Cuba es el secuestrador de los cubanos
El bloqueo petrolero que Estados Unidos ha impuesto al régimen de La Habana deja a los dirigentes del país en un estado de indefensión extrema, empujados hacia una presumible negociación diplomática con Washington
De una manera u otra, los cubanos creen que la forma en la que hasta ahora han conocido la vida está a punto de concluir, sea porque va a llegar una vida nueva desde afuera, o porque ya agotaron los modos de seguir viviendo en un lugar que ha padecido durante meses una crisis sanitaria aguda y una triple epidemia viral; donde los vecinos queman cables...
De una manera u otra, los cubanos creen que la forma en la que hasta ahora han conocido la vida está a punto de concluir, sea porque va a llegar una vida nueva desde afuera, o porque ya agotaron los modos de seguir viviendo en un lugar que ha padecido durante meses una crisis sanitaria aguda y una triple epidemia viral; donde los vecinos queman cables, plásticos, pedazos de tela y cualquier cosa que encuentren para prender el carbón de la cocina; con apagones de varios días seguidos, barrios sin agua durante semanas, cursos escolares reducidos, cientos de presos políticos, y miles de trabajadores que van a sus puestos laborales a ganar un sueldo simbólico y a que el tedio y la mentira los consuma.
Hace poco hablaba con un viejo comunista, para quien la revolución ha sido más determinante que para cualquiera de sus defensores en la distancia, y me decía que ya le daba igual de dónde viniera el cambio que mejorara mínimamente las condiciones materiales de la gente, incluso si la persona que lo posibilitaba fuese Marco Rubio. Tratándose de quien se trataba, no era algo que yo esperaba escuchar.
El mundo de la Guerra Fría murió, y el mundo que vino después de la Guerra Fría acaba de morir, y a esta época que va emergiendo como la pesadilla de esas dos muertes conjuntas, Cuba ha llegado sin un as bajo la manga o alianza estratégica firme que la salve de entrar a la jungla del siglo XXI por la puerta de despojo del siglo XIX. El bloqueo petrolero que Estados Unidos ha impuesto al régimen de La Habana deja a los dirigentes del país en un estado de indefensión extrema, empujados hacia una presumible negociación diplomática con Washington, en la que la desproporción de fuerzas pesaría más que nunca, ahora que Donald Trump se ha encargado de echar abajo las hipocresías y afeites imperiales y de actuar al desnudo en la arena internacional.
Las cosas empiezan a encajar de un modo que muchos, a lo largo de décadas, quisieron evitar a toda costa. La defensa de la soberanía nacional como una mera formalidad, y la vigilancia política y el empobrecimiento crónico de los ciudadanos bajo el paraguas de una emancipación cada vez más excluyente y de una idea abstracta de la independencia, se encargaron de colocar al país en una situación premoderna; borrando, hasta prácticamente desaparecerlas, las preguntas por la construcción de la república, y dejando la nación a merced de escenarios como el que acaba de irrumpir, sin respaldos populares ni solidaridad internacional capaz de frenar el avance de una injerencia extranjera, sea del grado y el orden que sea.
El modelo cubano —la escasa o nula autonomía de sus fuerzas de trabajo, subordinadas todavía al mando burocrático del partido comunista— ha encontrado en el embargo económico estadounidense el chivo expiatorio de su propia improductividad, e incluso los aliados principales del castrismo, Rusia, China y, hasta cierto punto, la zona pragmática del progresismo latinoamericano, parecen haberse cansado del sedentarismo ideológico de La Habana. Más allá de cualquier diplomacia, nadie ignora que en un mundo globalizado había muchas formas de mitigar el impacto del embargo, pero hacía falta una vitalidad y una audacia que el castrismo demostró tener solo para la represión interna de sus ciudadanos.
En un contexto de pérdida de hegemonía occidental y de emergencia de un orden con dos o tres áreas de influencia administradas por sus respectivas potencias globales, Estados Unidos ha vuelto a mirar a América Latina con los lentes de James Monroe, y cabe preguntarse en qué condiciones arribó Cuba a este momento. Sin la subvención de la Unión Soviética y la ayuda providencial de Venezuela, ahora el Gobierno de la isla tendría que medirse al mundo de igual a igual y desplegar aquellos recursos vitales que verdaderamente significan soberanía, pero resulta, para sorpresa de nadie, que esos recursos eran cero.
El impacto directo que podría tener en la vida de los cubanos el bloqueo de combustible al país supone la extensión por otros medios de la asfixia que su propio Gobierno ha practicado con ellos. Esa asfixia ha alcanzado un grado tal, que un castigo tan deshumanizado como la búsqueda deliberada del colapso social por parte de Estados Unidos, no implicaría una caída demasiado brusca en las condiciones de subsistencia de la gente. Más allá del miedo político, que es absoluto, las personas sobreviven hoy en unos fondos de miseria, en un estrangulamiento del presente, al que la historia y la geopolítica difícilmente pueden acceder, y aunque podría decirse que la historia y la geopolítica no suelen descender hasta la conciencia cotidiana, no sucede así en un país educado en los lenguajes y los sacrificios de la revolución.
