Antártida: el latido del planeta que no podemos darnos el lujo de ignorar
No importa si vivimos en una ciudad como Santiago, en el altiplano o en la costa del Pacífico: estamos conectados con la Antártida. Nuestra seguridad alimentaria, nuestros patrones climáticos y nuestra estabilidad económica dependen de su salud
La Antártida no es un territorio remoto y ajeno. Es el sistema vital que sostiene la vida en la Tierra. Tras haber tenido el privilegio de visitarla en dos ocasiones, puedo afirmar que no hay experiencia comparable. La majestuosidad de sus paisajes, el silencio sobrecogedor de sus hielos milenarios y la riqueza de su biodiversidad no solo impresionan: transforman. Uno regresa con una certeza profunda —lo que sucede en la Antártida no se queda en la Antártida. Nos afecta a todos.
El Océano Austral y el continente blanco funcionan como un gran regulador climático global. El océano produce cerca del 50% del oxígeno que respiramos, absorbe una cuarta parte del dióxido de carbono que emitimos y ha capturado más del 90% del exceso de calor generado por el cambio climático. En ese sistema, la Antártida juega un papel insustituible: sus corrientes marinas distribuyen nutrientes que sostienen la vida en todos los océanos del planeta.
No importa si vivimos en una ciudad como Santiago, en el altiplano o en la costa del Pacífico: estamos conectados con la Antártida. Nuestra seguridad alimentaria, nuestros patrones climáticos y, en última instancia, nuestra estabilidad económica dependen de su salud.
Por eso, protegerla no es un acto idealista. Es una decisión estratégica. Hoy, en un mundo marcado por tensiones geopolíticas y fragmentación, la Antártida sigue siendo uno de los pocos espacios donde prevalece una lógica distinta: la de la cooperación basada en la ciencia. La Convención para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCRVMA) representa ese espíritu. Pero ese modelo está bajo presión.
Desde Antártica 2030, un grupo de líderes globales que tengo el honor de presidir, trabajamos con un objetivo claro: proteger el Océano Austral mediante la creación de áreas marinas protegidas de gran escala. Estas áreas son, sin duda, la herramienta más efectiva que tenemos para preservar ecosistemas críticos, fortalecer la resiliencia frente al cambio climático y garantizar el equilibrio de la biodiversidad marina.
En este contexto, el liderazgo de Chile y Argentina merece ser reconocido. Ambos países han impulsado, durante más de ocho años, la propuesta para crear un Área Marina Protegida en la Península Antártica —una de las regiones más vulnerables y al mismo tiempo más importantes del planeta.
La urgencia es evidente. La Península enfrenta una presión creciente, en particular por la pesca industrial de krill. Este pequeño crustáceo es, en realidad, un gigante ecológico: base de la cadena alimentaria antártica y pieza clave en los procesos de captura de carbono del océano. Alterar ese equilibrio no es un riesgo local; es una amenaza global.
Aquí es donde debemos ser claros: no se trata de oponer conservación y desarrollo. Se trata de entender que sin conservación, no habrá desarrollo posible. La ciencia nos ha dado el diagnóstico. Lo que falta es la decisión política. El Océano Austral no es una pesquería más. Es un pilar del sistema climático del planeta y una reserva de vida única. Defenderlo es defender nuestra propia supervivencia.
La Antártida late por todos nosotros. La pregunta es si estamos dispuestos a escuchar ese latido —y actuar en consecuencia.