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Recuperar “la espléndida fortuna”

Este año comenzó con una mala noticia. El establecimiento, tradicionalmente catalogado como “emblemático”, tuvo un mal resultado en la prueba PAES, indispensable para ingresar a la educación superior

En agosto próximo, el Instituto Nacional cumplirá 213 años. Dos largos siglos de vida, llenos de momentos dignos de recuerdo: 18 presidentes y 35 premios nacionales pasaron por sus aulas junto con numerosos personajes significativos en la democracia en nuestro país. Imposible no incluir también a Martín Rivas, el inolvidable protagonista de la novela que ha conmovido a generaciones, quien también cruzó sus puertas.

Este año comenzó con una mala noticia. El establecimiento, tradicionalmente catalogado como “emblemático”, tuvo un mal resultado en la prueba PAES, indispensable para ingresar a la educación superior. Conforme a los resultados obtenidos por sus alumnos, quedó en el lugar 360 de la lista. Pese a ello, como una señal de que la batalla educacional no está perdida, el informativo digital del establecimiento informó de que en enero “se realizó un desayuno de reconocimiento para las y los estudiantes que obtuvieron puntajes destacados en la PAES 2025, incluyendo puntajes nacionales, reafirmando su compromiso histórico con la excelencia académica y el fortalecimiento de la educación pública”.

Obviamente, el “primer foco de luz de la nación”, como proclama su himno, ya no alumbra con la fuerza de antes.

Y sus problemas no son solo académicos. Los “overoles blancos” se apoderan con alarmante frecuencia de los titulares de las noticias. Bombas molotov, atentados contra la normalidad de la vida ciudadana en el centro de Santiago y agresiones a profesores (tres maestras fueron agredidas físicamente en diciembre), incluso contra el rector, se han convertido en material informativo permanente.

El alcalde Mario Desbordes —la municipalidad de Santiago, que es la sostenedora oficial del Instituto hasta que pase al sistema SLEP— ha debido enfrentar una ola de incidentes. En ellos incluso aparecieron involucrados dos profesores.

El año pasado, tras una nueva jornada de violencia, las autoridades del plantel hicieron un llamado en tono desesperado: “Lamentamos que estos hechos sigan afectando el funcionamiento y colocando en riesgo las actividades del Instituto e invitamos a las familias a conversar con sus hijos e hijas sobre la importancia del respeto, la convivencia y el cuidado del entorno escolar”.

Una “suave y noble voz”

Hace un par de siglos, las perspectivas eran diametralmente diferentes. El comienzo de las actividades del Instituto Nacional el 10 de agosto de 1813 fue auspicioso.

En un país que luchaba por su independencia, un grupo de personalidades pensó más allá de la contingencia y propuso la creación de un establecimiento de educación digno de los valores de la república. Estaban entre ellos Juan Egaña, Manuel de Salas, José Francisco Echaurren Herrera y fray Camilo Henríquez. El fundador de La Aurora de Chile, cuya primera edición había aparecido el año anterior, sostenía que “el gran fin del Instituto es dar a la Patria ciudadanos que la defiendan, la dirijan, la hagan florecer y le den honor”.

El 10 de agosto se celebró solemnemente el logro de este anhelo. La puesta en marcha del “Instituto Nacional, Literario, Económico, Civil y Eclesiástico del Estado de Chile” se efectuó en una sala de la Real Universidad de San Felipe (donde está en la actualidad el Teatro Municipal). Según las crónicas de la época, se solemnizó la ocasión con la presencia de las autoridades de gobierno y los vecinos más importantes de Santiago. Poco después de las 9 de la mañana comenzó el acto con un himno compuesto por Bernardo de Vera y Pintado. El coro proponía una hermosa tarea: “La Patria nos convoca, con noble y suave voz, a rendir a las ciencias, el merecido honor”.

Entre los primeros alumnos sobresalientes del Instituto figuraban Manuel Bulnes Prieto y José Joaquín Pérez, futuros presidentes de la República, y el poderoso ministro Diego Portales.

El Instituto Nacional se convirtió en el corazón de la educación pública chilena. Una vasta cohorte de institutanos ha ocupado lugares destacados en la administración pública. El último exalumno que llegó a La Moneda como dueño de casa, fue Ricardo Lagos. Patricio Aylwin no estudió en el Instituto Nacional, pero sí ejerció como profesor. Se suma, además, un presidente del Perú, Manuel Pardo y Lavalle.

