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Perú: razones de la sinrazón

Lo que acecha a los peruanos es mucho más un país asomando al descontrol que uno sufriendo un orden tiránico

José Jerí el pasado 12 de febrero en Lima, Perú. CONTACTO vía Europa Press (CONTACTO vía Europa Press)

El presidente José Jerí venía de ser defenestrado por el Congreso el martes último cuando un periodista le preguntó a su primer ministro si el flamante exmandatario haría algún pronunciamiento público. La respuesta fue, seguramente, lo más honesto e inteligente que el hombre ha dicho en ...

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El presidente José Jerí venía de ser defenestrado por el Congreso el martes último cuando un periodista le preguntó a su primer ministro si el flamante exmandatario haría algún pronunciamiento público. La respuesta fue, seguramente, lo más honesto e inteligente que el hombre ha dicho en su vida: “No cabe mayor reacción… en política, como en la guerra y el amor, lo último que debe hacer uno es dar pena”. Se contuvo de decir seguir dando pena.

Todo el elenco de la política peruana sabe que da pena. Pero los tiene sin cuidado. Si todo produce pena, nada avergüenza. Jerí se fue envuelto de la misma irrelevancia con que llegó. La presidencia peruana se ha convertido en un desquiciado juego de las sillas que refleja bien a una política que viaja sin más rienda que la del episodio y el espasmo, el susto y la intriga de último minuto. Una política vaciada de actores, reglas, programas y, diría, hasta de un elemental pudor y que, por lo tanto, se despliega como interminable cadena de exabruptos constitucionales.

Nadie pone en cintura a la política peruana porque queda muy poco de política ahí. José Jerí lo representa muy bien. No había conseguido los votos necesarios para ingresar al Congreso en 2021, pero un golpe de suerte lo sacudió cuando otro parlamentario fue inhabilitado y terminó dentro. Siendo un principiante (además, había obtenido apenas 11.000 votos) y siendo conocido por una denuncia (archivada) de violación, se alineó con la forma de operar del Congreso; un gran bazar persa donde cada necesidad particular se canjea por otras igual de particulares y, varias veces, propias de las economías ilegales e informales. En esta tómbola de sucesiones constitucionales, en octubre del año pasado Jerí terminó reemplazando a la vacada Dina Boluarte.

Su presidencia fue más de lo mismo (o quizás menos de lo mismo). Si Pedro Castillo hacía que sus colaboradores se inclinen a amarrarle los zapatos y su principal asesor guardaba fajos de dólares en el wáter de su despacho, y si Dina Boluarte recibía relojes Rólex, Jerí también se propuso disfrutar de su lotería presidencial mientras pudiera.

Lo sacudieron dos escándalos principales. Primero, apareció un video en el que acudía encapuchado a un chifa (un restaurante de comida china) cuyo propietario es un proveedor menor del Estado y, al parecer, coordinaban una serie negociados. Las explicaciones fueron —en forma y fondo— propias de un aficionado a la política.

El segundo escándalo fueron muchos. O muchas. El presidente Jerí, conocido por darle like a cuanta muchachita se cruzara en su feed —por algo se le rebautizó como Pajerí— recibía de noche a chicas jóvenes que luego, con gran fortuna, conseguían puestos de trabajo en el Estado. Incluso la hija de un general comenzó a visitarlo luego de que el padre fuese designado comandante general del Ejército. En la patria de Vargas Llosa, se habló de “Jerí y las visitadoras”. La microcorrupción, insignificancia y frivolidad de su gestión quedó graficada cuando en una reunión de despedida con su Gabinete, una de las ministras señaló entre risas: “Las fiestas que nos faltaron”.

Eso es la política peruana. La destrucción de la representación dio lugar a unos “políticos” que “gobiernan” para sí mismos en los términos más inmediatos, materiales y ligeros. No hay ideología que los refrene, institución que respeten, partido que los restrinja ni base social a la cual respondan. Esta suma de átomos libres, en ciertas ocasiones, coordina sus acciones y, en muchas otras, simplemente colapsa caóticamente. Es lo que pasó cuando la vacancia de Dina Boluarte y se repitió esta última semana tanto con la vacancia de Jerí como en la elección del nuevo presidente, José María Balcázar.

