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Orangután en la Contraloría General

El contralor delegado de Minas se ve muy estudioso, muy elegante, pero poco dado a hacer lo que se le encargó: cuidar el dinero de los colombianos

La Contraloría General de la República es como un orangután vestido con un esmoquin. No importa si dicho traje fue comprado en Hugo Boss y se confeccionó a su medida. No cambia nada si peinan con más o menos gel al inocente orangután o si le aplican unas goticas de perfume para hacerlo más ‘presentable’. Nada es distinto por más que junto al orangután pongan a los mejores...

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La Contraloría General de la República es como un orangután vestido con un esmoquin. No importa si dicho traje fue comprado en Hugo Boss y se confeccionó a su medida. No cambia nada si peinan con más o menos gel al inocente orangután o si le aplican unas goticas de perfume para hacerlo más ‘presentable’. Nada es distinto por más que junto al orangután pongan a los mejores profesionales y a las mujeres más bellas. Ni la elegancia, ni los afeites harán del orangután más de lo que ya es: un primate inteligente (para ciertas cosas), pero incapaz de ajustarse a las normas que impone nuestra humana civilización.

He tomado prestado el símil del orangután al profesor James Robinson, ganador del Premio Nobel de economía en 2024, quien estuvo la semana anterior en Bogotá dictando una brillante cátedra sobre las raíces fundamentales del desequilibrio político, económico y social en América Latina. El profesor Robinson usó el ejemplo del orangután para explicar que en Colombia hay unas normas y un marco legal claramente definido que de cumplirse harían de la nuestra una sociedad óptima, pero infortunadamente estamos rodeados de orangutanes que se burlan de las leyes y hacen con ellas lo que se les da la gana, normalmente para obtener algún beneficio.

El marco legal de la Contraloría General de la República es claro. Según la Constitución, la entidad debe vigilar la gestión fiscal de las organizaciones y entidades del Estado. Y uno cree que en la Contraloría se dedican honestamente a esa labor hasta que se encuentra con el abominable caso de los 42 millones de dólares que regaló el presidente de Ecopetrol a su ex patrón y que ahora desde la Contraloría delegada para minas y energía justifican sin haber indagado absolutamente nada.

El informe firmado por el contralor Germán Castro es una sinfonía al trabajo de control fiscal hecho sin ganas de hacer control fiscal, si no, ¿de qué otra forma se puede entender que las únicas pruebas y documentos consultados por el contralor Castro para emitir su dictamen fueron los que le entregaron desde Ecopetrol? ¿Esperaba el genial contralor que Ecopetrol le entregase todas las pruebas que demuestran la mala fe con la que se autorizó el pago de los 42 millones de dólares que fueron a parar a manos del ex jefe de Ricardo Roa y su pareja sentimental?

Es tan evidente que la misión del contralor Castro era la de no encontrar nada sospechoso en el multimillonario pago hecho a William Vélez que, por ejemplo, nunca contrastó las cifras del informe espurio hecho por un supuesto “perito independiente” -pero pagado por el Ecopetrol de Roa- para justificar una inexistente deuda. De hecho, el contralor nunca revisó los estados financieros de Termomorichal que evidencian que la deuda apenas superaba los 200.000 dólares. Además, el contralor nunca buscó a quienes firmaron el contrato original y, como máximo detalle del soberano descaro, afirma en su análisis que el contrato tipo BOOMT - acrónimo que significa Built (Construir), Operate (Operar), Own (Poseer), Mantain (Mantener) y Transfer (Transferir) – no era un contrato “puro” y que por ende se justificaba tener que pagar al final del mismo la multimillonaria suma. Algo así como si yo como arrendador de un apartamento me inventara que el contrato de arriendo no es un “contrato puro” y decido incrementarle el canon mensual a mi inquilino un 300%.

El contralor Castro es un perfecto orangután con esmoquin: muy estudioso, muy elegante, pero poco dado a hacer lo que se le encargó, algo tan sencillo como cuidar nuestra plata.

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