Tras el Desastre de Rancagua y el regreso de las autoridades realistas a Santiago en 1814, el Instituto debió cerrar sus puertas. Solo fueron reabiertas, con igual solemnidad y fervor que la primera vez, cinco años después, el 20 de julio de 1819. Se ofició una misa de Acción de Gracias en la catedral. Luego las autoridades, presididas por Bernardo O’Higgins, caminaron hacia la Casa del Instituto, en la calle Catedral, entre Bandera y Compañía, mismo local ocupado en 1813.

Años de prestigio y crecimiento

Sus primeros cien años, mientras Chile se consolidaba como república, los vivió el Instituto al poderoso ritmo que esperaban sus fundadores.

El más famoso alumno de este tiempo fue, sin duda, uno de ficción: Martín Rivas, el romántico personaje de Alberto Blest Gana: “Un provinciano que sin más fortuna que su honradez y algunos contactos llega a la capital”. No era un “colegial”, sino un estudiante de Leyes, igual que sus compañeros. Por su carácter romántico, pronto se vio involucrado en la fracasada revolución de 1851.

Al estallar la Guerra del Pacífico, entusiastas institutanos se alistaron de inmediato en la defensa de la patria. No hay constancia de cuántos lucharon y cuántos murieron. Los restos del exalumno Enrique Stange Aliste, el último en ser identificado, se inhumaron, con honores militares, en 1956. Cayó en la batalla de Pachía, en 1883. Arturo Prat, quien se tituló de abogado tras concluir sus estudios en el Instituto Nacional, es el más famoso de los participantes en el conflicto. Otro exalumno, Aníbal Pinto, era presidente de Chile

Unos años antes, el gobierno había contratado al arquitecto Juan Herbage para la construcción de un nuevo edificio para el Instituto. El edificio de calle Compañía con Morandé se había hecho insuficiente. Se escogió un amplio terreno ubicado entre la Alameda y las calles San Diego y Nueva de San Diego (actual Arturo Prat). La construcción, de líneas coloniales, fue entregada en 1850. En el siglo XX, cuando se decidió demoler el ya vetusto edificio, se decía que solo se mantenía en pie gracias a las capas de pintura.

En 1863 asumió la rectoría el historiador Diego Barros Arana. Impulsó los estudios científicos contratando prestigiosos profesores como Rodulfo Amando Philippi o Jean Gustave Courcelle-Seneuil. El mismo Barros Arana confeccionó textos de estudio, instaló los primeros gabinetes de química, física e historia natural e incrementó el acervo de la Biblioteca hasta hacer de ella una de las más completas de Latinoamérica. Desterró los métodos memorísticos, “reemplazándolos por la reflexión, el raciocinio y la investigación personal”.

También hubo problemas. En 1872 se inició un conflicto de largas repercusiones. El ministro de Instrucción Pública, Abdón Cifuentes, puso fin a los exámenes que tomaba el Instituto Nacional a los egresados de colegios particulares. El rector Barros Arana lo consideró un atentado contra el Instituto para favorecer la educación particular.

Intervino el gobierno. Pero las protestas y el desorden no terminaron. En definitiva, en 1873, se destituyó a Barros Arana y se traspasó la sección universitaria a la Universidad de Chile. El año siguiente se dictó la libertad de enseñanza. Los exámenes de los alumnos de colegios o clases particulares fueron tomados a partir de entonces en los colegios fiscales o ante una comisión designada por el Consejo Universitario.

El primer centenario

El hito mayor del primer siglo de vida lo marcó la celebración del centenario, en 1913. El gobierno hizo saber que no había fondos para la ocasión, por lo que se llamó a una colecta entre sus exalumnos. El feliz resultado fue un solemne festejo.

Se empezó estrenando un nuevo himno oficial. Tiene estrofas de Eduardo Moore Montero, alumno de sexto año, futuro senador y ministro, más otra estrofa del alumno español Pascual Baijes Valloerdú, de cuarto año, y una más del profesor Ismael Parraguez, quien además compuso la música.

Cumpliendo la tradición, se realizó una velada en el Teatro Municipal que contó con la asistencia de los más ilustres exalumnos de la época. Habló el rector Juan Nepomuceno Espejo y, conforme a la información de prensa, “se efectuaron desfiles ciudadanos y fiestas para los estudiantes, aparte del reconocimiento de toda la comunidad nacional”.

En los cien años siguientes, la historia se escribió con la misma pasión. Como ha ocurrido desde su fundación, los acontecimientos que vivió el país -y también el mundo- dejaron su impronta al interior de las paredes del Instituto Nacional.

El segundo aniversario, sin embargo, fue un pálido reflejo de las celebraciones anteriores. Lo ilustra un comentario en Internet en 2013: “A través de las redes sociales, cientos de usuarios y personajes públicos han manifestado su alegría por este aniversario”. Aunque se contó con la presencia del presidente Ricardo Lagos, los festejos fueron notoriamente opacados. Probablemente la revolución de las comunicaciones jugó su papel esta vez.

