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Misericordia sin verdad

La compasión es una virtud valiosa cuando se funda en la verdad. Pero pierde su sentido cuando se aplica de manera selectiva

Carteles con rostros de detenidos desaparecidos durante la dictadura de Augusto Pinochet, en Santiago (Chile). ESTEBAN GARAY (EFE)
Claudia Sarmiento Ramírez Miguel Jofré Sarmiento

A pocos días del cambio de Gobierno, el Congreso de Chile dio un paso adelante en un proyecto de ley que permitiría a personas privadas de libertad mayores de 70 años o con enfermedades graves, terminar sus condenas en sus casas. Se presentó como una medida de humanidad hacia los adultos mayores enfermos. Pero todos sabemos cuál es la intención que subyace: beneficiar a numerosos condenados por violaciones a los derechos humanos que cumplen pena en Punta Peuco. Bajo el lenguaje de la compasión, el proyecto instala una forma de misericordia selectiva, indulgencia para los victimarios, mientras las víctimas y sus familias siguen esperando una verdad que nunca llegó.

Escribimos desde esa espera.

Somos sobrinos de Hernán Sarmiento Sabater, detenido desaparecido durante la dictadura. Y somos nietos de Victoria Sabater del Fierro, su madre, que murió buscándolo. Durante décadas preguntó dónde estaba su hijo, cómo murió, qué hicieron con su cuerpo. Murió sin saberlo, como tantas otras madres en Chile.

Lo más difícil de aceptar es que quienes sí saben nunca lo han dicho.

Los responsables de estos crímenes han sido juzgados y condenados por tribunales de la República. Sin embargo, en prácticamente ninguno de los casos de detenidos desaparecidos se ha recibido información que permita conocer el destino de las víctimas. No en el caso de nuestro tío. No en el de las cerca de mil cuatrocientas personas que permanecen desaparecidas.

Ese silencio no es un detalle. Es parte del crimen.

Mientras no se conozca el destino de los desaparecidos, la herida permanece abierta. Para las familias, pero también para el país. La desaparición forzada es un delito permanente precisamente porque la verdad sigue siendo ocultada.

Por eso resulta difícil aceptar que hoy se invoque la misericordia.

La compasión es una virtud valiosa cuando se funda en la verdad. Pero pierde su sentido cuando se aplica de manera selectiva. Porque en este caso la misericordia se dirige hacia quienes cometieron los crímenes, mientras se ignora a quienes llevan más de medio siglo esperando una mínima señal de humanidad.

Los responsables han tenido décadas para colaborar con la justicia y con las familias, para entregar información que permita conocer el paradero, recuperar restos, cerrar duelos, devolver algo de dignidad a quienes siguen esperando.

No lo han hecho.

Por eso este proyecto no es una iniciativa humanitaria. Es una decisión política que se presenta bajo un lenguaje moral. Una rebaja de pena encubierta en nombre de la compasión.

La paradoja es evidente: se invoca humanidad para aliviar la situación de quienes nunca mostraron humanidad alguna con sus víctimas.

Cada uno de los casos de desaparición forzada sigue abierto mientras no se conozca la verdad. Antes de hablar de misericordia con los perpetradores, el país debería preguntarse por la compasión que aún se les debe a las víctimas.

Porque sin verdad, la misericordia corre el riesgo de convertirse simplemente en olvido.

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