Los cubanos son los rehenes de la idea de Cuba, su carne de cañón. Quienes vivimos en el exilio, no podemos dejar de pensar que nuestras familias han sido secuestradas y que con cada remesa mensual pagamos el rescate de un cuerpo sin fecha de devolución. El asco que provoca ese chantaje ha sido capitalizado muy eficazmente por los congresistas cubanoamericanos del sur de la Florida, para quienes Cuba, un lugar que no conocen de nada, apenas ha sido la llave de sus carreras políticas en Washington. Los cubanos que viven en Miami y que ICE secuestra, como no abren ninguna puerta en ningún lado, no solo no importan, sino que merecen que los encierren por haberse liberado antes de tiempo y no haber esperado a que Mario Díaz-Balart, Carlos Giménez y María Elvira Salazar desembarcaran con los marines por el Mariel y lo hicieran por ellos.
A pesar del ruido de quienes promueven un bombardeo, una invasión militar a su país, o incluso el delirio de la anexión, la mayor parte de la diáspora cubana no parece arrastrada por esa estridencia. Hay expectación, miedo y también, en muchos, esperanza, y nadie tiene ya ánimos para pensar en cómo la historia leerá esos sentimientos. En cualquier caso, la derecha está jugando sus cartas en un escenario que se les ha dado de cara y que parece expresamente preparado para ellos. ¡Cuán laboriosamente ha trabajado el castrismo para colocarse al borde de un protectorado! ¡Y cuán felizmente lo ha acompañado la izquierda en esa ruta!
En los últimos días, hemos visto artículos y declaraciones de políticos, activistas e intelectuales occidentales alarmados por la situación humanitaria que se avecina para Cuba. Honestamente, esa preocupación tardía es algo que los cubanos en la isla no pueden tomarse en serio. Jason Hickel, un antropólogo suazi al que sigo en redes por su lúcida denuncia del genocidio en Palestina, tuiteaba recientemente que el bloqueo petrolero de Estados Unidos haría que los hospitales en el país cerraran, que la producción de alimentos colapsara y que la gente padeciera hambre. Hickel tendría razón si todo eso no estuviera sucediendo ya, y no hay modo de no impugnar las palabras de alguien que, en nombre de aliviar el hambre por venir, pasa por alto la que hay ahora.
Rechazo los excepcionalismos y fantasías conservadoras que hablan de Cuba como un territorio que viene del futuro, o que hacen que tantos cubanos y venezolanos exiliados, guiados por la impertinencia, se conviertan rápidamente en agoreros del comunismo allí adonde llegan, con la banalización de la experiencia autoritaria que una posición así implica. Nada de eso, sin embargo, exime a los progresistas occidentales de no haber comprendido que, más allá del papel que ciertos regímenes jueguen dentro del capitalismo, las crisis políticas y económicas de sociedades como la cubana, la venezolana o la iraní tienen su propio metabolismo, su violencia de estado, sus ciclos internos de insatisfacción, y que haber menospreciado la verdad de los pueblos cuya desgracia no puede utilizarse para combatir el capital, trajo en el siglo pasado el estrepitoso fracaso de las izquierdas. Pero, por encima de todo, a nadie le está permitido relativizar una injusticia ajena en beneficio de su propia lucha (algo que, por otra parte, es también moneda corriente entre los cubanos trumpistas), pues no hay justicia que pueda establecerse sin una moral universal.
En momentos como el que Cuba atraviesa ahora, la indignación exaltada de muchas figuras anticapitalistas intenta, de modo inconsciente, disimular algo para la historia: su responsabilidad previa, su complicidad pasiva, la manera en que desoyeron el reclamo de voces que, por definición, tenían que atender: el pueblo pobre, el individuo desclasado, el preso político sin amparo, o el racismo y la vida de humillación de un país vendido a los militares, a una familia parásita y al empresario extranjero. Las cosas que los cubanos pidieron a su gobierno en las protestas populares de julio de 2021 —comida, electricidad, libertad— no son nada en comparación con lo que Marco Rubio, Trump y el expansionismo imperial podrían exigirle ahora. Sin embargo, el régimen está dispuesto a dialogar con ellos, mientras que a sus ciudadanos, por mucho menos que un bloqueo petrolero, los encarceló.
Ya la extorsión de Washington es un hecho y los cubanos no cuentan siquiera con un símbolo en el que refugiarse, pues el nombre del país designa al régimen. Todo el que habla de “Cuba” termina refiriéndose a una institución muerta. Lo que se supone que había adentro de esa palabra, no está ahí, y la desnudez ha hecho que seamos el estorbo en el camino de nuestro propio bienestar. Para llegar al socialismo, había que morirse de hambre. Para alcanzar la libertad, solo hay que morirse de hambre un poco más. Todos los futuros pasan por nuestro exterminio. Cualquier promesa que llegue primero, quizá ya no encuentre a nadie para quien cumplirse, y esa paradoja claustrofóbica es la metáfora de nuestro encierro, la mayor prisión de todas.
Independientemente del papel que en lo adelante vaya a jugar la administración Trump en nuestro país, y de dónde nos ubique nuestra angustia en todo esto, los cubanos tenemos que saber que fue el castrismo el que nos trajo hasta aquí.