a Judith Butler) no solo movilizó a los segmentos más conservadores que rápidamente transitaron a lo reaccionario, sino también a los grupos moderados, patriarcales pasivos o feministas renegados, que terminaron en la derecha más extrema, sin percatarse ni tomar conciencia de ese tránsito. Ante este estado de cosas, los intelectuales de izquierdas y universalistas tienen poco que hacer: el daño es enorme, y su incursión en el espacio público tardará muchos años en producir efectos en algún tipo de modo sartreano.
Pues bien, esa función que era cumplida por los intelectuales públicos está siendo desempeñada por los artistas, especialmente por uno de ellos, proveniente del corazón de Hollywood: Robert de Niro. El papel que este actor de cine viene jugando desde hace años es notable, y está cumpliendo una función supletoria a lo que los intelectuales públicos de izquierdas, progresistas y universalistas no pueden hacer: movilizar a las masas, al electorado o derechamente al pueblo. Hace pocos días atrás, el 28 de marzo, de Niro encabezó una de las tantas marchas en contra del Gobierno de Trump: No Kings se les llamaba, y reunieron a varios millones de personas en más de 3 mil ciudades de los Estados Unidos. Es cierto, también participaron del llamado a movilizarse el cantante popular Bruce Springsteen y la actriz Jane Fonda. Pero hay algo singular en Robert de Niro que lo coloca aparte. En primer lugar, lleva años desafiando a Trump, desde su primer mandato: el presidente republicano le resulta insoportable, y ha argumentado sobre su antipatía en innumerables ocasiones (últimamente en defensa de los buenos vecinos de origen inmigrante). En segundo lugar, porque de Niro ha utilizado un lenguaje práctico, ofreciendo combos y una paliza al inquilino de la Casa Blanca, es decir un idioma que puede conectar con lo que personas comunes y corrientes pueden experimentar como agravio generado por el gobierno de Trump. No es mi idioma, pero convengamos que tiene más chances de conectar con la opinión popular que lo que yo pueda opinar en el mismo sentido que de Niro. En tercer lugar, involucrándose en cuerpo y alma en las movilizaciones, marchando en primera fila.
Todas estas cosas configuran una definición de la autenticidad del intelectual público: Robert de Niro no es un productor de ideas, tampoco reivindica ese rol, pero cumple esa misma función. Su pasión es evidente: no tiene nada que ganar en estas luchas, algo muy relevante para formar la autenticidad y no ser acusado de cinismo interesado.
Los productores de ideas deben tener a la vista que su producción necesita trascender el grupo enano de especialistas: en tal sentido, se les debe exigir transitar a la esfera pública, asumiendo costos que ponen en entredicho su reputación. Desde mi punto de vista, son los riesgos del oficio. Las ideas deben importar y generar consecuencias. Para que esto ocurra, los intelectuales públicos deben utilizar todos los soportes que se encuentran a su disposición, incluso los más vulgares, esos que no pasan por el juicio de pares: desde blogs a posteos, con textos cortos redactados en lenguaje humano e imágenes que facilitan la difusión por la vía de la simplicidad, tomando posición, luchando.
Las ideas no circulan a partir de su propia fuerza: no hay en ellas una fuerza intrínseca que, por sí sola, dinamiza el debate político, social e intelectual. Es lo que Habermas hubiese deseado. Cuando las ideas tienen éxito, es porque se produjeron las condiciones de fuerza, forma y contenido, las que convergieron en una coyuntura. Esto quiere entonces decir que el poder de las ideas no solo reside en ellas.
De Niro dio una muestra de lo que se debe hacer: ofició como intelectual público de modo fantástico, en una coyuntura en la que los intelectuales públicos se encontraban notoriamente ausentes.
Ahora, los intelectuales públicos deben ocupar la esfera pública: tienen todo por ganar, cuando la opinión de los partidos políticos y de quienes hablan en nombre de ellos es cada vez más irrelevante.