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Pescar y olvidar

El centro del país político no se ha asomado a las regiones ni siquiera para pescar y entender la celebración de la abundancia en medio del hambre

Soy hija de pescador. De un hombre que era, también, una especie de anfibio imposible del río Magdalena. Un tipo grandote, tolimense, aventurero, cultísimo y buen contador de historias. En sus cuentos conocí la historia de su abuelo, un pirata que hace apenas un siglo entró por el río grande, sembró familia y siguió su camino. Conocí sus versiones ficcionadas de los bandoleros del Tolima. La banda La Serpiente de Ambalema, ese temible Robin Hood pijao conocido como el Palomo Aguirre o los feroces Desquite y Sangre Negra. También me contó sobre las máquinas increíbles, trastos elegantísi...

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Soy hija de pescador. De un hombre que era, también, una especie de anfibio imposible del río Magdalena. Un tipo grandote, tolimense, aventurero, cultísimo y buen contador de historias. En sus cuentos conocí la historia de su abuelo, un pirata que hace apenas un siglo entró por el río grande, sembró familia y siguió su camino. Conocí sus versiones ficcionadas de los bandoleros del Tolima. La banda La Serpiente de Ambalema, ese temible Robin Hood pijao conocido como el Palomo Aguirre o los feroces Desquite y Sangre Negra. También me contó sobre las máquinas increíbles, trastos elegantísimos y animales que llegaban por el río para consolidar la majestad portuaria y comercial de Honda. Fuimos juntos a la subienda del Salto de Honda y me hizo creer que era un antídoto a perpetuidad contra el hambre. No sé si lo que recuerdo es lo que vi o lo que le oí contar. Que las familias de la región llegaban en hordas a esa fiesta de la abundancia, en un pico permanente de euforia, porque de noche el río escupía peces que brillaban como la plata, bagres gigantes con piel de tigre y nicuros con larguísimos bigotes que resplandecían en el agua antes de salir, como si fueran astillas de la luna.

En su libro Rumores del Magdalena, Jordan Salama cuenta que la primera vez que vino a Colombia, se hizo amigo de Vismar y Colo en Ladrilleros, un pueblo a la orilla del Pacífico. Una noche de paseo por la playa les preguntó qué eran esas embarcaciones que apenas asomaban unas puntas negras sobre la superficie del mar y pasaban en fila todas las tardes antes de caer el sol. Le dijeron que se llamaban “barcos de pesca” y se rieron de su propia ocurrencia. Sólo pescan de día, le aclararon… de noche llevan coca hacia Centroamérica. Al rato le contaron que en el pueblo había un ladrón, que todos eran pobres y él era el único que robaba y armaba lío siempre. Esa noche, alguien lo iba a llevar mar adentro y le daría un tiro para terminar con el problema.

A Ladrilleros hay que llegar en lancha desde Buenaventura porque no hay carreteras. El Estado es fantasmal. Los manglares forman inexpugnables laberintos de los que no hay mapas oficiales, pero son recorridos poos lugareños con los ojos cerrados, para pasear o para cruzar hacia lo prohibido. Allí, como en cualquier pueblo anfibio de Colombia, una conversación similar a la de Salama y sus amigos explica en detalle el régimen de la violencia. La de las pequeñas causas, que con pasmosa naturalidad resuelve los conflictos de los andenes, los bares o las cocinas familiares. Y la que empieza en los manglares y se sumerge bajo el agua rumbo a la gran escala del crimen transfronterizo.

De los casi 1.200.000 kilómetros cuadrados que mide Colombia, aproximadamente 800.000 corresponden a las cuencas de los grandes ríos en las vertientes de nuestros mares. O sea que en más de la mitad del país hay gente como mi papá, o como Vismar y Colo. Que ha visto correr la historia del país a pequeña escala, que conoce sus piezas secretas y las conserva a golpe de oralidad. Interlocutores necesarios para reformular la relación centro-periferia porque conocen la realidad y saben de dónde viene.

El mes pasado en Honda, la fundación Acordemos montó un laboratorio para ensayar esa interlocución. La coincidencia del evento con la subienda me pareció reveladora. En ese diálogo, el centro aprendió de la periferia, la grandilocuencia se rindió ante el detalle real y la comodidad terminó acorralada por la fatiga de la vida. Fue un intento de peinar la historia a contrapelo, una emulación perfecta de lo que hacían mientras tanto los peces del Magdalena, que remontaban el agua del río en contra de la corriente para desovar.

Entre todos, dibujaron el mapa del país a distintas escalas. Parecieron acordar que Colombia debe pilotarse con una bitácora a dos capas. Una a gran escala —necesaria para la producción del derecho— que se ensamble sobre la capa de abajo que es a menor escala y permite ver los detalles dinámicos de la realidad.

Aunque —como dice Padura— estemos ya todos enfermos de cansancio histórico y la gente necesite desesperadamente mudarse a la normalidad, lo cierto es que aquí vivimos una cotidianidad exasperantemente histórica. Todo lo que ocurre nos modifica permanentemente. Nada es solamente anecdótico y debe atenderse sabiendo que nuestro diablo está en el detalle. Y que el detalle se reproduce en las veredas de las cuencas de los ríos, valles, montañas y costas. No en la Bogotá hermética que representa el centro de producción de la verdad.

“Pescar y olvidar. Dos verbos cuya acción nunca ocurre”. Ese divertido aforismo —que tomé de un amigo arquitecto— retrata la terca torpeza en la construcción de nuestro Estado-nación. Es la foto de la soberbia, siempre ingenua, de nuestros gobernantes: el centro del país político no se ha asomado a las regiones ni siquiera para pescar y entender la celebración de la abundancia en medio del hambre. Ni ha oído los cuentos de los viejos que guardan la tradición oral y son nuestros mejores historiadores. La Bogotá que escribe los destinos del país no conoce su historia y por eso no la puede cambiar. Ni siquiera la puede olvidar.

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