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¿Podrá sobrevivir Davos?

Viniendo de una crisis reputacional, quizá lo más morboso que el Foro Económico Mundial presentará estos días será la aparición de un envalentonado Trump

Todo estalló en 2025. Ese año, The Wall Street Journal y Financial Times, los diarios más influyentes e importantes del mundo en el campo económico y empresarial, publicaron 17 piezas reportando que Klaus Schwab, el fundador del Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), organizador de la r...

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Todo estalló en 2025. Ese año, The Wall Street Journal y Financial Times, los diarios más influyentes e importantes del mundo en el campo económico y empresarial, publicaron 17 piezas reportando que Klaus Schwab, el fundador del Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), organizador de la reunión de Davos que antiguamente se distinguía por su originalidad y selectividad, habría cometido presuntamente irregularidades -que él ha negado- en su gestión al frente del foro, incurrido en “comportamientos inapropiados”, generado serios problemas de gobernanza e inducido sospechas desagradables sobre la transparencia, objetividad y rigor técnico en la elaboración del otrora informe mundial de competitividad, el cual por cierto no se publica desde hace años y fue desbancado por el World Competitiveness Ranking que actualmente produce la prestigiada IMD Business School.

Luego de al menos dos investigaciones promovidas por algunos miembros del consejo del WEF y llevadas a cabo por despachos legales, la disputa concluyó en agosto pasado aparentemente mediante un arreglo, como dice un insider, “típicamente suizo”: por un lado, el WEF informó que encontró “irregularidades menores en los gastos de Schwab, derivadas de líneas borrosas, pero no irregularidades materiales” y, por otro, Schwab acordó retirar sus demandas contra el foro y contra diversos empleados y directivos que lo habrían acusado.

La última decisión fue retirar de cualquier cargo a Schwab en el WEF, donde ya no tiene ninguna función, y, de hecho, le prohibieron ingresar a la sede de la organización en Ginebra. La versión oficial es que “se jubiló”.

Mientras se llevaba a cabo la investigación, el WEF decidió nombrar a un presidente interino del consejo, un antiguo director ejecutivo global de Nestlé, quien renunció el mismo día del arreglo citado y expresó que durante varios meses había sido testigo personal de un “ambiente de trabajo muy tóxico” en la organización y que la única forma de avanzar era que el consejo buscara un “acuerdo amistoso” con Schwab para resolver el conflicto. El ejecutivo añadió que “tiene un conjunto de valores y sentido de integridad” y, por ende, “no siento que sea la persona que pueda liderar el consejo en la próxima etapa del WEF. Hay diferentes prioridades y diferentes sentimientos sobre lo que se debe hacer o lo que no se debe hacer”.

Según los dos medios citados, en las discusiones previas al “arreglo” algunos miembros del consejo dijeron que sentían que los hallazgos de la segunda investigación eran lo suficientemente graves como para justificar acciones adicionales y argumentaron que el WEF necesitaba demostrar que se tomaba en serio la gobernanza. Otros apoyaron a Schwab, diciendo que los hechos eran “menores” en comparación con su contribución a la organización. Al final, con la debida frialdad del pragmatismo, la junta acordó que era hora de cerrar el expediente.

Tras ese escándalo, la reunión de Davos 2026, que gracias al peso de Larry Fink, CEO de Black Rock y copresidente interino del WEF, atrajo una buena cantidad de asistentes -que pagan entre 40.000 y un millón de dólares por participar-, se celebra esta semana y tratará de reinventarse con un elenco variopinto de instituciones algo excéntricas como la Muslim World League, la Alliance for a Green Revolution o la Fundación Pachamama, entre otras.

Por el lado político, acudirá igualmente una cohorte discreta de asistentes: jefes de Gobierno en caída libre como Pedro Sánchez o Gustavo Petro; representantes de organismos internacionales debilitados ante la retirada de EEUU; funcionarios de menor nivel de países importantes, de alto nivel, pero de países periféricos o de plano irrelevantes como las dos mexicanas -Alicia Bárcena y Altagracia Gómez, que harán acto de presencia- y líderes europeos cada vez más confusos ante el asunto Groenlandia. La única excepción llamativa será Donald Trump, que de todas formas está diariamente en los medios hablando urbi et orbi.

Es decir, se trata de un colectivo muy lejano al de otros tiempos.

Más aún, la cita de 2026 se da un contexto donde, por una parte, hay ya una abundancia de estudios, reportes, análisis y proyecciones de gran calidad de consultoras globales, think tanks, firmas de inversión o bancos, entre otros, y, por otra, cuando el mundo ha cambiado radicalmente: información abierta, computación cuántica, IA, revolución tecnológica, comunicación online 24/7 o proliferación de nuevos actores que se reúnen donde quiera.

Por ambas razones, el touch of class que tenía el WEF 55 años atrás, cuando se fundó, parece haberse diluido.

Viniendo de una crisis reputacional, quizá lo más morboso que el WEF presentará estos días, como escribió Freddy Gray en The Spectator, será la aparición de un envalentonado Trump, “el hombre antiDavos que disfruta especialmente diciéndole a la élite financiera global que él sabe lo que es mejor”.

Para una plataforma que pretendía tener audiencias globales, no deja de ser una paradoja humillante.

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