Es importante tener en cuenta que el nudo de este drama es eminentemente político y representativo. No es, como se oye a menudo, uno de diseño constitucional o de polarización ideológica.

Del lado del diseño institucional, muchas veces se refiere a la necesidad de modificar las normas que permiten la vacancia presidencial por parte del Congreso y aquella otra que faculta al Ejecutivo a disolver el Congreso. Sin negar que dichas disposiciones podrían ser mejoradas, lo real es que ellas han existido por largo tiempo en las constituciones peruanas, pero los actores sabían que se trataba de bombas nucleares a utilizar solamente en casos extremos.

Para ponerlo en números: desde que la figura de la vacancia presidencial se incorporó en la Constitución de 1823 hasta el año 2017, se habían planteado tres de estas mociones; pero del 2017 hasta hoy han sido ¡20! iniciativas de vacancia presidencial. Si a alguien le saltaron los fusibles, no fue a la disposición constitucional.

Otra forma recurrente de malinterpretar esta política peruana hecha jirones es leerla en clave ideológica. Tanto a la izquierda como a la derecha —en especial a sus voces más enganchadas al algoritmo— les encanta identificar titanes programáticos en un enjambre de pigmeos siempre dispuestos a trabajar juntos para arranchar una tajadita de algo.

Los medios de derecha peruanos han recibido la designación de José María Balcázar con pavor ante el regreso del comunismo. Es verdad que Balcázar fue elegido con una agrupación que se reclama marxista-leninista, pero ese partido ha sido uña y mugre con el fujimorismo y la derecha peruana durante los últimos años. Gran cantidad de leyes contra el manejo tecnocrático de las finanzas del país, un paquete de normas en favor de la criminalidad, una retahíla de iniciativas para petardear la capacidad regulatoria del Estado y más tropelías legislativas, fueron hechas en conjunto por la mayoría de bancadas parlamentarias sin importar su signo ideológico. Pero resulta que estaríamos a un paso de ser devorados por la dictadura comunista.

Y a la izquierda también le gusta la hipérbole. Ante la destitución de Jerí, la periodista Laura Arroyo, por ejemplo, aseguraba que nos gobierna “una hidra”, “un entramado de poderes que operan coordinados entre ellos para sobrevivir como un solo ser”. Ni coordinados, ni un solo ser, ni sobreposición de poderes. Basta ver las acusaciones al interior de la derecha respecto de quién sería responsable de la llegada al poder del “comunista” Balcázar y el pánico ante lo sucedido para subrayar, nuevamente, que no ganamos nada imaginando Gulliveres en una tierra de enanos.

Lo cual, por cierto, es distinto a proponer que los pigmeos no puedan producir mucho daño. Ya lo han generado. A pulso, pastorean el país hacia el desorden político, al establecimiento de la impunidad, la violencia criminal, la anomia social y a seguir erosionando el orden macroeconómico que alguna vez tuvimos. Pero el riesgo no es la tiranía comunista, tampoco el autoritarismo neoliberal.

Es suficiente ver quién es Balcázar. Si Jerí había sido elegido por azar con 11.000 votos, Balcázar llegó al congreso inesperadamente con 6.000, además de haber sido abogado de pederastas sentenciados y, según diversas denuncias, haber cometido varios robos cuando era decano del colegio de abogados de Lambayeque (norte del Perú). Y basta escuchar su discurso de posesión para saber que el señor es más de la misma ramplonería política, organizativa e intelectual. El epígrafe de la política peruana podría siempre ponerlo Macbeth: “Un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, sin sentido alguno”.

Lo que acecha a los peruanos es mucho más un país asomando al descontrol que uno sufriendo un orden tiránico; el riesgo reside mucho más en un tinglado de mequetrefes rotándose Ejecutivo y Legislativo para derruir el imperio de la ley en representación de la informalidad e ilegalidad, que en un proyecto absolutista de alguna ideología determinada.

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