Marco Rubio y la domesticación de la retórica internacional
En medio de tensiones simultáneas y equilibrios delicados, el secretario de Estado ha mostrado que tiene la capacidad de mantener múltiples variables en juego sin perder serenidad ni claridad
El debate sobre la política exterior de Estados Unidos suele moverse entre dos visiones opuestas: quienes ven a una potencia replegada sobre sí misma y dominada por impulsos nacionalistas, y quienes la describen como un actor hegemónico que impone unilateralmente su voluntad en el mundo. La realidad, como casi siempre en política internacional, es bastante más compleja.
Si bien aún mantiene en mucho un talante impositivo adentro y afuera, hacia ese terreno intermedio y pragmático parece estarse moviendo la Administración de Donald Trump. Los ejemplos más recientes son el anunciado encuentro con varios países latinoamericanos políticamente afines a Washington el próximo 7 de marzo, y la reciente intervención de Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich. Ambos episodios, en escenarios distintos, apuntan hacia una misma tendencia: una redefinición —no una renuncia— de la cooperación internacional.
La convocatoria de una cita de alto nivel con América Latina es en sí misma una señal política poderosa de cómo el diálogo con la región vuelve a ser visible en la agenda estratégica de Washington, no solo como fuente de tensiones, sino también de oportunidades.
Los temas previsibles son evidentes. Seguridad, criminalidad transnacional y migración, desde luego, pero también inversión, cadenas de suministro, energía, infraestructura y transición tecnológica. Para los gobiernos latinoamericanos cercanos a Washington, el incentivo es claro, pues también necesitan apoyo político y económico en medio de complejas agendas domésticas.
Para otros países, si los aliados obtienen beneficios tangibles, la tentación de acercarse a Estados Unidos aumentará. Y Washington, en la práctica, conserva la capacidad de sentarse a la mesa con casi todos. La cooperación “blanda” que con tanta vehemencia desbarató Elon Musk hace un año y a cargo ahora del secretario de Estado Marco Rubio, tendrá que ir retornando, así sea reorientada y más ideológica que antes. La idea de una suerte de “Alianza para el Progreso 2.0” responde a intereses convergentes y pragmatismo y no a evocaciones históricas.
Ese mismo trasfondo permite leer con mayor precisión el mensaje de Rubio en Múnich. Su intervención fue directa y firme, con un énfasis claro en el liderazgo y la fortaleza de Estados Unidos. Rubio sostuvo que el mundo —y las amenazas al orden occidental— han cambiado, y que aferrarse a un viejo esquema de globalización sin fronteras, basado en reglas que no todos respetan, resulta sencillamente “tonto”. Pero el discurso tuvo un segundo componente igualmente central: la invitación explícita a actuar conjuntamente como aliados y socios.
Lejos de promover la demolición del sistema internacional, Rubio planteó la necesidad de reformar y adaptar las instituciones multilaterales. No llamó a abandonar las Naciones Unidas, sino que lamentó su pérdida de relevancia en crisis recientes y propuso su actualización para un sistema internacional marcado por nuevas rivalidades, tecnologías y riesgos transnacionales.
El matiz es significativo. En vez de aislarse, Estados Unidos proyectó una postura revisionista para ajustar reglas, redistribuir responsabilidades y reforzar mecanismos de cooperación. Una lógica más pragmática.
Otro elemento destacable fue la ampliación del concepto de cooperación más allá de la dimensión militar. Aunque esquivó temas importantes para Europa y el mundo como el medio ambiente y el cambio climático, Rubio subrayó aspectos económicos, tecnológicos, energéticos y políticos, reconociendo que el poder sostenido no descansa únicamente en la coerción. Requiere incentivos, alianzas e integración.
En América Latina, varios movimientos recientes parecen reflejar esta lógica. La presión sobre regímenes autoritarios, la crisis venezolana, las tensiones diplomáticas en la región e incluso la “apretada de tuercas” al presidente colombiano muestran que la combinación de presión y negociación se consolida como herramienta central.
Esta mezcla —con frecuencia áspera en las formas— caracteriza cada vez más la postura de la actual administración. La retórica de arranque es abrupta y los gestos disruptivos, pero debajo del estilo emerge una comprensión estratégica difícil de ignorar: el garrote por sí solo tiene rendimientos limitados; la zanahoria construye relaciones más duraderas.
En una columna anterior —hace exactamente un año— describí a Marco Rubio como el “malabarista de Estado”, lo que cada vez se confirma más. En medio de tensiones simultáneas y equilibrios delicados, Rubio ha mostrado algo más que habilidad política: la capacidad de mantener múltiples variables en juego sin perder serenidad ni claridad, creciendo a la vez como la conciencia internacional del presidente Trump, sin quitar los ojos de su propia carrera presidencial para dentro de tres años.
Ha demostrado que puede mantener los pines en el aire con una combinación poco frecuente de tranquilidad, cabeza fría y pragmatismo. Interpretando a su impredecible jefe, sí, pero también aterrizando esa visión en un lenguaje de mejor recepción internacional. En un contexto dominado por discursos maximalistas y polarización, esa función de traducción estratégica adquiere gran valor.
Sin embargo, aún queda una pregunta mayor sin resolver: entre tantos frentes dominantes en la agenda de Washington —Medio Oriente, Irán, China, Europa, Rusia, Gaza e Israel y otros—, ¿qué lugar ocupará África en la lista?
Su territorio, 1,5 veces mayor que América Latina, la población más joven del planeta, las vastas reservas de metales raros y minerales estratégicos, junto con su enorme potencial agrícola, lo convierten en un actor decisivo para la economía global. En un mundo en el que la seguridad de suministros, la transición energética, la tecnología y la estabilidad alimentaria se han vuelto prioridades existenciales, el peso de África es indiscutible.
China ya clavó bandera allí de manera profunda, sostenida y estratégica, mediante inversión, financiamiento e infraestructura, logrando acceso a esos recursos. La competencia por influencia y acceso a los mismos ya está en marcha. ¿Tiene Washington también un plan amplio de cooperación con África?