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Cuando la política dejó de ser lo que era

Las relaciones de poder están profundamente afectadas, debiéndose dibujar no solo por parte de la academia, sino de la sociedad en general, una nueva bitácora

Una persona en un disfraz de Donald Trump durante una protesta en Nueva York, el pasado 16 de febrero.Eduardo Munoz (REUTERS)

No se trata de que el Congreso de Perú destituyera a José Jerí tras apenas cuatro meses de ejercer como presidente interino, por no revelar sus reuniones con un empresario chino, ni de que el país haya tenido ocho presidentes en diez años. No. A fin de cuentas, es un caso anómalo en una ...

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No se trata de que el Congreso de Perú destituyera a José Jerí tras apenas cuatro meses de ejercer como presidente interino, por no revelar sus reuniones con un empresario chino, ni de que el país haya tenido ocho presidentes en diez años. No. A fin de cuentas, es un caso anómalo en una región donde, en el mismo lapso, la gran mayoría de países han tenido tres o cuatro presidentes agotando sus mandatos constitucionales. Tampoco que la sádica agonía cubana esté llegando a un límite tantas veces anunciado.

La política ha dejado de ser lo que era por otras razones cuyo origen se generaliza al mundo. Cierto es que la contingencia y la incertidumbre han estado siempre presentes, pero el segundo cuarto del presente siglo consolida un escenario de profundo extrañamiento. La velocidad, intensidad y extensión generadas por la revolución digital trastoca tanto el terreno de juego donde se da la liza política como las reglas que la formulan, sean de acuerdo con su componente formal o con su carácter informal. Los jugadores quedan al pairo, siendo presas de la pericia de otros que se adaptan mejor y más rápidamente al nuevo teatro.

En apenas un par de décadas se ha ido consolidando una situación que da cabida a un panorama definido por al menos cinco elementos que subvierten un orden relativamente estable de comprensión de lo político. Las relaciones de poder quedan así profundamente afectadas, debiéndose dibujar no solo por parte de la academia, sino de la sociedad en general, una nueva bitácora para superar la atmósfera de perplejidad en la que nos encontramos, que hace feliz aquella expresión de Ortega y Gasset de “no sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa”.

En primer lugar, conviene señalar el profundo cambio registrado en el nivel individual en lo concerniente a tres aspectos íntimamente relacionados: la forma en que las personas se relacionan unas con otras; el modo como se informan del acontecer en el ámbito cotidiano y de proximidad, pero también en lugares remotos de los que nunca ni supieron nada ni tuvieron interés alguno; y la manera de pasar cada vez más tiempo aisladas, aunque simultáneamente conectadas.

Ello conlleva una profunda transformación de las formas de acción colectiva clásicas que, en el orden político, se vinculan con la militancia y la movilización. Emergen nuevas expresiones de activismos efímeros en burbujas múltiples en las que las ideas de compromiso y de lealtad se trastocan constantemente.

En segundo término, la economía, que no se aleja de los parámetros esgrimidos por el capitalismo, ha visto la aparición de nuevos actores vinculados con el universo tecnológico que acumulan un poder desconocido hasta la fecha. Si Nvidia y Microsoft fueran países, tendrían el cuarto y quinto PIB más grande del mundo, respectivamente. Junto con Apple, Amazon y Alphabet lideran el listado de las cinco compañías de mayor capitalización en el índice 500 de S&P. Lo novedoso es su profunda vinculación con la política desde el 20 de enero de 2025.

Es conocido el activismo de algunos de sus dirigentes contra la vieja política que pretende regular parte de sus actividades en lo atinente a su contenido, pero también a la satisfacción de la alta demanda de energía, agua y minerales raros. La concentración de la riqueza y la hiperespecialización tecnológica suponen un marco de poder insólito que es difícilmente controlable.

En tercer lugar, la vieja política sigue actuando bajo parámetros institucionales diseñados hace más de medio siglo, enmarcados en la naciente sociedad de consumo. Un momento, entonces, de reciente secularización, urbanización y crecimiento de las clases medias.

La ritualización periódica de los procesos electorales con sus tiempos determinados para la presentación de candidaturas y la realización de campañas, así como con el establecimiento de criterios rígidos para la articulación de la representación, choca con una realidad más fluida y dinámica. Los partidos se desvanecen y las candidaturas independientes pugnan por ganar espacio.

En otro ámbito, el equilibrio de poderes se desnaturaliza, como se señaló más arriba para el caso peruano, o, simplemente, es una burla como sucede en El Salvador, o una parodia, en México. La democracia entra en un estadio de fatiga dominado por el descrédito y la insatisfacción de la ciudadanía.

En cuarto lugar, la dinámica establecida por el Gobierno de Estados Unidos a lo largo del último año ha trastornado el horizonte. El hecho de ser uno de los actores más influyentes en el acontecer político mundial y de que, además, durante décadas liderase una supuesta cruzada modernizante y democratizadora, añade gravedad al asunto.

Sobre todo, se han dado tres movimientos cuyas repercusiones son dramáticas para el entorno. El primero es la reinversión, que no solo eliminación, de todo atisbo de la práctica DEI (diversidad, equidad e inclusión) que socavaba al pluralismo como uno de los ejes vertebradores de la democracia al uso; el segundo supone su retirada en gran medida del tablero internacional existente con la consiguiente gestación de caos y arbitrariedad y su sustitución por un selecto club de países y grandes empresas amigas; el tercero, en relación con América Latina, ha supuesto la activación de la doctrina Monroe, al reconfigurar a la región como el patio trasero de la nueva veleidad imperial.

Por último, la política como ámbito donde se cultivan las emociones ha sido testigo a nivel planetario de comportamientos atrabiliarios edulcorados bajo el crisol benevolente de las omnipresentes redes sociales. Desde el caso Epstein hasta la oprobiosa propuesta de Gaza como resorte turístico. Desde su uso como confrontación relegando la deliberación. Desde el ensalzamiento de comportamientos deshonestos hasta la parodia de liderazgos vacíos protagonizados por individuos cuya única preocupación es el ensalzamiento del relato del acontecer en primera persona del singular. Desde el desprecio a la gestación de la confianza, a su sustitución por la lógica del vasallaje. Desde el imperio de la publicidad hasta la enajenación de la verdad, que deja de ser un valor. Desde la reivindicación de un pasado idealizado de supuesta grandeza hasta la eclosión de la depredación neocolonial. Desde la eliminación de la solidaridad a su reemplazo por el éxito de la singularidad.

Sí, la política ya dejó de ser lo que era.

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