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Íntimo faro de lejos

El Círculo de Bellas Artes de Madrid cumple su primer siglo de intensa vida y a mí no se me quita el antojo de que se clonara en Ciudad de México

Jorge F. Hernández

El Círculo de Bellas Artes de Madrid cumple su primer siglo de intensa vida y a mí no se me quita el antojo de que se clonara en Ciudad de México (entre jacarandas y bugambilias) en el cruce del Paseo de la Reforma con la Avenida de los Insurgentes. De lejos, lo visito a diario en sueños allá en la confluencia donde irradia a diario su pensamiento libre, memoria inmarcesible ...

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El Círculo de Bellas Artes de Madrid cumple su primer siglo de intensa vida y a mí no se me quita el antojo de que se clonara en Ciudad de México (entre jacarandas y bugambilias) en el cruce del Paseo de la Reforma con la Avenida de los Insurgentes. De lejos, lo visito a diario en sueños allá en la confluencia donde irradia a diario su pensamiento libre, memoria inmarcesible y todas las artes posibles e imposibles: a la vera de un antiguo paso de cabras y ovejas que desde un rato se conoce como calle de Alcalá y en diagonal al nacimiento ascendente de ese Manhattan de madroño que es Gran Vía.

Desde la primera vista y con toda la vida por delante, el Círculo de Bellas Artes de Madrid parece un faro que en inglés sería beacon, no tanto como para dirigir barcos que atraquen en Atocha o náufragos que se le escapen a Cibeles, sino por ser manantial de saberes. En sus mesas he aprendido las diferencias entre Heráclito y Parménides, la desgracia de Lorca, la lectura en murmullo y los ecos azules del jazz; en sus mesas he pasado horas llorando en tinta posibles párrafos y he sido testigo del primer beso de una pareja que se esfumó en cuanto dobló la esquina, abrazados esos dos hechos, uno rumbo al vecino Hotel Suecia para quizá encontrarse con Hemingway.

Hace 40 años hice fila de insomnes para participar en la mágica lectura continua y constante del Quijote y cada abril me imagino que no llega en verdad la primavera del mundo si no sueño que vuelvo a las columnas sin sombra del CBA. Paso al comedor y saludo entre bruma la figura perfecta de una musa dormida en mármol que jamás abandona la sábana de piedra maciza que la sostiene entre todas las recias mesas donde siguen sentados los hologramas de novelistas embarazadas, poetas pendientes, ensayistas telegráficos y pintoras sin pincel. En un rincón apartado, una editora sopesa la posibilidad de descubrir un milagro y la mirada parece distraerse con el magnético anfiteatro de botellas tras un telón de terciopelo.

He sido adicto a la librería Machado, que es como caldero de sus entrañas o cuarto de máquinas de la nao CBA al lado de un teatro que ha sido cine y una pantalla que se cubre de escenarios diversos. He sido sonámbulo en exposiciones de la planta baja, performance en la escalera de mármol que parece caracol, aplaudo y aplaudo en una magna sala de columnas y me han honrado con dejarme hablar aquí cuando la Ñ pasea su majestad ecuménica. En este palacio, tan cerca de la Puerta del Sol, he visto a la luna desde su terraza, con ganas de abrazar a la inmensa Minerva que parece asomarse a Madrid y al mundo entero con tantas filosofías que se destilan en las aulas del Círculo, tanta cuadratura de cuentos y triangulaciones de ensayos y poemas en rama que expanden la geometría de un santuario de saberes que supongo es orgullo no solo de Madrid y su Comunidad con estrellas que brillan sobre un campo rojo, sino de España entera: alargada playa gualda sobre cada atardecer en grana, incluso con una estela morada y todo el arcoíris que llega hasta la mole del CBA desde hace cien años.

Con estas líneas abrazo a Valerio Rocco, director del Círculo de Bellas Artes de Madrid y a todas y cada una de las almas incansables que mantienen incandescente un trasatlántico que me llega a México en antojos de libros, recuerdos de tertulias y la enésima sobremesa que prolongó en verbo lo que acabábamos de ver en una expo de fotografías inasibles, en un concierto de un cuarteto silente, en unos cuadros que parecían piel al óleo, en la inolvidable presentación de un libro que se desgajaba como mandarina para que sus páginas volasen como golondrinas y un artista rompía sus gafas con cada sílaba o en la dama que pasó con paso firme entre neblina seca por el vestíbulo en penumbra para ganarle el tiempo a sus lágrimas o al tren del andén más cercano.

Abrazo a los alumnos y profes del Máster de la Escuela SUR que habitan también las entrañas de este sueño colectivo. Abrazo a todos los asistentes y visitantes del Círculo, los mareados de anís o perfumados de novelas que no dejan de hablar en la terraza desde donde ven pasar al planeta que gira en derredor y a la pareja de chicas que se quedan mirando un mismo instante. Es más, abrazo al edificio entero del Círculo de Bellas Artes con la ilusión de volver a Madrid… o clonarlo aquí en México como farmacia de fábulas palpables, ombligo de debate civilizado, epicentro de una coreografía plural que a cualquiera hace sentir alguien: sea el recién llegado estudiante o migrante que lee en voz alta para intentar entenderlo todo o sea el ya canoso navegante que mira de lejos un faro luminoso e íntimo para nunca perder el rumbo.

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