Ir al contenido
suscríbete

Violeta soy yo

Los manuales de diagnóstico de autismo estaban hechos para niños, con ciertas características que para las niñas pasaban desapercibidas

DrAfter123 (Getty Images)

Los sesgos de género son como hongos en la cocina, aparentemente invisibles e inofensivos pero en realidad están allí enquistados, reproduciéndose y transformando todo lo que tocan. Hace un año mientras leía un artículo sobre cómo los sesgos de género han incidido en la poca atención que se le da al autismo en mujeres, mi mar interno estalló.

Llevaba varios años -o toda mi vida- sintiéndome rara en este planeta. Fui una niña buena, estudiosa, ñoña, cuidadora. Cumplía con las expectativas de g...

Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites

Los sesgos de género son como hongos en la cocina, aparentemente invisibles e inofensivos pero en realidad están allí enquistados, reproduciéndose y transformando todo lo que tocan. Hace un año mientras leía un artículo sobre cómo los sesgos de género han incidido en la poca atención que se le da al autismo en mujeres, mi mar interno estalló.

Llevaba varios años -o toda mi vida- sintiéndome rara en este planeta. Fui una niña buena, estudiosa, ñoña, cuidadora. Cumplía con las expectativas de género y por lo tanto, no llamaba la atención. Creo que ese fue el caparazón que fui armando poco a poco. Lo interno era otra cosa: una niña triste y desregulada que lloraba todas las noches a escondidas. Una niña con pánico a que amaneciera y tuviera que ir al colegio. Una niña con miedo de ser diferente. Una niña con una sonrisa algo extraña, o como decía mi hermanito “cariconejo”. Una niña explosiva y furiosa. Una niña justiciera. Esa niña aprendió a camuflar, es decir, a no demostrarse como realmente era ante un mundo que quizás no iba a entender. Tanto camuflaje cansa y llegué a mis cuarentas agotada, desolada y pensando que el problema quizás era yo.

Suponía que simplemente eran mis características y que seguramente así vivía la vida todo el mundo. Pero, poco a poco entendí que tal vez había algo más, algo que en profundidad podía explicar mi manera de sentir y procesar el mundo. Las dificultades que yo he experimentado -como sentirme drenada luego de interactuar con otras personas, la necesidad de tener momentos a solas para estallar sin ser vista, o la dificultad para entender algunas normas sociales- al parecer eran rasgos comunes del autismo en mujeres. Entendí que vivía el mundo con rabia y tristeza y que me sentía muy sola a pesar de estar rodeada de afectos.

Desde ese momento inicié mi proceso con neuropsicología y poco a poco las puertas del espectro se fueron abriendo para mi. Comprendí que los manuales de diagnóstico de autismo estaban hechos para niños, con ciertas características que para las niñas pasaban desapercibidas. No tuve resistencia interna, por el contrario, era como una carrera contra el tiempo en búsqueda de un tesoro. Y así fue, ese 2 de abril, que coincidencialmente es el día internacional de concienciación del autismo, tuve mi diagnóstico en treinta y tres páginas de explicaciones minuciosas. Soy una mujer con doble excepcionalidad: autista y altas capacidades de diagnóstico tardío. Esa es mi llave maestra.

Desde ese momento entendí que las cosas que me eran molestas y pensaba que era mi personalidad insoportable, eran en realidad gritos de auxilio de un cerebro autista. Las luces blancas siempre las odié, pero nunca asocié mis migrañas recurrentes a esto ni ningún médico o médica tampoco. Ahora uso lentes especiales y esos dolores de cabeza incapacitantes son menos frecuentes. Mi capacidad para oler como perra y mi molestia con algunos olores también está asociado a mi perfil sensorial. Esto lo entendí gracias a mi esposo, que comprendió por qué podía oler basura a kilómetros de distancia o por qué odiaba visceralmente el olor a pachulí hasta el punto de querer vomitarme. También obtuve una explicación de por qué a veces perdía la noción del tiempo cuando algo me interesaba a fondo. Podía pasar horas sin tomar agua o comer algo, pasando largos ratos escribiendo sobre aquello en lo que concentraba. Esto y mucho más, fue como abrir mi propia caja de pandora.

La primera vez que volé en avión luego del diagnóstico lo hice con cascos para insonorisar el ambiente. La sensación fue tan diferente y tranquila que entendí que era posible sentirme bien en estas situaciones y no tener que pasar largar horas regulándome luego de este tipo de eventos. Ahora uso mi girasol con orgullo, mostrándole al mundo sin vergüenza -y sinvergueza- que soy lo que soy.

El proceso no fue fácil. He tenido consultas médicas en las que me dicen que es imposible que sea autista, porque miro a los ojos o porque estoy casada o porque estudié dos carreras o porque tengo amigas o porque tengo un trabajo. Una muestra más de los sesgos operando y del capacitismo aprendido en la medicina. También hay personas que me dicen que “no lo parezco” o que “no necesito etiquetas”, quizás pensando en que esto es positivo. Si lo parezco, pero he aprendido a enmascararlo hasta quemarme. Y la etiqueta, me permite ganar terreno en un mundo que quiere ver las diferencias en capacidades como algo intrínsecamente negativo.

Lo más significativo de este proceso, ha sido entenderme como Violeta y no verla como otra persona. Soy yo Violeta, yo también necesito apoyos y cuidados para vivir bien. No necesito antidepresivos, de hecho probé de todo y nada me funcionaba porque en realidad necesitaba era un mundo que se ajustara a mi medida y no al revés.

Las mujeres y personas autistas merecemos eso que tanto y mucho más. Gracias Violeta, por ser una buscadora de llaves maestras, gracias a ti estoy viva y entiendo que el cuidado y el apoyo son parte vital de todos los seres humanos.

Archivado En