Los CAI de la Policía son fuentes de inseguridad
Eliminar los CAI no significa acabar con la seguridad en los barrios. Significa replantear la política contra el crimen. Insistir en un modelo fallido por inercia burocrática es irresponsable cuando la vida y el patrimonio de las personas está en juego
El comando de atención inmediata (CAI) de la Policía Nacional se presume que está diseñado para brindar un servicio de policía integral, con miras al respeto a la comunidad y su compromiso es atender los requerimientos de mane...
El comando de atención inmediata (CAI) de la Policía Nacional se presume que está diseñado para brindar un servicio de policía integral, con miras al respeto a la comunidad y su compromiso es atender los requerimientos de manera oportuna a través de la proyección y ejecución de planes y la atención de motivos de policía que sucedan. Pues bien: nada de esos propósitos tan laudables es cierto. Los agentes que manejan los CAI permanecen en sus puestos con una iluminación completa para que los delincuentes puedan visualizarlos y cometer sus fechorías con toda facilidad. Y, lo que es peor, si uno solicita una ayuda, ellos le manifiestan a uno que ellos, los policías, no pueden abandonar el lugar, que van a solicitar apoyo. Son infraestructuras costosas e ineficientes y paradójicamente funcionales para la delincuencia. La arquitectura de los CAI no favorece a la autoridad ni disuade al delincuente: le brinda información.
En seguridad, la información es poder, afirma la inteligencia artificial, y eso es evidente. En Bogotá existen 153 CAI desde donde se coordinan 599 cuadrantes de policía para que los ciudadanos puedan reportar delitos como hurto, riñas, comportamientos contrarios a la convivencia. Es decir, después de que uno haya sufrido cualquiera de los delitos que hayan ejecutado los delincuentes, que, por supuesto, ya han abandonado el lugar de los hechos. En Colombia debe haber otros cuantos. Mientras tanto, aumentan los paseos millonarios, en los que salvarse de morir es un milagro, y en tal caso las heridas con arma blanca y las intoxicaciones son graves.
Eliminar los CAI no significa acabar con la seguridad en los barrios. Significa replantear la política contra el crimen. Insistir en un modelo fallido por inercia burocrática es irresponsable cuando la vida y el patrimonio de las personas está en juego. Los CAI, como existen hoy, no son comandos de atención inmediata; son monumentos a una política mal diseñada. Si de verdad queremos ciudades más seguras, hay que tener el valor de desmontar lo que no funciona y reemplazarlo por estrategias inteligentes, menos visibles para el criminal y mucho más efectivas para el ciudadano. Otro efecto perturbador es el de la seguridad que transmite su existencia y que produce una falsa sensación, hasta que sufran un susto con delito incluido.
Mi preocupación por este tema viene desde su creación. Cuando empezaron a construir los primeros, me permití llamar al director de la Policía del momento, el general Delgado Mallarino, para expresarle mis inquietudes del riesgo que significaba para la seguridad de mi barrio la instalación del comando. Me contestó muy amablemente que no me inquietara con ese proyecto y que iba con todo gusto a agilizar su terminación. “No, no, mi general —le dije—. Yo lo llamo para que por favor no nos pongan el comando". El general se rio, y ahí está el CAI con todos sus horrores. Ojalá mi solicitud de despertar a la gente para coadyuvar mi pretensión de acabar con ese esperpento funcione, ahora que estamos a punto de elegir Congreso y presidente.