El Gobierno que se habla a sí mismo
Hay un desajuste particularmente fuerte en esta Administración del presidente Boric entre relato, realidad y percepciones. Cada una de esas dimensiones —lo que dice, lo que sucede en verdad y cómo lo experimentan las personas— se mueve por un carril propio
Aunque la campaña de los 1.000 avances pasó rápido al olvido, el Gobierno del presidente Gabriel Boric no ha dejado de insistir en sus buenos resultados. Se trata de oponer su relato —“Chile no se cae a pedazos”— al de la Administración entrante —“Gobierno de emergencia”—. La ministra vocera, Camila Vallejo, emplazó a José Antonio Kast acusándolo de “crear grandes cuentos” y “posicionar cuñas fáciles”, porque “al final la mentira tiene patas cortas y ese cuento se ha ido desmoronando”.
El afanoso relato gubernamental, sin embargo, no ha calado en la ciudadanía: las cifras de aprobación y el expresivo resultado electoral de diciembre muestran que las pretendidas mejoras no son percibidas como tales. Quizás por eso, más que de avances, el Gobierno hable de normalización —aunque buena parte de ese proceso sea apenas el retorno a la media: no haberlo hecho tan mal, algo que se parece demasiado a la mediocridad.
Hay, en efecto, un desajuste particularmente fuerte en este Gobierno entre relato, realidad y percepciones. Cada una de esas dimensiones —lo que el Gobierno dice, lo que sucede en verdad y cómo lo experimentan las personas— se mueve por un carril propio. Están conectadas sin ser lo mismo. El Gobierno, sin embargo, parece creer que basta con intervenir una de ellas, la del discurso: mostrar más y mejor hará que los avances se vean de verdad. Es una mirada conveniente: por una parte, sobreestima lo que está bajo control del Gobierno —las habilidades del presidente, su vocera, el equipo de comunicaciones. Por otra, le permite achacar a otros sus fracasos. La culpa es de las fake news, la manipulación de los medios, los relatos ajenos —en especial, los de la ultraderecha—, el duopolio o los bots.
No cabe duda de que varios de esos temas merecen atención, pero cuando se apuntan como causas de la falta de adhesión suenan más bien a excusas acomodaticias o relatos tranquilizadores. Cuentos que se cuentan para evadir la realidad. Seguimos teniendo las mejores intenciones, solo que a la gente no le llegó —o no entendió— lo que hicimos.
La sensación anterior se confirma en un estudio reciente de Panel Ciudadano-UDD, que sometió a evaluación declaraciones de Camila Vallejo, el presidente Boric y el mandatario electo. Los resultados son malos para el Gobierno: sus interpretaciones de la realidad no coinciden con las de las personas. Quizás eso explica la persistente desaprobación del presidente Boric; quizás se trata de una táctica deliberada para mantener tranquilo al tozudo 30% que lo apoya independientemente de las circunstancias. Pero hay un dato más revelador que el apoyo o rechazo a eslóganes puntuales: cuántos coinciden con la afirmación de José Antonio Kast respecto a que “hay una desconexión entre el discurso oficial y la realidad que viven las personas”. El 75% de los encuestados estuvo de acuerdo, cifra que sube a un 80% entre los votantes no habituales —ese grupo que permaneció en silencio electoral por años y cuya irrupción ha sido el cambio más significativo de la política chilena reciente.
Que tres de cada cuatro personas perciban tal distancia entre discurso oficial y realidad confirma una grieta que las grandes promesas electorales no han hecho sino profundizar. Como ha experimentado este Gobierno, la desconexión no se soluciona con mejores historias, eslóganes que generen mayor engagement o más spots publicitarios, sino alineando lo que se dice con lo que ocurre y con lo que la gente vive. Puede que un diagnóstico logre movilizar votos, pero si este no se traduce en realidades solo alimenta la apatía. Lo que diferencia un relato de la verdadera política es la capacidad de encontrar eco en lo vivido y desde ahí conducir y elaborar respuestas. Solo una política consciente de sus limitaciones puede aspirar a ser transformadora —una lección que no sabemos si las izquierdas aprendieron y que el próximo Gobierno haría bien en no olvidar.