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De urgencias y expectativas

Kast prometió orden, crecimiento y seguridad con un sentido de urgencia casi ilimitado, para luego encontrarse con la verdad incómoda de que gobernar no es administrar promesas, sino administrar realidades que inevitablemente chocan entre sí

José Antonio Kast en Santiago, el 12 de marzo.SOFIA YANJARI

“No puedes ir más rápido que tu pueblo”. La honesta reflexión del entonces presidente Gabriel Boric en 2022, tras el triunfo del Rechazo en el primer plebiscito constitucional y a solo seis meses de haber asumido, abrió un debate profundo sobre la distancia entre las expectativas ciudadanas y la lectura que los gobernantes creen hacer de ellas. ¿No hay algo de soberbia en creer que nuestra interpretación de las necesidades colectivas es la única válida? ¿La honestidad intelectual —ese compromiso ético con la verdad que la filosofía clásica eleva como virtud fundamental— no debiese ser el punto de partida de quienes conducen un país?

Como en la vida, en la economía, en el trabajo, en la política y en las relaciones personales, casi todo es un problema de expectativas: sobre lo que se quiere y se puede lograr, sobre los límites financieros, temporales y físicos, sobre cómo las demandas y las pretensiones chocan con la realidad y con los límites de esta.

Que el expresidente Boric haya registrado uno de los peores desempeños económicos en democracia, sin una crisis externa que lo explique y con un precio del cobre históricamente favorable, responde en parte a expectativas mal gestionadas. El freno a la inversión, el temor a perder el empleo y la baja creación de puestos de trabajo fueron consecuencia de una agenda que no supo leer cómo, para gran parte de la ciudadanía, no existe mejor política social que un crecimiento económico robusto y sostenido.

Hoy, el Gobierno de José Antonio Kast enfrenta un dilema que probablemente marcará su administración: la amplia distancia entre las expectativas que él mismo generó y la realidad que ahora lo golpea de frente. Durante la campaña, Kast prometió orden, crecimiento y seguridad con un sentido de urgencia casi ilimitado, para luego encontrarse con la verdad incómoda de que gobernar no es administrar promesas, sino administrar realidades que inevitablemente chocan entre sí.

Y la realidad actual muestra un país con un crecimiento estancado en torno al 2%, una inflación que responde más a caídas en el consumo que a una conducción económica eficiente, todo esto mientras persisten expectativas desancladas respecto de la realidad del país y de lo que realmente es posible gestionar.

A esto se suman la preocupante situación fiscal —que requerirá algo más que ajustes de gasto y reformas tributarias que hoy no cuentan con el respaldo político mínimo para avanzar— y una guerra en Oriente Medio que promete, de mantenerse, una sostenida escalada en el precio del petróleo, con las negativas consecuencias que esta amenaza tiene para la inflación y el crecimiento.

El mercado ya muestra cautela por sobre entusiasmo: los expertos consultados por el Banco Central mantienen expectativas de crecimiento en torno al 2,5% y una inversión prácticamente estancada en el 4%.

En materia de seguridad pública, el desafío es aún más urgente. Kast construyó buena parte de su capital político sobre la promesa de recuperar el control del espacio público, pero para ello necesita resultados, no solo intenciones. La percepción de inseguridad es uno de los factores que más erosiona la confianza en las instituciones y, además, constituye un terreno político especialmente sensible: con una oposición fragmentada y un oficialismo todavía en reacomodo, la falta de avances concretos en control de la delincuencia y seguridad podría abrir espacio para cuestionamientos profundos a su capacidad de conducción.

El llamado Gobierno de emergencia instalado por Kast debe ser más que su eslogan trabajando para usted. El sentido de urgencia debe traducirse en acciones, y es indispensable abandonar el diagnóstico permanente y la búsqueda de culpables en la administración anterior.

La ventana está abierta, pero se cierra rápido. Si Kast logra aprovecharla con decisiones firmes, señales económicas claras y avances tangibles en seguridad, podrá construir una base mínima para los años que vienen.

Si no, enfrentará un escenario político mucho más complejo del que imaginó al asumir.

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