Antonio Ortuño: “La literatura escribe más epitafios que denuncias”
El escritor mexicano recupera su primer manuscrito y publica ‘El amigo muerto’, una novela de aventuras sobre la amistad con la violencia en el país como telón de fondo
Dice Antonio Ortuño (Zapopan, 50 años) que se recuerda como un joven “enojado todo el tiempo”. Por sus circunstancias particulares, puntualiza, pero también por las políticas. “Parecía que el PRI no se iba a ir nunca y yo odiaba profundamente al PRI”, cuenta ahora, 30 años después, en una cafetería del sur de la capital mexicana. Ese adolescente que acababa de cumplir la mayoría de edad volcó su rabia vital y su incipiente creatividad en un manuscrito que quedó entonces guardado en un cajón. Era la primera novela que terminaba ...
Dice Antonio Ortuño (Zapopan, 50 años) que se recuerda como un joven “enojado todo el tiempo”. Por sus circunstancias particulares, puntualiza, pero también por las políticas. “Parecía que el PRI no se iba a ir nunca y yo odiaba profundamente al PRI”, cuenta ahora, 30 años después, en una cafetería del sur de la capital mexicana. Ese adolescente que acababa de cumplir la mayoría de edad volcó su rabia vital y su incipiente creatividad en un manuscrito que quedó entonces guardado en un cajón. Era la primera novela que terminaba el escritor jalisciense, pero pasaron muchos años hasta que decidió desempolvarla, presionado por una hipoteca que “llevaba en el lomo como una losa” y bajo un seudónimo, para evitar que compitiera contra otro de sus libros que se publicaba al tiempo. El amigo muerto (Seix Barral), una novela de aventuras con la violencia en México de fondo, vive ahora su tercer acto, aunque esta es la primera vez que Ortuño se muestra realmente satisfecho con ella. “Me sentía como quien tiene una astilla en la mano. No era un dolor espantoso, pero me molestaba”, compara.
De la historia le gustaba casi todo: la trama, los personajes, los ambientes e incluso el ritmo. No funcionaba, sin embargo, la secuencia de palabras. “Sin el lenguaje nada literario funciona. No era un guion. Necesitaba que el lenguaje estuviera del lado de la novela y no sentía que estuviera bien”, explica. Le faltaba la experiencia con la que ahora, con una veintena de obras publicadas, se ha sumergido a editar el manuscrito. “Para mí era esencial no adulterar el libro, no le quería enmendar la plana ni arrepentirme de lo que pensaba entonces. Tampoco hacer una historia nostálgica”, apunta. Lo que buscaba era la eficacia formal y lo consiguió después de algo más que una mera “revolcadita”.
La premisa es sugerente: una bala perdida tras una trifulca en el puesto de su familia mata a un chaval con la edad del Ortuño de entonces, y este empieza, desde el más allá, a mandar mensajes a su mejor amigo. El costumbrismo y la fantasía se dan la mano en un híbrido que da cuenta de los intereses del escritor que comenzaba a ser. En esa trama la familia es, como suele serlo a esa edad, un elemento lejano, mientras que los amigos, la “comunidad construida” y las “lealtades puestas a prueba”, son la clave de la identidad de los personajes. Algo ha cambiado, sin embargo, en ese tiempo, pondera: “Entonces escribía con muchas ganas de molestar, y ya no tengo fuerzas para eso”.
―¿Cuál es ahora su motor?
―Contar una buena historia. Escribía con un martillo y hoy escribo con un gotero. Es otra velocidad.
Antonio Ortuño acaba de llegar a la Ciudad de México a presentar su libro tras retrasar su vuelo por la crisis de seguridad en Jalisco, donde reside, tras la caída del Mencho, hasta entonces líder del Cartel Jalisco Nueva Generación. “Todo el mundo en Guadalajara sabía que si un día le tocaban un pelo, aquello iba a arder”, señala. “Las consecuencias económicas para la ciudad en el corto y mediano plazo, por la cantidad de negocios que están absolutamente relacionados con...”, no termina la frase, pero sintetiza: “Muchas cosas se van a mover”. No hay en su voz, sin embargo, sorpresa. De pequeño vio cómo su vecino mataba a balazos a tres personas bajo su ventana, y desde entonces la violencia ha sido la tónica general, dice. “En el 94 empecé a escribir esto. Habían asesinado a Colosio, se habían levantado los zapatistas y sentíamos que venía el apocalipsis. Bueno, he pasado ya varios apocalipsis de esos de distintas maneras”, se resigna: “México es una combinación de tragedia y de gozo todo el tiempo”.
Su ciudad, que hace apenas unos días lucía desolada por el encierro al que los narcobloqueos habían abocado a la población, será una de las sedes del próximo Mundial de fútbol, una idea que le despertó dudas desde que se anunció. “México y Estados Unidos, en este momento, me parecen las peores sedes imaginables para un evento de esta naturaleza o para intentar que parezcan otra cosa que no sea un espectáculo”, manifiesta. Por un lado, “las cifras de desaparecidos en Jalisco”, por el otro, el Gobierno de Trump “recibiendo turistas mientras persigue a los extranjeros”. “Es una locura”, concluye el autor de La armada invencible (Seix Barral, 2022) y Recursos humanos (Anagrama, 2007), adaptada al cine por el director Jesús Magaña en 2023.
El escritor ha trabajado también como periodista, un oficio para el que dice no tener vocación, pero del que ha aprendido mucho, entre otras cosas, entenderlo y respetarlo. “El periodismo sirve para lidiar con la realidad todo el día. La peor manera de tratar de influir en la realidad en el corto plazo es la literatura. No tiene la velocidad del activismo, necesita perspectiva”, desarrolla: “Muchas veces la literatura escribe más epitafios que denuncias”. Ortuño se mueve entre el ritmo del periodista y la dilatación de quien se imagina escribiendo una única obra maestra. “Si hubiera sido un heredero ocioso habría escrito 700 libros. Balzac sería mi meta a alcanzar”, bromea. “No creo en tardarse toda la vida en escribir un libro que sea como una galleta china llena de sabiduría”, dice el escritor, que siempre tiene una imagen en la punta de la lengua, “sino en escribir lo que a uno se le ocurra de la mejor manera posible y crear una obra entre todo eso”. “Con que se salven algunas páginas, estará bien”, remacha.
Ahora está retomando la novela que dejó a medias para trabajar en esta, ambientada en la Guadalajara del siglo XVI, porque no le gusta “repetirse” y porque ahí está el origen profundo del lugar de donde procede, una pregunta que siempre le ha despertado interés. Los libros de texto la respondían remitiéndose a la antigua Tenochtitlan, la civilización del centro del país, que no tenía “un carajo que ver” con donde él había nacido, dice, y le crece de nuevo la rebeldía. Ortuño se revuelve finalmente, porque siempre resta algo de energía para colocar las cosas en su lugar: “Yo aquí vengo en avión. No soy de aquí, no escribo sobre la Ciudad de México, y la Ciudad de México no es México”.