Una escritora singular
En ‘¡Milagro!’ Gonzalo Maier presenta a la escritora chilena Violeta Quevedo cuya literatura puede ser entendida como el “tránsito de un país que se lanza a una guerra larga en el desierto (...) y muere en una Alameda con semáforos, aires de revolución latinoamericana y bocinazos”
Una tarde, al llegar a su oficina, el poeta Eduardo Anguita se encontró a una mujer desconocida y elegante que, en unas hojas pedidas a un empleado del lugar, borroneaba una carta apoyada en un escritorio ajeno. Al terminar, pidió también una estampilla, procedió a pegarla en el sobre que también le habían facilitado (a pesar de tener un membrete de la oficina en cuestión) y se alistó para salir. Antes de que se fuera, el escritor le preguntaría por un librito que llevaba, La torre del campanario, de Violeta Quevedo. La desconocida respondería que ella era la autora del pequeño volumen. A partir de ese encuentro, en el que Anguita terminaría reconociéndose colega de la mujer —y comprándole, asimismo, el mencionado ejemplar—, el poeta chileno se convertiría en uno de los embajadores de la obra de Quevedo, protagonista del brevísimo ¡Milagro! (UDP, 2025), de Gonzalo Maier (Talcahuano, 1981).
Maier, escritor y académico chileno, autor de una decena de ensayos y novelas que le han valido un lugar relevante en la escena literaria —no solo local, sino también española—, acomete la tarea de escribir sobre esa escritora inclasificable y, podría decirse, de culto. Violeta Quevedo, seudónimo de Rita Salas Subercaseaux, es una escritora del margen cuyo nombre, en palabras de Maier, “resuena como un mito o un personaje pintoresco del Santiago de mediados del siglo XX, más que como una escritora por derecho propio”. Y aunque ha recibido elogios de múltiples críticos y escritores a lo largo del tiempo —el ya mencionado Anguita, Alone, Ignacio Valente, Juan Manuel Vial o César Aira, entre otros— su obra ha tenido una repercusión limitada y una circulación esporádica en antologías y recopilaciones de 1951, 1981 y 2007. Y aunque hoy es posible encontrar gran parte de esa obra disponible en Memoria Chilena, el perfil de Maier vuelve a situar su trayectoria y su creación en un lugar más visible y reconocible del campo literario chileno.
La vida de Quevedo no fue especialmente llamativa. Hija de una aristocracia en vías de desaparición, una parte importante de ella estuvo dedicada a las devociones —era una ferviente católica de misa diaria y de una fe insobornable— y a los viajes con su hermana Clara. Nunca tuvo un trabajo remunerado, y hasta la muerte de su madre (su padre se suicidó cuando ella, la menor de cinco hermanos, era joven) vivió allegada en casas de familiares. Fue una figura incómoda para quienes la rodeaban, dueña de un carácter impredecible y particular. Como dice el autor de este perfil, era patuda, hipocondríaca, avara, bolsera, insistente, extravagante. Las anécdotas que recoge ¡Milagro! transitan entre lo tragicómico y lo pintoresco: después de que murió su madre, deambuló durante 20 años de pensión en pensión (y en muchas ocasiones no la quisieron recibir por su carácter difícil); llegaba a almorzar a las casas de parientes y amigos con una bolsa en la que se llevaba el pan; sus anfitriones se levantaban de la mesa apenas terminaban de comer para no tener que conversar con esta mujer excéntrica; se iba al salón del Hotel Carrera a escribir, pues allí disponía gratuitamente —tal como en la oficina de Anguita— de lápiz y papel, y así.
Nacida en 1879 (aunque las solapas de sus libros y otros sitios digan que nació en 1882, Maier contrasta la información disponible con datos fidedignos), Quevedo fue una autora tardía, que publicó su primer libro en 1935, a los 56 años. Durante las dos décadas siguientes, justamente al morir su madre y desaparecer las pocas seguridades económicas con las cuales contaba, aparecerá una decena de textos suyos, todos breves y la mayoría autogestionados. El conjunto de títulos la vuelve dueña de una obra particularísima, que la crítica ha acogido con entusiasmo, aunque siempre acompañada de adjetivos que no logran dar cuenta cabal de la originalidad del personaje. En ese sentido, el volumen de Maier —cuya obra, que también cultiva la brevedad, tiene más de una sintonía con la de Quevedo— intenta ponderar con mayor justicia la producción de esta mujer. Si la crítica ha recurrido a un manido elenco de adjetivos para describir su escritura (ingenua, instintiva, espontánea), el autor intenta situar esta estética en un contexto más complejo. No le hace el quite a esos epítetos, pero sí busca dotarlos de una conceptualización más precisa que permita comprender el lugar y las filiaciones de esta creación donde también caben el humor, la excentricidad y la picardía.
Uno de los elementos más interesantes de este perfil es el modo en que Maier logra dar cuenta del cambio radical que acaece durante la vida de Salas. Su biografía no solo transita desde una cuna aristocrática a una vejez en pensiones de mala muerte, sino también en un Chile cuya fisonomía cambió por completo: “Ella nace en el país de Domingo Santa María, en plena Guerra del Pacífico, y muere en el de Frei Montalva, camino a la reforma agraria. (...) Visto de otro modo, la literatura de Violeta Quevedo puede ser entendida como el tránsito de un país que se lanza a una guerra larga en el desierto, a una lucha por las minas y el poder industrial, y muere en una Alameda con semáforos, aires de revolución latinoamericana y bocinazos”. Como dice Maier con lucidez, quizás son esos cambios radicales los que explican el desajuste entre su obra y su contexto.
Uno de los momentos consagratorios de la obra de Quevedo —si es que podemos hablar en esos términos acerca de ella— fue cuando en 1951 el historiador Leopoldo Castedo, el poeta Eduardo Anguita y el diseñador Mauricio Amster participaron, de distintas formas, en la publicación de Las antenas del destino, que reunió toda la obra hasta entonces publicada de la autora. Es interesante revisitar la portada de aquel volumen, en la que el diseño de Amster sitúa la imagen de la escritora en un lugar central, con Rita Salas mirándonos, con un gesto medio serio, medio burlón, a nosotros, los lectores. En ¡Milagro!, Gonzalo Maier le hace justicia a esta obra única, con dosis de picaresca y mística en partes iguales, y nos invita a encontrarnos con su radical originalidad.