Hijo de la Primera Junta de Gobierno, el Instituto Nacional fue contemporáneo de la Aurora de Chile, nuestro pionero medio de comunicación social. Desde el primer día, su imagen se forjó a través de la prensa escrita.

En 2013 había razones para el menor entusiasmo, aunque nadie lo planteó en esos términos. La municipalización del Instituto en los años de la dictadura no tuvo los frutos anunciados. Al contrario. Se hizo notorio que había quedado en el camino una de las más sentidas recomendaciones de Camilo Henríquez. En junio de 1812, en dos ediciones sucesivas de La Aurora de Chile, las dio a conocer. Entre ellas incluyó un punto de primera importancia: “La naturaleza de sus estudios excluye del Instituto todo género de argumentos y disputas en todas sus funciones”.

Fue un consejo que se diluyó con el tiempo. Y que se perdió en las turbulencias políticas y educacionales de la segunda mitad del siglo XX.

Más pena que gloria

Tras el primer centenario, Chile sufrió una acumulación de problemas: el fin de la era dorada del salitre, la crisis económica de 1929 y los profundos cambios sociales que acompañaron a la Segunda Guerra Mundial y que se reflejaron a veces duramente en nuestro país. Es justo decir que, en gran parte de esos años, el Instituto Nacional mantuvo sus fortalezas, pero no lo suficiente.

En los años 50 —época en que estudié en su ya vetusto edificio— se nos inculcaba con tesón la conciencia del distinguido pasado. Se nos exigía explícitamente ser tan buenos alumnos (o mejores) que las generaciones que nos habían precedido.

Aparte de la calidad misma de la formación, asentada con el tiempo, se desarrollaba una intensa actividad intelectual y deportiva. Desde los primeros años del siglo cobró fuerza la organización de los scouts. En 1909, una conferencia de Sir Robert Baden-Powell, el fundador del movimiento, tuvo inmediatos frutos en Chile. Dio origen a la brigada Alcibíades Vicencio. Al margen de su existencia en el Instituto, el movimiento scout creció en todo Chile. Se produjeron controversias por el estilo militar original y la visión religiosa de su fundador. No parece que ello afectara mayormente a los institutanos.

En 1940 nació ALCIN, la Academia de Letras Castellanas del Instituto Nacional, convertida más tarde en Academia de Debates. Normalmente han funcionado —con distinta suerte— talleres y grupos de encuentros. En los años 50 se creó una academia de teatro promovida por el alumno Jorge Gajardo, famoso más tarde en la TV como el papá de “Los Venegas”.

El “Boletín del Instituto Nacional”, formó parte de los años de mayor actividad. Dirigido por el bibliotecario Ernesto Boero Lillo, en su mejor época fue una revista de formato grande, en papel couché, bien impresa y con variados contenidos de alta calidad. Escribir en sus páginas era un honor para los alumnos, muchos de los cuales destacaron en las letras en el futuro. Y, por cierto, abundaban los aportes de los propios profesores.

Había a mitad de siglo algunas publicaciones de los alumnos, El Oso Polar, El Cid, entre otras, con historias escritas por los estudiantes, secciones de humor, deporte y miscelánea.

De los muchos personajes que se conocieron en el Instituto, uno realmente inolvidable fue sin duda el inspector general Rodolfo Poblete. Debido a su estilo y al bigote característico, cultivado con esmero, se le conocía entre el alumnado como “Hitler”. Hoy día se justificaría el sobrenombre (aterrador a veces), pero hay que recordar que recién había terminado la Guerra Mundial.

Un exalumno, Alberto Libedinski, recordó en un anecdotario del Instituto una reveladora historia de la esencia misma de la cultura institutana. Cuenta que un día, por ausencia del profesor correspondiente, llegó el inspector Poblete al quinto B de las preparatorias. Entre bufidos y amenazas, llamó a los estudiantes judíos a que pasaran al frente. Asustados, les costó un poco, pero al final se levantaron tres.

Ante ellos, cambiando el tono, “Hitler” declaró ser “un ggg-rrr-aaa-nnn admirador del pueblo judío”. Y continuó: “Aquí somos todos iguales. Todos. Lo que importa es que sepan aprovechar la espléndida fortuna de estar en este colegio, el arte que se pone en práctica para que lleguen a ser seres humanos completos, que es en definitiva la única forma que yo conozco de llegar a ser felices”.

Poblete murió en 1980. En sus palabras hay una cita (“la espléndida fortuna”) que es parte del himno del Instituto. Era, entonces, una sólida verdad.

Debería volver a serlo.

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