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Muchas niñas siguen quedando atrás

En países industrializados ha ganado fuerza la tesis de los lost boys: la idea de que ciertas transformaciones culturales estarían dejando rezagados a los niños en ámbitos como el rendimiento escolar o la inserción laboral

Marcha por la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, en Santiago (Chile), este domingo.ADRIANA THOMASA (EFE)

Cada 8 de marzo el debate se concentra en las brechas que enfrentan las mujeres: salariales, laborales, de representación política. Pero hay una dimensión que suele quedar fuera: la de las niñas. La evidencia indica que muchas de esas desigualdades no emergen en la adultez. Se construyen antes, durante la infancia y la adolescencia.

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Cada 8 de marzo el debate se concentra en las brechas que enfrentan las mujeres: salariales, laborales, de representación política. Pero hay una dimensión que suele quedar fuera: la de las niñas. La evidencia indica que muchas de esas desigualdades no emergen en la adultez. Se construyen antes, durante la infancia y la adolescencia.

Los resultados del SIMCE, conocidos esta semana, entregan una primera señal. Si bien muestran una recuperación general de los aprendizajes tras la pandemia, la mirada de género matiza ese optimismo. En matemáticas, la brecha se amplió en cuarto básico, octavo básico y segundo medio, y los puntajes de las niñas siguen bajo los niveles prepandemia. En lectura, las brechas que históricamente las favorecían se han reducido, no por una mejora de ellas sino por un estancamiento de sus resultados frente a un avance de los niños. Detrás de esto, las creencias culturales siguen operando: un 36% de los estudiantes de sexto básico considera que algunas asignaturas son más difíciles para un sexo que para el otro, y un 45% de los de segundo medio estima que hay profesiones más adecuadas para hombres que para mujeres (SIMCE 2024).

Las brechas, sin embargo, van mucho más allá de los aprendizajes. En salud mental, la prevalencia de síntomas depresivos o ansiosos entre séptimo básico y tercero medio es casi cuatro veces mayor en niñas que en niños: mientras cerca de uno de cada 10 niños presenta estos síntomas, entre las niñas la cifra supera uno de cada tres. La brecha además se amplió significativamente tras la pandemia, pasando de 14 a 26 puntos porcentuales entre 2017 y 2023 (Encuesta Nacional de Polivictimización 2017-2023). Es cierto que los problemas de salud mental pueden expresarse de manera distinta según el género, y que ciertas pautas culturales influyen en cómo se declara el malestar. Pero las diferencias también aparecen en factores de riesgo concretos y medibles.

Uno de ellos es la actividad física: casi uno de cada dos niñas declara no practicarla, frente a una de cada tres niños (Encuesta Juventud y Bienestar 2024, aplicada a más de 130 mil estudiantes de segundo medio). Los patrones de consumo de sustancias también se han transformado profundamente: hace una década los adolescentes consumían más alcohol, marihuana y tranquilizantes sin receta; hoy esas brechas se han invertido y son las adolescentes quienes presentan mayores prevalencias (Encuesta Nacional de Drogas en Población Escolar, SENDA 2003-2023). En el mundo digital, un 42% de las adolescentes pasa más de cinco horas diarias en redes sociales frente al 26% de los niños, y son ellas quienes reportan mayor exposición a contenidos inapropiados y violencia sexual digital (Encuesta Juventud y Bienestar 2024; SIMCE 2024).

Las desigualdades más invisibles ocurren dentro de los hogares. Las niñas reportan el doble de experiencias de maltrato (ENP 2024), y las denuncias por violencia intrafamiliar son también dos veces mayores entre adolescentes mujeres mayores de 14 años (CEAD 2024). La cifra más dura es la del abuso sexual: 1 de cada 4 niñas entre 12 y 18 años reporta haberlo sufrido alguna vez en su vida, frente a un 8% en los niños, resultados consistentes además con estudios retrospectivos en población adulta (ENP 2017-2023). A esto se suma una distribución desigual del trabajo doméstico: las niñas participan con mayor frecuencia en trabajo infantil doméstico intensivo o peligroso, brecha que se amplía en la preadolescencia — entre los 9 y 14 años, un 17,3% de las niñas realiza este tipo de actividades frente a un 13,8% de los niños (EANNA 2024).

En países industrializados ha ganado fuerza la tesis de los lost boys: la idea de que ciertas transformaciones culturales estarían dejando rezagados a los niños en ámbitos como el rendimiento escolar o la inserción laboral. Es una discusión que merece atención, y los niños chilenos enfrentan también desafíos reales. Pero trasladar esa tesis a nuestro contexto requiere cautela: la evidencia disponible muestra que en Chile son las niñas quienes acumulan desventajas de forma más transversal y en más dimensiones a la vez.

Los datos, en conjunto, describen trayectorias distintas que se traducen en experiencias concretas: una niña de doce años tiene tres veces más probabilidades que su compañero de presentar síntomas depresivos, mayor exposición a riesgos digitales, más horas de trabajo doméstico y una probabilidad significativamente mayor de haber vivido alguna forma de violencia. Las brechas que discutimos cada 8 de marzo no aparecen de repente en el mercado laboral ni en la política. Se construyen antes, en la vida cotidiana de las niñas. Avanzar hacia una sociedad más igualitaria requiere poner el foco también ahí.

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