¿Se quiere quedar Petro?
El presidente de Colombia se dejó llevar por la emoción tras los resultados de una encuesta y se asomó uno de sus anhelos: el deseo de perpetuarse en el poder
Esta semana que pasó el presidente Gustavo Petro se entusiasmó con un resultado particular de la encuesta del Centro Nacional de Consultoría que señala que el 48.8% de los encuestados tiene una imagen positiva de él. Ciertamente se trata del resultado más alto que ha tenido la evaluación de la imagen el presidente en un buen rato. Pero como es frecuente, ...
Esta semana que pasó el presidente Gustavo Petro se entusiasmó con un resultado particular de la encuesta del Centro Nacional de Consultoría que señala que el 48.8% de los encuestados tiene una imagen positiva de él. Ciertamente se trata del resultado más alto que ha tenido la evaluación de la imagen el presidente en un buen rato. Pero como es frecuente, Petro se dejó llevar por la emoción y tanta felicidad terminó traicionándolo y revelando un anhelo suyo que asoma de vez en cuando y que, dependiendo de la coyuntura, le cuesta más o menos trabajo ocular: se trata de su deseo de perpetuarse en el poder.
El argumento no es tan innovador y en Colombia lo conocemos bien: la mayoría ha hablado y su deseo es que continúe en el poder. Se trata del mismo “estado de opinión” que hizo célebre Uribe. Dice Petro que, si las instituciones y las normas se oponen a su permanencia en el poder, eso “no es democracia, ni contrapesos democráticos, es simple obstrucción irracional y antidemocrática a los deseos de justicia y progreso de una nación”. Decía Uribe que el “estado de opinión” es la fase superior del Estado de derecho. Increíblemente, el discurso no podría ser más parecido y apunta en una misma dirección: la de desechar las normas y las restricciones institucionales en favor de hacerle caso a las mayorías que desean fervientemente que ellos se perpetúen en el poder.
Si bien, y así lo sugerían los teóricos contractualistas, hemos tomado la decisión como sociedad de cederle el poder al Estado para que nos organice, proteja y administre, al final somos humanos y sabemos perfectamente las grandes tentaciones y los devaneos terribles de los que son objeto quienes llegan al poder del Estado. Casi nadie se salva de eso. Ya lo decía Madison en el Federalista 51: “Si los ángeles gobernaran a los hombres, ni los controles externos sobre el gobierno ni los internos serían necesarios”. Por eso, aquí y prácticamente en todo el mundo, el diseño de las instituciones democráticas está pensado para contrarrestar esos impulsos: la necesidad de contrapesos, de alternancia y en general, el Estado de derecho existen con el objeto de cerrarle el camino a ese perverso instinto humano.
De tal forma, que si al mandatario de turno le parece que el Estado de derecho es irracional o es desechable y puede ser superado por la aplastante opinión de las mayorías (reales o imaginadas—48.8% no es una mayoría en matemática simple), es en ese momento en donde más se hace necesario subrayar su relevancia. Un poder que no es vigilado, restringido, limitado, es un poder que empieza a encontrar rápidamente su camino hacia el abuso y la tiranía.
No importa cuántas veces nos repitan que ese impulso por quebrantar las normas obedece al hecho de que ellos mismos personifican el deseo del pueblo en su más pura versión. Al final, el objetivo es irse desprendiendo poco a poco de los límites y presentarnos esas restricciones no como una herramienta que nos protege de los abusos del poder que ellos ostentan, sino como un obstáculo para avanzar la voluntad de “el pueblo” que en esa versión, tiene menos cara de electorado y más cara de dios omnipotente.
Ese instinto que no abandona esa forma de populismo es un riesgo muy delicado para las democracias. En la versión de Petro, las instituciones y las reglas son permanentemente definidas como herramientas de las oligarquías y de la clase política tradicional para obstaculizar el verdadero cambio. Ese discurso cumple una doble función: justifica la inoperancia del gobierno y su falta de resultados, y simultáneamente es el argumento perfecto para deshacerse de ambos, normas e instituciones, si lo que se busca es una verdadera y profunda transformación.
Esos cantos de sirena entrañan un peligro enorme: para que el sueño del cambio y los deseos de una supuesta mayoría se hagan realidad, nos están pidiendo una fe ciega y sin garantías en un líder supremo. Lo que finalmente nos está diciendo Petro es que con que confiemos en él, es suficiente. Que todo el aparato normativo e institucional que existe con el único objetivo de frenar la perpetuación y acumulación ilimitada de poder, no es necesario con él. Nos está pidiendo que le firmemos un cheque en blanco y que rompamos el contrato que existe entre él como presidente y nosotros como sociedad. Nunca un contrato, firmado, notariado, registrado y certificado es más urgente y necesario que cuando a uno la contraparte le dice: “tanto papeleo ¿para qué?, ¿para qué le vamos a regalar la plata al notario? No se preocupe, confíe en mí”.