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¿Volver a Caracas?

No termino de acostumbrarme a la sonrisa complaciente y los trajes finos de los hermanos Rodríguez maniobrando en el poder

Mercado ambulante en Caracas, Venezuela, el 11 de enero.Matias Delacroix (AP)

Desde el 3 de enero solo tengo preguntas, tantas preguntas… He leído los artículos, reportajes, informes, hilos y columnas de opinión de los demás, y he escuchado pódcasts y análisis de todo tipo (el bombardeo también ha sido informativo), pero no termino de entender ha...

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Desde el 3 de enero solo tengo preguntas, tantas preguntas… He leído los artículos, reportajes, informes, hilos y columnas de opinión de los demás, y he escuchado pódcasts y análisis de todo tipo (el bombardeo también ha sido informativo), pero no termino de entender hacia dónde va la historia en Venezuela. Supongo que aún estoy procesando la extracción de Nicolás Maduro en una operación militar de madrugada (¿Quiénes realmente lo traicionaron y por qué hubo tanto silencio y opacidad con los más de 70 muertos y heridos que dejó la incursión?). No termino de acostumbrarme a la sonrisa complaciente y los trajes finos de los hermanos Rodríguez maniobrando en el poder (¿Cómo es el nuevo pacto-entendimiento con Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López? ¿El doble discurso le funciona a la Casa Blanca y a las bases más comecandela del chavismo?). Me dejó atónita la nueva ley de hidrocarburos, el levantamiento de sanciones para que compañías inviertan en el decrépito negocio petrolero venezolano y el fondo creado por los gringos para supervisar los recursos por la venta de barriles a quienes ellos autoricen (¿Es el fin del nacionalismo venezolano antiyanqui y la defensa de la soberanía que durante décadas recayó en el control del mene negro?). Sigo con prevenida ilusión las noticias sobre liberaciones de algunos presos políticos y la supuesta amnistía exprés que se aprobó en la Asamblea (¿Dónde quedan la verdad, la justicia y la reparación para las víctimas? ¿Con qué criterios incluyeron a unos y excluyeron a otros? ¿Y los que salieron al exilio?). Aún no entiendo la jugada de los tanqueros fantasma y la recaptura de Alex Saab (¿Cómo fue la operación con el FBI?). Celebro, eso sí, el retorno de los vuelos directos al aeropuerto de Maiquetía desde Miami, Madrid, São Paulo, Bogotá, etc. (¿Ya se terminó de saldar el pago de la inmensa deuda que el Gobierno venezolano tenía con las aerolíneas y que terminó por aislar a Venezuela del resto del mundo en los últimos años?)

Así se van sucediendo una a una las preguntas derivadas de cada suceso o anuncio, además del interrogante fundamental de esta historia: ¿Hacia dónde va el “tutelaje” de Washington en esta supuesta transición? ¿Cuáles son las señales de que el supuesto plan de tres fases de Marco Rubio culminará en una apuesta democrática que incluya también a la voluntad popular de millones de venezolanos y al liderazgo opositor (María Corina Machado entregó mucho más que el Nobel aunque anuncie su retorno al país con victoria inminente)? ¿O se trata de un mero cambalache transaccional que deja intacta toda la estructura del poder represivo y corrupto, y Venezuela será el protectorado de Donald Trump y business as usual con el precio del Brent al alza por la guerra con Irán?

A las preguntas sobre los hechos se han ido sumando las preguntas personales. En realidad, todas ellas son la misma pregunta formulada de distintas maneras. Me ha llegado a través de conversaciones espontáneas y mensajes directos de varias personas que, de manera inesperada, han vuelto del pasado para increparme —para obligarme a enfrentar mis propias dudas— en las últimas semanas.

—¿Cuándo vas a volver a Caracas? ¿Quisieras regresar?

Me escribe una vieja fuente venezolana, entusiasmada con lo que está sucediendo. Aunque no comparto su entusiasmo, creo que me gustaría volver, pero dudo que quiera quedarme como quise alguna vez. Luego me sincero conmigo misma: nunca me fui del todo. Es cierto que hace diez años no cruzo la frontera, pero mentalmente visito Venezuela con frecuencia: basta mirar por unos segundos la imagen del Ávila y la silueta del valle de Caracas con el cielo azul pantone 300 de fondo, que tengo enmarcada y colgada en una pared de mi apartamento, o la sección de mi biblioteca llena de libros sobre historia y política de Venezuela.

