La revolución contra el “procesismo”
La de Trump es la traducción política de una cultura empresarial que ha producido innovación, crecimiento y resultados tangibles, y que hoy se ofrece como alternativa a un orden progresista percibido como lento, autocontemplativo y estéril
Lo que Trump hizo en Venezuela —como antes con las tarifas, la inmigración o la transformación del Estado— suele leerse como improvisación, arbitrariedad o simple brutalidad. Es una lectura tranquilizadora, pero insuficiente. Estamos ante una forma de ejercer el poder distinta de la que ha predominado en las últimas décadas. No parte de un diseño acabado de lo que se quiere construir, sino de una convicción más elemental: cuando lo que existe no sirve, hay que desmantelarlo; solo después —en el caos, en el ensayo y error— podrá emerger algo distinto.
Esta lógica choca frontalmente con el progresismo reformista contemporáneo. Quizás marcado por el trauma de sus propias experiencias revolucionarias, ha desarrollado un temor casi visceral a la disrupción y ha terminado por idolatrar los procesos y los planes que prometen orden, pero producen parálisis. Privilegia la retórica sobre la acción, la poesía sobre la ingeniería; posterga la decisión prolongando indefinidamente la evaluación y la deliberación, y termina así por neutralizar cualquier forma de liderazgo audaz.
La lógica del desmantelamiento no es nueva. Es familiar en el mundo del emprendimiento y de la innovación tecnológica. Primero se rompe, luego se prueba, se corrige, se vuelve a intentar. El fracaso no es un pecado moral: es parte del proceso. “Fail fast”. Tampoco es nuevo obedecer a la inspiración. Steve Jobs lo decía sin rodeos: es muy difícil diseñar productos a partir de estudios de opinión; muchas veces la gente no sabe lo que quiere hasta que se lo muestran.
Trump gobierna hoy con esa misma gramática, no con la del Gosplan ni con la de McKinsey, ni con la que prescriben los manuales del derecho internacional o la diplomacia clásica. Gobierna como un ingeniero de demolición: entra a una organización que juzga fallida, despide, clausura áreas completas, suspende programas y observa qué sobrevive. Primero derriba; después, si hace falta, decide qué vale la pena reconstruir. Y si debe retroceder, lo hace sin complejos ni explicaciones, porque en esta lógica errar no es fracasar, sino parte del método y de un espectáculo que no puede detenerse.
Una escena lo ilustra mejor que cualquier tratado. Apenas reinstalado en la Casa Blanca, Trump ordenó demoler parte del ala este, aun sin tener cerrado el diseño del gran salón de baile —su anhelado ballroom— que imagina para reemplazarla. Primero la retroexcavadora, después el plano. La destrucción precede al proyecto. El acto funda la posibilidad.
Venezuela fue tratada así: no como un país que exige una transición cuidadosamente diseñada, sino como un sistema que debía ser desactivado, aun sin un plan claro de reemplazo.
La afinidad con Elon Musk no es anecdótica: es ontológica. Musk ha dicho explícitamente que no cree en los procesos. Prefiere intervenir primero y corregir después. Así actuó en Tesla, en SpaceX y en Twitter/X. Así operó en su corto período en la Casa Blanca junto a Trump, a cargo del temido DOGE, que lo llevó —por ejemplo— a desmantelar USAID sin mediación legislativa ni arquitectura alternativa. No fue una reforma ni una modernización: fue una clausura. La expresión más pura de una lógica donde la continuidad institucional no tiene valor en sí misma y donde la legitimidad emana del acto mismo, no del procedimiento.
Con Trump esta gramática del poder ha saltado del mundo de las empresas de tecnología al manejo del Estado y al plano internacional. Otros liderazgos contemporáneos han aplicado la misma fórmula basada en la acción ofensiva y el ensayo y error. Esto ha puesto en jaque al campo democrático liberal o progresista. Reacciona con indignación, pero siempre a hechos que son ya irreversibles.
Como ha advertido Fareed Zakaria, el progresismo liberal se ha convertido en un régimen saturado de reglas, procedimientos y vetos cruzados, donde todo parece razonable, pero nada ocurre. Frente un mundo percibido como amenazante, la promesa de las fuerzas democráticas tradicionales —más comisiones, más expertos, más deliberación— carece de magnetismo. No es raro entonces que las instituciones, los procesos y los acuerdos que tanto idolatrara, sean mirados por la ciudadanía como sinónimos de inmovilidad.
Frente a ese paisaje, la acción —aunque sea abrupta, riesgosa o imperfecta— aparece para muchos como una forma de emancipación. Trump encarna esa rebelión, y por eso y por eso su rostro aparece hoy en las calles de Caracas y Teherán, y no sería extraño verla también en La Habana. No promete trayectorias ordenadas ni reformas graduales, sino quiebres. Actos. Decisiones inmediatas. Como Musk y Jobs —y hay que decirlo: como Marx—, actúa bajo la premisa de que la realidad se entiende mejor interviniéndola que describiéndola.
Más vale tomar en serio esta ontología del poder. No es un exabrupto autoritario ni una anomalía personal. Es la traducción política de una cultura empresarial que ha producido innovación, crecimiento y resultados tangibles, y que hoy se ofrece como alternativa a un orden progresista percibido como lento, autocontemplativo y estéril.
Alguien dirá que, trasladada sin mediaciones al poder político, esta lógica tiene antecedentes inquietantes. En varios otros momentos de la historia se celebró la acción por sobre la deliberación, la decisión por sobre el proceso, el líder por sobre la institución. A veces el experimento funcionó, y otras veces el precio fue devastador.
Entender esta lógica no implica adherir a ella. Pero negarla, caricaturizarla o refugiarse en la superioridad moral del procedimiento es, para el progresismo, la mejor manera de seguir perdiendo.