Una obra de William Gustavo ShakesPeatro
El caso de Kevin Acosta refleja la desgracia que nos está tocando vivir no solo en Colombia, sino en el mundo entero
No volveré a referirme al ministro de Salud y sus muertos (ya van tres escritos sobre el asunto, solo queda soñar que ojalá algún día la justicia lo lleve a pagar por su negligencia como máximo rector del sector y falso garante de la salud de los colombianos) pero sí tomaré como punto de partida el episodio del ...
No volveré a referirme al ministro de Salud y sus muertos (ya van tres escritos sobre el asunto, solo queda soñar que ojalá algún día la justicia lo lleve a pagar por su negligencia como máximo rector del sector y falso garante de la salud de los colombianos) pero sí tomaré como punto de partida el episodio del fallecimiento de Kevin, el niño hemofílico, para hablar sobre la desgracia que nos está tocando vivir no solo en Colombia, sino en el mundo entero. ¡Qué momento infortunado el que nos tocó! ¡Qué triste condena la que nos espera en un mundo donde no existe la vergüenza, sino relatos falaces para ocultar la penosa realidad!
Vivimos en la época del teatro y la impostura. Pero no se trata de un teatro pensado para la entretención o con un interés edificante, sino la creación permanente de escenas capaces de presentar realidades alternativas y verosímiles que son únicamente útiles para aquellos políticos que protagonizan cada pequeña obra.
El caso de Kevin es el ejemplo perfecto: un médico con especialidad en pediatría y temas cardiovasculares hace el papel de ministro de salud y cuando un menor de edad muere víctima de un grave sangrado, consecuencia de la falta de medicamentos para controlar una enfermedad que hace que la sangre no se coagule con facilidad, el ministro-actor sale al escenario y con voz de abuelo regañón culpa a la madre del menor por haber permitido que este se golpeara. Nunca se hacen las preguntas que corresponden a un ministro de salud que asume su responsabilidad como líder máximo de su sector. No indaga por qué no estaba disponible el tratamiento que hace de la enfermedad del niño algo completamente irrelevante. El ministro-actor regaña a la madre porque así le dará a su público lo que él necesita: una historia para exculpar de su negligencia.
Es una desgracia cuando los políticos no son capaces de asumir los errores, pues significa que se sienten por encima de la ley y superiores a aquellos que gobiernan. Es un gran infortunio que esos mismos políticos se aprovechen de la ignorancia de sus gobernados y vayan construyendo realidades ficticias que les ayudan a ocultar errores que llegan a ser mortales.
El ministro Jaramillo con su teatro de la hemofilia es lo mismo que el secretario de salud de los Estados Unidos, Robert Kennedy, y su teatro antivacunas. El teatro de la paz de Trump en la Franja de Gaza no tiene nada que envidiarle al teatro de Gustavo Petro y la paz total. El teatro del intento de sabotaje a Petro para justificar la salida de un general es tan vulgar como el teatro de la escasez de gas natural para justificar la compra de gas a un compadre de Petro que ahora tendrá su propio campo de explotación de hidrocarburos en Venezuela.
El teatro de los políticos, que no es más que la constante presentación de mentiras que buscan a la fuerza convertir en verdades, tiene un escenario propicio: las redes sociales. Ellas son el gran anfiteatro de nuestro drama contemporáneo, con graderías de entrada libre y una audiencia cautiva, muchas veces engatusada por grupúsculos que no hacen más que repetir el libreto preparado por los políticos que calculan cada mentira no en función de un mejor país, sino en función de su beneficio personal. Es así como Armando Benedetti es ahora socialista, Abelardo de la Espriella cristiano evangélico, los políticos de Córdoba solidarios con el pueblo cordobés y el Ministerio de Ciencia y Tecnología el Silicon Valley del Sudamérica. ¡Puro teatro! Y del malo.