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Urban Sketchers Bogotá: el colectivo de dibujo que ilustra las transformaciones urbanas de la capital colombiana

El movimiento reúne a principiantes y expertos que usan sus trazos y bosquejos como una herramienta de apropiación de la ciudad. “Me sirve mucho para reconocerla, recorrerla y darme cuenta de que no es tan insegura como dicen”, dice uno de sus integrantes

En la bolsita de tela que lleva al hombro, Alba Yudith Rodríguez carga pinceles, rapidografos, lentes, esferos, marcadores y un pequeño rociador a medio llenar para humedecer las hojas de su libreta cuando pinta con acuarelas, que también carga. Lleva, además, al menos una decena de cuadernos de todos los tamaños, repletos de dibujos de paisajes urbanos de ciudades de todo el mundo, aunque hay una que destaca: Bogotá. Allí nació Rodríguez hace 71 años, pero tras graduarse de diseño gráfico en la Universidad Nacional, se fue 40 años a Caracas. Hace ocho regresó a la capital colombiana y dice que el dibujo ha sido la mejor manera de reencontrarse con una ciudad a la que recordaba más por estigmas que por memorias gratas. “Me sirvió como catarsis para volver a conocerla”, dice, mientras de su diadema de tela naranja escurren un par de gotas por la lluvia.

Obligados por el agua a refugiarse bajo el techo de un café del centro de Bogotá, el grupo de 25 dibujantes del que forma parte Rodríguez termina sus bocetos del Parque de los Periodistas, una plaza de ladrillo a pocas cuadras del centro histórico de Bogotá. Todos pertenecen al capítulo bogotano de Urban Sketchers, un movimiento mundial que reúne a principiantes y expertos en torno al dibujo urbano como herramienta de apropiación de la ciudad. “Detenerse por una o dos horas a observar, pensar y dibujar un sitio genera en cada persona sensaciones distintas. Así conocemos, nos apropiamos y contextualizamos la ciudad”, dice Carlos Hernández, arquitecto, artista plástico y codirector de Urban Sketchers Bogotá.

A Rodríguez le ha ayudado a perderle el miedo de recorrer zonas que antes evitaba y a conocer lugares que de joven nunca visitó: la localidades de Kennedy o Ciudad Bolívar, al occidente y sur de la capital, humedales o la antigua estación del tren de la sabana. “Me sirve mucho para reconocer la ciudad, recorrerla y darme cuenta de que no es tan insegura como dicen”, asegura, mientras muestra sus dibujos.

El grupo bogotano surgió hace ocho años, después de que Hernández y Mayerly Cuta, la otra codirectora, se quedaran sin espacio de dibujo urbano tras el cierre del que participaban. Abarca artistas, arquitectos y diseñadores, pero también personas que hicieron su último dibujo cuando eran niños. “Uno como habitante, muchas veces no mira, no observa, no se detiene. Queríamos generar ese tipo de espacio en Bogotá y el dibujo lo permite”, dice Hernández. Para él, dibujar en la calle, en medio del ruido y la gente, invita a conectar con la ciudad y a “volver a quererla”. “La idea es generar inquietudes sobre sus dinámicas y sus cambios. Es una semilla para amar a Bogotá”, agrega.

De gabán gris, bufanda de tonos azules y gorra del mismo color, Camilo García termina su dibujo: el costado suroccidental del parque, como quien lo mira desde la Avenida Jiménez que sube hacia los cerros. Usa esfero azul y terracota y dice que estos dibujos “capturan un instante irrepetible”: “Las ciudades nunca son las mismas, así como uno no se baña dos veces en el mismo río”, dice. Eso adquiere especial relevancia al pensar en el “crecimiento vertiginoso” de Bogotá y en la transformación urbana sin precedentes que vive hoy. “Hay edificios que yo pisé cuando era más joven que ya no existen. La casa donde yo crecí, ahora es un edificio lleno de locales, entonces el dibujo permite retratar un momento en el tiempo”, afirma.

Generar ese archivo de memoria es clave para Hernández, quien recuerda con nostalgia y algo de rabia que, como arquitecto, ha presenciado los cambios, según él desordenados y sin planeación, de la ciudad. Antes de que comenzaran las obras del metro y poco antes del Estallido Social de 2021, el grupo visitó el monumento de Los Héroes, en el norte. “Fuimos, lo dibujamos, reflexionamos sobre ese lugar y capturamos ese momento. Nos llevamos una historia de ese sitio, que hoy ya no existe, pero tenemos esa historia registrada”, dice.

El proyecto no solo ha acercado a la ciudad a quienes nacieron en ella, sino también a quienes llegaron de otras partes del país o del mundo. Claudia Morales, economista de profesión, llegó hace dos meses desde Pereira. “Yo no me quería venir”, dice. “Me parecía gris, fea, nunca me había gustado, además el Eje Cafetero es muy lindo, entonces era como salir del paraíso”, agrega. Terminó en la capital por proyectos personales y familiares y, además de su esposo, no tenía mucha gente con quien compartir. Había participado antes en el grupo de Urban Sketchers en Pereira y al llegar a Bogotá buscó al grupo capitalino. “Esta ha sido una manera de aterrizar y de sentir que esta ciudad también me pertenece”, asegura Morales. En poco tiempo, el grupo se convirtió en una red de amigos y le ha permitido “encontrarse” en una ciudad que antes la espantaba. “Fue un regalo de la vida”.

Algo parecido le ocurrió a Svetlana Romero. Nació en Moscú hace 60 años, pero vive en Bogotá desde hace 30. Ya consideraba la capital como su hogar, pero dibujarla, una actividad que comenzó hace un año y medio, la ha acercado aún más. “Me ha hecho darme cuenta de que tiene cosas muy bonitas; se ve otra cara de la ciudad que a veces uno no percibe”, dice.

Ana María Poveda, otra de las participantes, lo resume bien: “La burbuja donde yo crecí era muy limitada; para mí Bogotá eran tres cuadras. Ahora son como 27 universos diferentes que cambian cuadra a cuadra”, asegura riendo. Recorrerla, observarla y dibujarla, agrega, “genera una sensación de pertenencia mucho mayor y uno se enamora más de ella y le importa más lo que le pasa a la ciudad y a su gente”.

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