Ir al contenido
suscríbete

Sheinbaum se aleja de la línea dura de Morena para dar impulso al ‘fracking’

La presidenta mexicana ha tomado una decisión pragmática que delinea su sello de Gobierno y la confronta con un gran tabú dentro del partido

Una bomba de varilla en la cmounidad Rafael Rosas, Papantla, México el 3 de marzo.RODRIGO OROPEZA

Cuando Claudia Sheinbaum se convirtió en presidenta de México, en 2024, estaba por ver cómo era su carácter en el trabajo y a la hora de tomar decisiones. Aunque ya había gobernado la capital, su discreción la había cubierto del ojo público. Sus colaboradores más cercanos destacaban sobre todo una cosa: que decidía con base en la información y no con la entraña, como dijeron para el ...

Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites

Cuando Claudia Sheinbaum se convirtió en presidenta de México, en 2024, estaba por ver cómo era su carácter en el trabajo y a la hora de tomar decisiones. Aunque ya había gobernado la capital, su discreción la había cubierto del ojo público. Sus colaboradores más cercanos destacaban sobre todo una cosa: que decidía con base en la información y no con la entraña, como dijeron para el extenso perfil que publicó EL PAÍS sobre la mandataria. Después de todo, Sheinbaum es una científica. Algunos colaboradores, sin embargo, se percataron de que, en ciertos tópicos, era inamovible. Uno de ellos fue nada menos que el expresidente Andrés Manuel López Obrador, que decía que, al lado de Sheinbaum, él quedaba como “fresa” (aburguesado, blando). Ambas anécdotas dibujan el peso que tienen en la presidenta el pragmatismo y la ideología según la circunstancia. Ningún tema tan espinoso y polarizante como el del fracking para mostrar cómo, en este caso, Sheinbaum ha decidido ir a contracorriente del núcleo duro del movimiento izquierdista, y quizá de sus propias convicciones, anteponiendo un proyecto de Estado.

La presidenta anunció esta semana la apertura de México a la fracturación hidráulica, técnica utilizada en la industria petrolera para la extracción de gas del subsuelo. Consiste en inyectar enormes cantidades de agua combinada con químicos y arena a los yacimientos para romper las rocas y captar el hidrocarburo que se libera. El agua queda sumamente contaminada, lo que, según la evidencia, la vuelve inservible para su reutilización. Las oenegés y los movimientos progresistas de todo el mundo se oponen a ella por los daños probados que causa al medio ambiente y su impacto en las comunidades aledañas a los pozos. Sus promotores, en el caso de México, sostienen que se trata de un mal necesario para aprovechar las grandes reservas de gas del país y dejar de depender tanto de Estados Unidos, al que se le compra el 75% del recurso.

Sheinbaum está al tanto del problema sobre el fracking. Es licenciada en Física y tiene un posgrado en Ingeniería en Energía. En la década de los noventa, antes de incursionar en la política, publicó artículos especializados que la perfilaron como pionera en México de los estudios sobre el calentamiento global. Años después, formó parte del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), donde participó como coautora de una investigación sobre las emisiones de efecto invernadero del sector industrial. La misma organización ha documentado que el gas fósil, junto al petróleo y el carbón, son los principales responsables del calentamiento del planeta. “El principal componente del gas fósil es el metano; lejos de ser un combustible de transición, acelera la emergencia climática y obstaculiza el avance real hacia una transición energética”, ha señalado la Alianza Mexicana Contra el Fracking (AMCF), un colectivo de más de 40 organizaciones de varios Estados del país.

Como precandidata a la presidencia, Sheinbaum prometió que la técnica en cuestión no se usaría en su Gobierno, reconociendo el hecho de que los mayores yacimientos de gas no convencional o complejos (Sabinas-Burro Picachos, Burgos y Tampico-Misantla) se ubican en zonas que padecen estrés hídrico o directamente sequías. Ya como presidenta, en su primer baño de multitudes, repitió su promesa. Sheinbaum hizo campaña con la bandera de continuar el legado de Andrés Manuel López Obrador, expresidente, fundador de Morena —el partido oficialista— y su mentor. Una de las decisiones más firmes del exmandatario fue, justamente, vetar el fracking, a tono con el discurso de las organizaciones ambientalistas. El giro copernicano de Sheinbaum tiene, por todo ello, enorme impacto dentro del movimiento morenista, donde militan fuertes opositores a la técnica. No se diga las oenegés, que la han acusado de “traicionar el voto popular”.

