En las entrañas del Popocatépetl
Un grupo de científicos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) elabora la primera imagen tridimensional del interior del volcán que abarca hasta 18 km de profundidad desde el cráter
A 4.300 metros de altura, un grupo de científicos se abre paso entre el cambiante paisaje que los rodea. Mientras las horas pasan, los bosques frondosos y llenos de vegetación quedan atrás y un panorama cubierto por ceniza cobra protagonismo. El paisaje encandila a cualquiera, pero los cambios en el nivel de oxigenación no pasan desapercibidos para el cuerpo. Tampoco los alrededor de 15 km de ascenso cargando mochilas de más de 30 kg. Pero el objetivo es más grande que las dificultades. “Es la tomografía más profunda que se ha realizado en el volcán Popocatépetl y de más detalle de todo el edificio volcánico”, afirma Marco Calò, el líder de la investigación, desde su oficina en el Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en entrevista con EL PAÍS.
Hace más de cinco años, un grupo de científicos de la UNAM comenzó un ambicioso proyecto para conocer realmente lo que este majestuoso volcán, también conocido como don Goyo, esconde en su interior. Calò explica que existían dos investigaciones previas que daban una pista sobre el tema, gracias a las cuales se descartó desde hace años la idea de que el Popocatépetl “tenía una sola gran cámara magmática, una región donde se acumula el magma a cierta profundidad y que alimentaba la actividad de hoy en día”. Pero los resultados que ambos trabajos arrojaron eran contradictorios. “No había una idea clara de lo que había dentro del volcán. Uno decía ‘A’ y el otro decía ‘B’”, sostiene.
Karina Bernal, estudiante del doctorado en Ciencias de la Tierra de la UNAM, y una de las integrantes de esta iniciativa, asegura que la información que han obtenido arroja que don Goyo tiene dos áreas en las que se ha ido acumulando el magma. “Esto lleva tanto tiempo ahí que, más que pensarlo como líquido, lo podemos pensar como una roca. Decimos que el magma está cristalizado”. Y agrega: “Es un poco como cuando tú tienes queso fundido. Se empieza a enfriar y entonces se vuelve como duro otra vez”. Así, la investigación que han realizado les ha permitido conseguir una radiografía del Popocatépetl que va más allá de su contenido y ubicación. “Podríamos empezar a hablar de rangos de presión y de temperatura [del magma]. Todo esto, al final, es una pieza más del rompecabezas que nos permite tener una visión muchísimo más completa de lo que está ocurriendo dentro del volcán”, manifiesta.
Para lograrlo, el doctor Calò y su equipo escalaron el Popocatépetl más de 10 veces para instalar medidores sísmicos que recolectaran la información que necesitaban. “[Son] equipos que miden el movimiento del suelo. Son los mismos que miden la sismicidad del país. [...] Solamente que nosotros hemos diseñado instalaciones de campo temporales pequeñas para poderlas llevar, por ejemplo, en alta montaña”, describe el científico. Dos veces al año, el grupo subía el Popocatépetl, que en náhuatl significa “montaña que humea”, para conseguir los datos que estas estaciones portátiles habían recogido. Pero no siempre fue fácil. Las mismas adversidades naturales del entorno jugaban en su contra y, algunas veces, su ascenso les trajo sorpresas.
“El riesgo de estas estaciones que están cerca del cráter [...] es que [hay] explosiones [en las que] salen rocas volando. A veces pueden ser rocas pequeñas, a veces pueden ser muy grandes”, cuenta Bernal. Recuerda dos ocasiones en las que se enfrentaron a dos incidentes que, si bien suponen un retraso en la investigación, no la detienen. “Uno de estos balísticos, así les llamamos, [...] perforó uno de los paneles solares con los cuales la estación estaba funcionando. Al no tener esa fuente de energía, la estación se apaga. Eventualmente se le acaba la batería, se apaga y se pierden esos datos de ahí”, asegura. La otra situación se dio con una estación ubicada en el panteón de un poblado a unos 15 km del cráter. “Probablemente usaron como un incendio controlado para quemar hierba y limpiar, y pues la estación se quemó”, dice.
Tras recoger los datos que las estaciones guardaban, el siguiente paso era analizarlos. “Empezamos a desarrollar técnicas de inteligencia artificial para poder gestionar toda la información. [...] Es una metodología basada en métodos totalmente automáticos para poder realizar estudios más detallados”, explica Calò. Este sistema, que fue diseñado por Bernal durante sus estudios, les permitió lograr una imagen del interior del volcán que llega hasta 18 km de profundidad. La científica afirma que “la inteligencia artificial no es magia, está completamente basada en cosas matemáticas, álgebra lineal y cálculo diferencial”. Sostiene que, aunque es una herramienta útil, no lo es todo. “Se puede analizar un año de datos del Popocatépetl en, no sé, una, dos, tres horas. Claro, pero atrás ha habido trabajo, no solamente mío, sino también de Marco y de otros estudiantes de pasar seis años en nuestras computadoras, en campo y demás, que permiten obtener esto”, subraya.
A pesar de que, oficialmente, este proyecto terminó el 31 de diciembre de 2025, la investigación continuará. Calò comparte que los resultados de su trabajo serán publicados próximamente, pero que, gracias a un financiamiento que consiguieron, el estudio de don Goyo seguirá. Y no sólo eso. Los aprendizajes que han obtenido también abren nuevas líneas de exploración, como un catálogo de señales sísmicas o la réplica de esta iniciativa en otros volcanes. “La ciencia sigue adelante y no se puede parar. Cuando se concluye un proyecto no se puede decir que has concluido lo que estás estudiando. Es tarea de nosotros [científicos] morir con más preguntas de cuantas nos hicimos naciendo”, cierra.