Cisma en la secta
Nadie ha hecho tanto por la oposición como los propios morenistas, y no parece que vayan a parar
Si la semana pasada advertimos en este espacio que se avecinaba el pleito del oficialismo contra sí mismo, los días recientes solo han confirmado lo que ya podemos calificar como una división abierta en la secta lópezobradorista. Con cierta sorpresa asistimos a la demolición de un movimiento de carácter marcadamente fanático construido en torno a una persona que -se supone- ha dejado el po...
Si la semana pasada advertimos en este espacio que se avecinaba el pleito del oficialismo contra sí mismo, los días recientes solo han confirmado lo que ya podemos calificar como una división abierta en la secta lópezobradorista. Con cierta sorpresa asistimos a la demolición de un movimiento de carácter marcadamente fanático construido en torno a una persona que -se supone- ha dejado el poder. Como ocurre en toda secta religiosa, los devotos se disputan ahora el derecho a ser los herederos legítimos del legado: los únicos depositarios de la mirada bienhechora del líder, los recipientes de su palabra clara y bendita, los apóstoles encargados de escribir los evangelios de su paso por esta noble patria.
La pelea por las candidaturas era un conflicto anunciado y previsible, ahora hay que sumarle las batallas campales típicas de los movimientos radicales: puristas contra reformistas. Un libro ha encendido las alarmas en el movimiento y ya resuenan los gritos: traición, comienza la noche de los cuchillos largos, las fuerzas conservadoras regresan, hay vendidos, es hora de resistir en defensa del “legado”… ¡No pasarán!
El detonante ha sido Ni venganza ni perdón, de Julio Scherer Ibarra (debo aclarar a los lectores que mantengo con el autor un vínculo familiar y afectuoso). El volumen, que apenas llega a las librerías, se ha convertido en el tema dominante de los comederos políticos. Se trata de un texto llamativo porque contiene lo que en la jerga se conoce como “carnita”: revelaciones y señalamientos graves contra figuras que ejercieron una influencia decisiva durante el lópezobradorato. Entre ellas destacan personajes como Ramírez Cuevas, Bartlett, Gertz Manero y Adán Augusto López. No son secundarios: el daño que infligieron al país es incalculable y hoy, en primera instancia, es Claudia Sheinbaum quien padece las consecuencias de muchas de sus decisiones.
El exconsejero jurídico no es un advenedizo del movimiento; estuvo en las buenas, en las malas y en las muy malas. Difícil ganarle en lealtad retrospectiva. Pero la epopeya ya terminó y ha llegado el momento de dejar los testimonios para la historia. Y, claro, no todo fue luminosidad. Las zonas oscuras son amplias, las fallas más numerosas de lo que se admite públicamente, la fraternidad nunca fue la norma y, aunque en el libro predomina el cariño sobre el análisis hacia quien fue su jefe, quedan muy claras las limitaciones y los delirios del líder.
Stefan Zweig, en Castellio contra Calvino, describe a uno de los personajes cercanos al líder cismático, Guillaume Farel, de una manera que recuerda mucho al López Obrador retratado en el libro: “Siendo como es un espíritu puramente destructivo, solo sabe crear un espacio vacío para lo nuevo, pues un revolucionario callejero no puede realizar nada espiritualmente constructivo. Con la destrucción, su misión ha finalizado. Para ocuparse de la reconstrucción, ha de surgir otro”. En este caso sería otra, pero es evidente que la herencia recibida es, sobre todo, un vacío. Y por eso se pelean.
Pero si el texto de Scherer Ibarra provocó el desgarre de vestiduras entre los puristas del chairismo, el despido de Marx Arriaga —un burócrata oscuro y peligroso— de la SEP no se quedó atrás. Lo del exconsejero jurídico parece poca cosa comparado con los llamados del defenestrado a construir “un poder popular de tal magnitud que no quede una sola piedra” de esa institución, a la que calificó de corrupta y a la que se negó a abandonar. Mientras tanto, en Campeche, la gobernadora Layda Sansores le espetó a Ricardo Monreal que “arregle su chiquero”, y Monreal le advirtió a su hermano Saúl que “ve la tempestad y no se hinca”.
Nadie ha hecho tanto por la oposición como los propios morenistas, y no parece que vayan a parar. Como bien se sabe, las guerras civiles son las más cruentas, los pleitos familiares los más despiadados y las disputas entre miembros de la misma secta suelen ser a muerte.
Ni venganza, ni perdón: puro odio.