Viaje al taller de diseño y vestuario de ’31 Minutos’: “Todo puede ser un títere”
EL PAÍS se adentra en el proceso creativo que le da forma a la exitosa banda chilena para niños y adultos
En el taller de Diseño y Vestuario de la productora Aplaplac, responsable de la exitosa banda chilena de títeres 31 Minutos, las cosas no son lo que parecen. Una pelota de tenis de mesa son los ojos del personaje reportero Mario Hugo, unas pailas de huevos son la armadura de Tulio Triviño para el show de Don Quijote, y un peluche de hipopótamo es… Donald Trump. A eso llegó la creatividad de Sebastián Ríos, diseñador y caracterizador de los muñecos, cuando dos días antes de que volaran a Washington para presentarse en el Tiny Desk el pasado octubre, los creadores le informaron que, tras meses de trabajo, querían introducir en el guion un personaje que representara la dura política migratoria del presidente estadounidense. Debía encarnarse en un caimán, en alusión a los que rodeaban la cárcel de Alcatraz. Contra reloj, Ríos y su equipo no encontraron un peluche de cocodrilo, pero sí un pequeño hipopótamo verde, al que le alargaron su hocico, le cosieron afilados dientes y le colocaron gafas de sol. Parecía un turista. No estaba claro el mensaje. Se les ocurrió sumarle una gorra roja, como la de MAGA, lo que ayudó, pero aún faltaba algo. Y entonces se iluminaron: pegarle unas cejas rubias bien desordenadas. No habría fallo: era Trump vigilando que los títeres chilenos regresaran a su patria.
31 Minutos arrancó en 2003 como un un programa infantil que simulaba un noticiero, donde se incluía una sección musical con originales canciones teñidas de humor y enseñanzas. Pero hoy es otra cosa, y ha mutado tal cual los objetos y juguetes que están en el taller, en Santiago centro. Además de haberse presentado en los principales festivales de música de América Latina, en diciembre estrenaron su segunda película, una ambiciosa producción titulada 31 Minutos: Calurosa Navidad, de la mano de Amazon. Y tienen agendado shows en vivo para este año en varios países de la región y el museo que narra sus primeras dos décadas está de gira por México, con Tijuana como próximo destino. Su presentación en el Tiny Desk, que marcó un récord de vistas en las primeras horas, acumula 15 millones de espectadores.
Dos de sus creadores, Álvaro Díaz y Pedro Peirano están detrás del guion y son la voz de Bodoque y Tulio Triviño, respectivamente. Para conocer el proceso creativo detrás del fenómeno, EL PAÍS visitó los talleres donde las excéntricas ideas de Díaz y Peirano toman forma, color y textura, en un galpón en Santiago centro, cercano al barrio Franklin. Los amplios espacios parecen una juguetería de millones de piezas únicas, donde niños y adultos pueden perder la noción del tiempo entre muñecas desnucadas, libros con bocas, lámparas con ojos, hilos y alfileres multicolores y vestuarios y escenografías a pequeña y mediana escala. El caos y el orden conviven en una perfecta armonía que exuda la esencia de 31 Minutos.
Los personajes principales históricamente han sido cinco, pero a ellos se le han ido sumando varias decenas a lo largo de los años, hasta llegar a 15 protagónicos en la última película y 150 extras. A Ríos, de 45 años, director de Arte de Títeres y Vestuario, los guionistas suelen acercarse con un referente para cada uno. Para los viejos pascueros de Calurosa Navidad, por ejemplo, le indicaron que se inspirara en el cantante de trap chileno, Pailita. “Así que ahí dije: tiene que tener corte de pelo sopaipilla —como se conoce en Chile cuando es rapado a los costados y redondo arriba—, con aro… . Para los duendes me dijeron que pensara en los duendes de decoración de los jardines y así fui trabajando”, explica Ríos, que enseña los bocetos de sus creaciones tanto con lápiz y papel como ilustrados digitalmente. Las referencias han ido desde la actriz Scarlett Johannson hasta los viejos granjeros estadounidenses que ven pasar el día con una escopeta en la mano. “A veces me da risa porque pienso: ¡son títeres!”.
El diseñador convierte peluches de animales u objetos en personajes a merced de las historias. “Todo puede ser un títere”, apunta en su escritorio, donde se abultan un montón de latas pintadas de celeste con ojos y boca. En su cabeza, en realidad, todo puede ser cualquier cosa. Donde los mortales comunes y corrientes ven un globo, Ríos ve un chicle que, si se le introduce una manguera a una de las marionetas, lo puede inflar en tiempo real. Una vez aceptado el boceto, el diseñador le pone colores y telas para darle vida, salvo a los personajes principales, que desde hace 23 años son iguales. O casi.
Inicialmente Díaz y Peirano crearon a Bodoque y Tulio. El primero, en base a un jersey de lana roja que lo adoptaron a la forma de títere, y con el segundo hicieron lo propio, pero utilizando un chaleco de la ropa usada americana. Con eso llegaron donde la modista Myriam Riquelme. Habían ganado unos fondos y debían perfeccionar y sumar nuevos personajes para un programa piloto.
Riquelme era una pionera en la creación de corpóreos publicitarios y estaba detrás de la confección reeditada del personaje Gugu Guru, un enorme pájaro mensajero que se popularizó en la televisión de los noventa en el programa El Profesor Rosa. Aunque nunca había hecho títeres, aceptó. “Mi mantra es nunca decir no. Si lo visualizo en mi imaginación, soy capaz de hacerlo”, comenta la mujer autodidacta de 74 años en su casa-taller, ubicada en la comuna de Independencia, famosa por su industria textil nacional, hoy prácticamente extinta.
La modista tuvo que replicar el chaleco con que se construyó Tulio inicialmente, ya que no lo vendían en Chile. Desde ese minucioso trabajo de buscar cada color de hilo —algunos nunca los encontró—, y los puntos de tejido, ha debido hacer una treintena de Tulios más, ya que se van ensuciado o desgastado con los años. Para Bodoque simplemente ganó la partida diciendo que con una tela de polar iba a funcionar bien. Luego vino el proceso de darle forma por primera vez a Patana —en la voz de Jani Dueñas—. a Juanín Juan y a su favorito, Mario Hugo. Le gusta su cuerpo menudo y su piel elaborada con una suave felpa rosada que se vendía como ropa de bebé. “Ahora todo es plástico, chino, ya no existen ese tipo de telas. La de Mario Hugo, por ejemplo, ya no la producen y a mí me queda muy poquita”, lamenta entre máquinas de coser, alfileres y muchas, muchas telas. Riquelme también se dedica a vestir a los protagonistas, bajo las instrucciones de Ríos. A veces, como para el show de Romeo y Julieta, con piezas de alta costura. Son trajes en pequeña escala elaborados a mano durante semanas. La chaqueta de Romeo, por ejemplo, le costó 500.000 pesos chilenos (unos 580 dólares) a la productora Aplaplac.
La escasez de material textil no es la única que ha golpeado a 31 Minutos, también la desaparición de las fábricas de peluches, especialmente por los ojos, que ya no hay dónde encontrarlos con las características de antes. Aunque al tiempo que se pierden unas cosas, han aparecido otras, como la inteligencia artificial. Ríos se apoya a veces de ella para avanzar en ciertos modelos de personajes que tiene ya dibujados y quiere verlos con distintos trajes. Un trabajo de cuatro días lo obtiene en cosa de minutos. Aclara, eso sí, que igual tiene que meterle mano porque “a veces la IA hace cualquier lesera”.