De cara al abismo
El Socialismo Democrático tiene una decisión pendiente. Si la crítica del Frente Amplio es justa, lo honesto es asumirla y sumarse a ese proyecto. Si no lo es, entonces corresponde decirlo con claridad, ponderar sus luces y sombras, y construir desde ahí
Las izquierdas chilenas no han salido de la perplejidad desde la derrota presidencial de diciembre. No hay liderazgos claros, unidad de propósito ni voceros compartidos. Más profundo aún: no hay acuerdos sustantivos entre sus facciones y cada quien navega la tormenta como puede. Lo poco que hay son descuelgues administrativos —la DC y el PPD en la Cámara—, críticas a los proyectos del Ejecutivo y arranques aislados. No se los puede culpar: en el último ciclo, las izquierdas tuvieron más poder que nadie en la historia de la democracia chilena —la Convención Constitucional y la Presidencia de la República, nada menos— y en ambos casos los balances son sombríos.
La atención ha recaído en el Frente Amplio (FA). Es justo: buena parte de los fracasos se deben a su maximalismo e impericia. Pero cargarle la mano a esa izquierda hace que olvidemos la responsabilidad de la ex Concertación, Nueva Mayoría o Socialismo Democrático, el actor más relevante de la transición a la democracia, hoy reducido a una alianza frágil, bajo la promesa recurrente de ser distintos de sus socios frenteamplistas —“los adultos de la izquierda”, circuló alguna vez.
El exceso de nombres en los años recientes habla de un intento por renovar una identidad que fue cuestionada en sus fundamentos por la generación de Gabriel Boric: tanto el reconocimiento de la salida institucional a la dictadura como el proceso de la renovación socialista terminaron siendo una rendición a los términos de la Junta Militar. De nada sirvieron el ejemplo de Salvador Allende, el programa y los sueños de la Unidad Popular, la persecución, los muertos; todo eso fue sacrificado en el altar del neoliberalismo. Los años concertacionistas fueron prósperos, sí, pero el Frente Amplio denunció que fue al precio de una traición imperdonable a la historia de la izquierda chilena. La Concertación terminó administrando, en el mejor de los casos, un “neoliberalismo con rostro humano”, en palabras de Fernando Atria.
La crítica fue moral antes que programática. Como explicó Pablo Ortúzar hace ya varios años, la Concertación había utilizado el pasado para “obtener legitimidad política a partir de la representación de la posición de las víctimas(de la dictadura)”. Tal era el terreno en disputa. Algunos en la Concertación intentaron defender sus logros —reales— pero la magnitud de la acusación hacía palidecer cualquier defensa. Otros se plegaron rápidamente a la acusación. El dilema se agudizó una vez que la vieja guardia, aquella que vivió el proceso de la UP, la dictadura y el retorno de la democracia, comenzó a dejar la primera línea política. Sin acceso a la experiencia directa de esa historia, con una generación de líderes que nunca logró llenar el vacío —Lagos Weber, Girardi, Tohá, Elizalde, entre otros—, la pregunta frenteamplista fue ganando peso, se volvió una objeción poderosa.
Desde ahí nace el segundo Gobierno de Michelle Bachelet, en muchos sentidos precursor del de Boric. Por algo querían ser una nueva mayoría, que incorporara al Partido Comunista y a los chascones de Revolución Democrática. Frente al agotamiento concertacionista había que hacer algo diferente. Las reformas estructurales se volvieron moneda corriente, el concepto de retroexcavadora se utilizó hasta el desgaste y comenzó una campaña sostenida contra lo hecho entre 1990 y 2010. Se gestó así una alianza entre ambos conglomerados, como si la propia existencia del FA no hubiera nacido del desprecio por la Concertación. Y actuaron juntos sostenidamente, no solo en este Gobierno. Fueron todos los partidos de la entonces oposición los que declararon que la ciudadanía había abierto un proceso constituyente por “la vía de los hechos” en octubre de 2019; los que negaron la sal y el agua a un desesperado Sebastián Piñera; los que formaron una mayoría indistinguible en la Convención y llamaron a aprobar —salvo honrosas excepciones— un proyecto que ponía en serio riesgo a la democracia chilena. Pese a los intentos del Socialismo Democrático por desmarcarse y reivindicar un supuesto espacio propio, la trayectoria compartida es elocuente.
¿Tiene sentido, entonces, que el Socialismo Democrático siga en esta senda de diferenciarse en las palabras, pero mimetizarse en los hechos? Muchos sueñan con el retorno de los liderazgos históricos, como si la Concertación de los 90 fuera una alternativa real para el Chile de hoy. Pero hace ya largos años que ese proyecto está muerto, enterrado por sus propios descendientes. El Socialismo Democrático tiene una decisión pendiente que ningún cambio de nombre resuelve. Si la crítica del FA es justa, lo honesto es asumirla y sumarse a ese proyecto. Si no lo es, entonces corresponde decirlo con claridad, ponderar sus luces y sombras, y construir desde ahí. Lo que ya no es sostenible es mantenerse dudando frente al abismo, creyendo que pueden bordearlo sin que tarde o temprano los termine tragando.