Me dicen ‘el malo’
La muerte del rey de la salsa Willie Colón y el momento global que vive la música latina y caribeña permiten echar un vistazo a su legado de cara al momento político
Cargó con el peso de ese apodo —El Malo— toda la vida. Difícil saber si su carácter generó el mote o si el hombre creció hasta estar a la altura de esa sentencia; lo que es indiscutible es que Willie Colón —maestro del trombón, compositor e ícono de la salsa— deja un legado musical y cultural capaz de trascender al hombre. Después de todo, cuando un músico fallece,...
Cargó con el peso de ese apodo —El Malo— toda la vida. Difícil saber si su carácter generó el mote o si el hombre creció hasta estar a la altura de esa sentencia; lo que es indiscutible es que Willie Colón —maestro del trombón, compositor e ícono de la salsa— deja un legado musical y cultural capaz de trascender al hombre. Después de todo, cuando un músico fallece, se muere con él la raíz de una frecuencia, una sonoridad que ahora solo podrá continuar en nuevas manos que le impartan renovada vida y sentido.
William Anthony Colón Román nació en el sur del Bronx de padres puertorriqueños en la mitad del siglo pasado. A los 16 años —en el 1967— el poeta, compositor, arreglista, intérprete, folclorista, productor, director y maestro del trombón lanzó su primer disco titulado El Malo, junto a Héctor Lavoe, con quien con el paso de los años lograría éxitos inmortales como Che ché colé —considerado un momento clave para la popularización de la música afroantillana y la incorporación de la bomba puertorriqueña— y otros temas que al día de hoy se cantan, se bailan y son parte de la cultura como Calle Luna, Calle Sol, Abuelita, Ah, ah, oh no, El día de mi suerte, La murga, Juana Peña y Ghana’e, entre tantos otros como el insuperable Asalto Navideño que es himno de la Navidad salsera.
En la década del setenta y ochenta se insertó en el universo sinfónico con el ballet El baquiné de los angelitos negros; se desarrolló como cantante en producciones como The Good, The Bad and The Ugly (1976) y Sólo (1988) e inició su vínculo artístico con Rubén Blades que en esos años dejó clásicos discográficos como el icónico Siembra (1978). Su biografía y discografía es extensa, colaboraciones clave con Celia Cruz, numerosas giras con las estrellas de La Fania y un catálogo de más de una treintena de discos lo consolidaron como una figura indispensable en la historia de la salsa y de la música en pleno. Y, quizás, el modo en que interpretó el trombón, ese instrumento a través del cual la música puede viajar de la pena más profunda al goce más sublime, pasando incluso por el humor y el asombro, permitió que letras revolucionarias como las del compositor Tite Curet Alonso alcanzaran no solo un lugar en la conciencia popular, sino un espacio en la memoria física que se alcanza por la vía de los sentidos.
El Malo no solo fue reconocido como el autor del sonido más feroz, salvaje y genuino de lo que fue la salsa en su época de oro; sino que su voz y opiniones serían relevantes y debatidas hasta sus últimos días. Porque para buena parte de su fanaticada sería muy duro digerir que el mismo hombre que le dio un sonido único a canciones de crítica social como Pablo pueblo hubiese terminado como un acérrimo defensor de Donald Trump, declarado enemigo de las comunidades que por décadas alabaron a Colón. Sin embargo, sus críticos parecían alimentarle el deseo de ser cada vez más radical en sus comentarios en redes sociales. Siempre estuvo acostumbrado a que lo viesen como “El Malo”. Aunque, la verdad sea dicha, tampoco le faltó apoyo en sus posturas, como bien evidencian los resultados de las últimas elecciones en los Estados Unidos.
Entonces, ¿qué significa este inmenso legado musical a la luz del presente? Un momento en que la guerra cultural contra Trump pareciera ser la única respuesta posible —o cuanto menos unificadora— ante el asedio que viven los inmigrantes en este momento en los Estados Unidos y ante el hecho de que si bien la intervención estadounidense en los asuntos latinoamericanos es una constante histórica, por estas fechas y bajo las políticas de Trump, ya no hay siquiera ni los inútiles gestos de disimulo. Estilo celebrado por el mismo músico con cuya obra bailamos las penas que estas circunstancias nos generan.
Llevamos un par de semanas hablando acerca de la participación de Bad Bunny en el medio tiempo del Súper Tazón (como decían aquellas letras iniciales del espectáculo tan similares a las de las telenovelas que veía con mi mamá de niña). El evento no aguanta un análisis más, al menos, no en este momento. Me retracto; probablemente, sí lo aguanta, sobran los elementos para ello, pero uno de los peligros más grandes de ser tendencia es la rapidez con la que se deja de serlo. La inevitable desaparición del tema por extenuación, no por aquello a lo que se aspira: la permanencia de la idea. Lo vivido precisa ya de un poco de aire, del paso del tiempo y de la inserción del futuro en la conversación. Y al futuro va el legado de Willie Colón ahora y su legado es —sobre todas las cosas— su música, porque músico fue sobre todas las cosas.
Benito Antonio Martínez Ocasio es hoy por hoy el artista más cotizado del mundo, el abanderado de este momento en la cultura de la nueva oleada de difusión de la música caribeña, latina, afroantillana e hija de todas nuestras mezclas en el mundo. Y la propuesta que, verdaderamente, le ha abierto la puerta de mercados difíciles de abrir —en gran medida— ha sido justo aquella en la que el camino andado por músicos como Willie Colón le han servido de mapa y ruta. Cuando en su canción NUEVAYoL le rinde tributo al maestro con la mención que hace de su nombre, apodo y capacidad probada de “seguir dando palos”, como bien hizo en su prolífica carrera, reclama justamente eso, su música más allá de la figura.
En este momento en que la música que nace de los márgenes —la misma que en cualquier generación ha sido despreciada y criticada—, como el reguetón y en su momento la salsa, se ha convertido en portavoz primaria de una renovada mirada política a la región, merece la pena revisitar la obra de Colón a la luz del presente, quizás, aventurarse a entender en qué momento el artista y el hombre bifurcaron caminos. Ninguna ruta histórica es lineal y, tanto en la trayectoria de Willie Colón como en la historia del mundo que le tocó vivir, sobran señales para entender en qué momento el malo, que lo era por una razón, pasó a ser el malo justo por la contraria. En ese hueco hay respuestas necesarias para el futuro de cualquier eco de los movimientos políticos para los cuales buena parte de su obra fue la banda sonora.