He seguido atenta a lo que pasa, con mayor o menor intensidad según las noticias y lo ocupada que esté con otros asuntos, otras historias, mi propio país… ¿Pero acaso Venezuela no me importa tanto o a veces más que el lugar donde nací? Supongo que regresaré en algún momento (si me dan visa), pero evito ponerle una fecha precisa al retorno. Si en diez años no he tenido ganas de hacerlo ni he caído en la mala costumbre de pensar con el deseo de que todo saldrá bien, ¿por qué me tienta tanto últimamente? Y volver, volver, volveeeeer a Caracas otra vez… me canta insistentemente la voz en mi cabeza, haciendo una ligera modificación a la letra de la famosa canción de Vicente Fernández. Volver, ¿a qué? En dos meses ha cambiado mucho y no ha cambiado nada. Ahora no, me digo.

—Todavía no—, le respondo a la fuente.

Otro periodista extranjero me envía la foto de El Coyuco, el restaurante de pollo asado que queda al final de la cuadra del apartamento donde vivía en Caracas. Empiezo a salivar de nostalgia por el sabor de un pernil jugoso y una ensalada de palmito y aguacate en esa esquina de Los Palos Grandes, donde comimos juntos tantas veces después de cubrir marchas, contramarchas, mítines políticos y de recorrer barrios, hospitales y puestos de votación.

—Los viejos tiempos— me escribe por WhatsApp, como pie de foto del restaurante.

—Los viejos y buenos tiempos— le respondo, y añado un emoji de carita feliz con ojos en forma de corazón (porque los buenos y viejos compañeros de coberturas aguantan todas las cursilerías). Me sorprende que haya regresado a Venezuela después de tanto tiempo y que no lo hayan devuelto en el primer avión al aterrizar. Me explica que, de manera milagrosa, logró viajar a Caracas para una visita relámpago gracias a una visa gestionada —quién lo hubiera creído— por el gobierno de Trump. Y en su respuesta encuentro, parcialmente, una respuesta más precisa: regresaré cuando mis amigos venezolanos, no solo los extranjeros, también puedan volver.

—¿Todavía te interesa Venezuela o la dejaste?

Me increpa uno de los pocos amigos que aún vive en Caracas y, de vez en cuando, me habla de un bar en La Pastora llamado Las Delicias, que te hubiese gustado. Nunca me ha preguntado si voy a volver. Tal vez ni se le ocurre esa posibilidad, porque él mismo quiere huir. Lo intentó hace unos años, pero la experiencia del exilio frío en Santiago de Chile fue tan sufrida o más que la vida cotidiana en Venezuela. Así que regresó al naufragio tropical. Este amigo es quien más se encarga de mantenerme informada, de recomendarme artículos (de no dejar que me olvide) y espera que sigamos comentando, a la distancia, los últimos acontecimientos aunque ninguno de los dos sepa realmente por dónde ni para dónde va la vaina con los gringos; pero sí sabemos que se mueve a un ritmo vertiginoso.

—Me interesa, claro —le contesto, pero no le digo que sigo decantando, sigo leyendo y analizando, a paso lento, muy lento, haciendo caso omiso a la insistencia de los que quieren que avance, que me mueva, que me active, que comente, que opine, que me ocupe, que concluya, que diga de una buena vez por todas si voy a regresar o no…

—¿No vas a escribir la segunda parte? ¿No te quedaron ganas?

Me escribe por WhatsApp uno de los protagonistas de Los restos de la revolución (el libro que escribí sobre Venezuela) y con el que sigo en contacto después de tanto tiempo. Tardo en contestarle. Me doy cuenta de que volver es volver a escribir, pero no quiero contar más de lo mismo: autoritarismo, injusticia, corrupción, destrucción, desigualdad, polarización, censura, exilio… Como el país está en un intermedio, en una extraña transición hacia no sabemos qué, prefiero esperar, quedarme quieta y observar las preguntas que surgen. En la pausa, sin embargo, voy encontrando una mejor respuesta:

— Me gustaría volver a Venezuela cuando realmente avance hacia el restablecimiento democrático y convoquen a elecciones libres.

Él me responde con tres palabras que, de alguna manera, recibo como una señal de aprobación del universo, la certeza de que es mejor seguir planteando interrogantes y no apresurar ni un retorno, ni una celebración o sentencia:

—Eso tiene sentido.

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