El diputado Alfonso Ramírez Cuéllar, que forma parte del grupo asesor de Sheinbaum, defiende el avance pragmático de la presidenta, con el razonamiento de que las metas de crecimiento económico son incompatibles con la dependencia energética que se tiene de otro país. “Yo creo que las posiciones ideológicas son respetables, pero la prosperidad y la exigencia de desarrollo, crecimiento de la economía y de bienestar de la población debe tener una dosis práctica, que nos permita superar muchas barreras que, desde el punto de vista político e ideológico, estaban deteniendo el empuje y desarrollo del país”, sostiene. El legislador comparte que la presidenta, en privado, reconoce que su faceta de investigadora “estuvo dirigida al combate al cambio climático”, pero ahora, “como responsable de la conducción del país”, debe “anteponer las necesidades de inversión, prosperidad y bienestar social a puntos de vista particulares”. “Ese es el gran distintivo”, observa.

Cambio de discurso

Sheinbaum sustenta su viraje en el objetivo de alcanzar la soberanía energética respecto de Estados Unidos y en la expectativa de que existe un fracking sustentable, algo que las organizaciones ambientalistas niegan. Según el anuncio que hizo el Gobierno esta semana, México produce unos 2.300 millones de pies cúbicos diarios de gas natural e importa otros 6.800 millones, es decir, alrededor del 75% de su demanda (9.000 millones), casi en su totalidad de Texas, donde se extrae mediante la fracturación hidráulica a gran escala. Sheinbaum precisó que un grupo de expertos determinará si es posible extraer el gas de las reservas mexicanas mediante técnicas amigables con el medio ambiente. Es decir, sugirió que la incursión en el fracking era aún una posibilidad. La realidad es que se trata de una decisión tomada, según fuentes que han participado a lo largo de meses en el diseño del plan técnico y financiero para dar el giro.

Los asesores han convencido a la presidenta de que la tecnología se ha sofisticado tanto que los impactos de la fracturación hidráulica en el medio ambiente son menores a los del pasado. Sheinbaum mencionó algunas de las supuestas ventajas, por ejemplo, que se puede utilizar agua salada —no potable—; que los químicos que se agregan ya no son “tan potentes” y hasta pueden ser “sustancias orgánicas”; y que esa agua se puede reutilizar. “Si vamos a hacer explotación de gas no convencional, tiene que ser de una manera sustentable, que los impactos ambientales se disminuyan al máximo”, dijo.

Tras ese anuncio, la AMCF afirmó que, por muy prometedor que parezca, no existe una versión sustentable del fracking. Las organizaciones que integran la Alianza refieren que el tratamiento de agua residual es muy costoso y, al menos en Estados Unidos, no se ha vuelto una práctica común. Además, refieren que las reservas prospectivas de gas en los yacimientos mexicanos (4.988 millones de barriles diarios) tampoco alcanzarían para cubrir la demanda nacional, principalmente de la industria. De igual modo, sostienen que esta nueva aventura del gas no hará más que confirmar la dependencia de México de los combustibles fósiles y alejar al país de la transición hacia las energías limpias. Todo ello, sin contar el posible daño a la vida de las comunidades, que llevan décadas sin ver los prometidos beneficios de la industria petrolera.

La decisión de Sheinbaum implicará un costo político dentro del movimiento izquierdista, al que deberá convencer de abrazar algo que se criticaba no hace mucho tiempo. Morena ya ha comenzado una campaña para justificar la necesidad del fracking. A través de redes sociales, la formación oficialista divulgó mensajes como: “México tiene reservas de gas no convencional con alto potencial [que se aprovecharán] responsablemente”; o “Soberanía energética sí, pero protegiendo el agua, el medio ambiente y a las comunidades”; y “Menos dependencia, menos vulnerabilidad. Más soberanía. México tiene las reservas y la estrategia”.

El diputado Manuel Vázquez Arellano, una de las principales voces contra el fracking desde el oficialismo, califica de “preocupante” el giro energético. “Hasta donde yo entiendo, no hay método amigable en prácticas de extractivismo”, dice. El legislador admite que representará una crisis que el principal movimiento izquierdista de México renuncie a sus propias banderas de lucha. “Conmigo, no cuenten”, zanja. “Yo resalto todos los logros de la Cuarta Transformación que benefician al pueblo, pero hay cosas que, por mi origen, por la lucha social que represento, no puedo apoyar”, advierte. “Yo entiendo que un Estado debe garantizar su soberanía energética, pero creo que debería orientar sus recursos a encontrar alternativas para ese fin”, agrega. Un gran debate se avecina y pondrá a prueba la capacidad de cohesión del oficialismo entre el pragmatismo y los postulados ideológicos.

Archivado En