David Gallagher: “Vargas Llosa no era para nada la típica persona de derecha”
El ensayista y columnista reunió en un libro los textos que por décadas publicó acerca de la obra, la vida y las distintas facetas del Nobel de Literatura 2010, con quien sostuvo una larga y estrecha amistad. No fue como lo pintan, parece pensar
Casi catorce años llevaba Mario Vargas Llosa publicando quincenalmente su columna Piedra de Toque en EL PAÍS, cuando pasó algo inhabitual: un texto que estaba escribiendo sobre su amigo y también columnista David Gallagher (Valparaíso, 81 años), terminó convertido en el prólogo de las más de 500 páginas de un libro compilatorio de las tribunas escritas por este último entre 1993 y 2004 para el diario chileno El Mercurio.
Otras improvisaciones parte, así las cosas, con un texto llamado “Profesor de idealismo”, donde el futuro Nobel de Literatura discurre sobre un académico al que conoció en 1967: “David Gallagher, chileno de origen inglés, era entonces poco menos que una celebridad precoz en ese ambiente. Había estudiado ruso y español en Oxford, y, pese a su juventud, ejercía la crítica de literatura en lenguas rusa y española en el prestigioso Times Literary Supplement”, donde llegaría a ser editor de libros en lengua extranjera. Ese mismo año, el entonces joven académico había invitado al autor de La ciudad y los perros a escribir en el TLS un ensayo sobre la novela en el contexto de un especial sobre las letras latinoamericanas.
Como avezado y reconocido profesor, Gallagher pudo optar a un cargo de por vida en Oxford, pero, ante la sorpresa de medio mundo incluido Vargas Llosa, dejó la academia para buscarse un futuro en el distrito financiero londinense. Y la sorpresa se acrecentó todavía más en los años siguientes, prosigue el escritor arequipeño, “cuando supimos que el tránsfuga de Oxford, en vez de ser triturado y romperse las narices en la City, que es lo que le habría ocurrido a cualquier literato normal que reemplazara el benigno cultivo de las ideas y las letras para aventurarse por el campo minado de las finanzas, no sólo había sobrevivido, sino, en un período bastante corto, alcanzado en su nueva profesión tantos éxitos como en la anterior”.
Con lo último apuntaba al rol de Gallagher como representante de bancos de inversión y compañías financieras internacionales en América Latina y, luego, al de consultor independiente. También, a que estos éxitos se sumaron al hecho de ser “un humanista moderno, alguien curioso e informado sobre todo lo que ocurre en el ámbito de la cultura, sin naufragar en el mero diletantismo, manteniendo siempre una perspectiva rigurosa sobre lo que lee, oye y ve, y asociándolo a una visión de conjunto en la que las ideas, las artes y las letras no sólo son un placer del espíritu, también un arma para mejorar lo que anda mal y defenderse contra el infortunio”.
Fallecido el 13 de abril de 2025, el novelista no alcanzó a conocer la vuelta de mano de su amigo. Al que lo llamó un “fanático de la claridad” para quien “no tiene sentido escribir para no decir nada”, Gallagher le consagró Tras las huellas de Vargas Llosa (Centro de Estudios Públicos, 2025), un libro que reúne sus textos sobre las diversas facetas del célebre autor y en cuyo prefacio lo llama “generoso” e “inmensamente tolerante”. También lo ve allí como un “fanático de la verdad”, incluso si, a su juicio, eso le significó perder la elección presidencial peruana de 1990 frente a Alberto Fujimori.
Es lo que hoy explica Gallagher con desenvoltura, vía remota desde Madrid: “En el fondo, perdió porque decía que iba a haber un shock feroz, que iba a haber un golpe a la inflación devastador, que la gente tendría que pasar sangre, sudor y lágrimas, mientras que el otro, el japonés [Fujimori], no dijo que lo iba a hacer, pero después lo hizo. Porque el político que no es mentiroso está sonado [acabado]”.
Descrita detalladamente en su libro de memorias El pez en el agua (1993), la aventura de Vargas Llosa en pos de la presidencia es también material de novela: la historia de una campaña que partió con amplio apoyo en las encuestas, que en algún punto se vio capturada por cierta derecha y que finalmente conoció la derrota a manos de un aparecido de última hora. ¿Y Gallagher? Lo apoyó en su minuto, aunque parece hoy aliviado: “Entiendo que Felipe González le dijo, ‘Mario, cuando gobiernes te van a acusar de represión brutal de los derechos humanos [por la lucha contra Sendero Luminoso]’. Por eso mismo, qué bueno que no haya ganado. Y segundo, qué bueno por la literatura”.
El sentido del humor
Las letras los unieron desde un principio, pero la política hizo también lo suyo. Entusiastas de la Revolución cubana en los 60, ambos tuvieron con los años un tránsito a las ideas de Popper y Hayek, así como a las posiciones de Margaret Thatcher, aunque Gallagher lo ve como un trayecto “coincidente”, antes que uno propiamente compartido. Eso sí, en el caso de su amigo se permite plantear que “no era para nada la típica persona de derecha”.
Cuenta que el Movimiento Libertad, fundado por Vargas Llosa en 1987, apoyó todas las medidas económicas de Fujimori hasta el autogolpe que este consumó en abril de 1992. “Y fue con el autogolpe que Mario empezó a despotricar contra él”, recuerda, agregando que muchos peruanos de derecha “creen que él quiso boicotear a un gobierno que estaba haciendo reformas necesarias”, pero que solo tras el autogolpe cambió su posición, pues “Mario tenía horror a las dictaduras. De ahí que, por mucho que le gustaran las reformas económicas que se hicieron [en la dictadura militar chilena], nunca aceptó que se tuviera indulgencia con Pinochet”.
Por eso, remata, algunos de quienes celebraron su alejamiento de -y sus críticas a- las izquierdas se desconcertaron cuando habló de la “derecha cavernaria”: “Siempre quiso marcar ese punto, porque en algún momento parecía que toda la derecha estaba sintonizada con él, excepto por ese ‘problemilla’. Era insistente en marcar distancia con Pinochet y con la dictadura militar, y creo que eso demuestra lo principista que era. No era una persona pragmática, del todo vale: era muy principista. ‘No me digan que hay una dictadura mala y otra buena’”.
Por cierto, el Vargas Llosa político convive en el nuevo libro de Gallagher con el narrador, el ensayista y el intelectual público. Son 184 páginas a cargo de quien compartió con él en ceremonias muy formales, pero también en paseos y vacaciones en distintos continentes, en festivales de cine y encuentros de ópera. ¿Y qué resalta después de tanta experiencia conjunta? Faltaría más, el autor disciplinado que escribía todas las mañanas, hasta una de la tarde. También el lector impenitente, el mismo que durante la pandemia recorrió la extensa obra de Benito Pérez Galdós y publicó en 2022 un ensayo al respecto.
Sin embargo, concluye, “lo que más me gustaría destacar es su tremendo sentido del humor. Siendo una persona muy liberal, muy tolerante, de mente muy abierta, tú le contabas de alguna tremenda maldad que había hecho alguien y se moría de la risa. Soltaba una tremenda carcajada, una carcajada como de adentro, cuando mucha gente habría dicho, ¡qué horror! Como que le parecía divertida la maldad humana”.