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PIB: 3% o 1,3% en 2026, haga sus apuestas

No se trata de un debate entre economistas. Constituye la diferencia entre un país próspero y uno estancado, con obvias consecuencias para la mayoría de sus ciudadanos. Y en términos políticos, las implicaciones son enormes

¿Vaso medio lleno o vaso medio vacío? Los resultados económicos de 2025, primer año del sexenio, llevan a los pesimistas, es decir, a los críticos del Gobierno, a pronosticar un segundo año de penurias; a los optimistas, Morena y aliados, por el contrario, un repunte firme del crecimiento. La prensa de oposición cita a expertos económicos que han previsto un magro desempeño de apenas 1,3% para el año que está comenzando. La Secretaría de Hacienda presentó este martes un ambicioso programa de inversión pública y aseguró que el país habrá de crecer entre 2,5 y 3,0%.

¿A quién creer? El debate es importante, aun cuando a la mayoría de los lectores las diferencias puedan parecer nimias. No lo es. Por un lado, el crecimiento de la población en el país es de alrededor de 0,7% al año. En estricto sentido necesitamos crecer justamente eso para no retroceder. Ampliar la producción que genera el país en 3% equivale a cubrir varias veces eso. Un país que pueda enlazar 5 o 6 años de una expansión con una tasa de crecimiento de esa magnitud habrá cambiado las condiciones de vida de la población en menos de una generación, particularmente si van acompañadas de medidas redistributivas.

Así pues, no se trata de un debate entre economistas. Constituye la diferencia entre un país próspero y uno estancado, con obvias consecuencias para la mayoría de sus ciudadanos. Y en términos políticos, las implicaciones son enormes. El Gobierno de la 4T ha demostrado que es capaz de hacer un mejor reparto del pastel; pero hasta ahora no ha tenido éxito para hacer crecer ese pastel. De no lograrlo tarde o temprano fracasará, porque sin el aumento de la riqueza de un país no hay manera de sacar de la pobreza a la población, objetivo primordial de este movimiento político.

Todo eso es lo que está en juego. ¿Cuál de los dos pronósticos tiene mayor posibilidad de cumplirse? La verdad es que en un mundo sacudido por los manotazos de Donald Trump y los suyos, toda previsión tendría que ser asumida con precaución, pero si hubiera que apostar lo haría por el escenario optimista. ¿Por qué? Los resultados del último trimestre del año sorprendieron a todos. Se había proyectado un crecimiento de 0,9% con respecto al mismo trimestre del año anterior, pero fue casi del doble: 1,6%. Aunque aún modesto, revirtió la tendencia que veníamos experimentando a lo largo del año.

Pero, sobre todo, destacan las razones que explican súbitamente este repunte. Las exportaciones industriales no automotrices crecieron 27,2% en este último trimestre. Todo indica que después de las tormentas arancelarias, y más allá de la verborrea de la Casa Blanca, resulta que México sí es la opción para que Estados Unidos reduzca la importación de algunas mercancías procedentes de China. En 2025 México rompió récord de exportaciones al mercado norteamericano, gracias a un incremento de 7,6% en un año. Todo indica que esa tendencia seguirá vigente. El desafío para México es cómo explotar este fenómeno y convertirlo en un detonante del resto de la economía en su conjunto.

La respuesta del Gobierno se dio este martes. Hacienda anunció un enorme y ambicioso plan de inversión pública y mixta por valor de 5,9 billones de pesos en el periodo 2026-2030 (el presupuesto del Gobierno en un año es de alrededor de 10 billones de pesos). Con ello intenta asegurar los requerimientos de energía y comunicación para la expansión económica de los próximos años.

Es también el guiño más realista hacia el sector privado, hasta ahora, para incentivar la inversión empresarial que ha estado empantanada desde hace tiempo. El plan presentado anuncia nuevas formas de coinversión entre sector público y sector privado, a través de 1500 proyectos puntuales.

Enrique Quintana, director del diario El Financiero, se ha referido a este planteamiento como una muestra de que el Gobierno entiende que la infraestructura no es solo obra pública, sino plataforma de crecimiento. “Atraer inversión privada no se logra con invitaciones, sino con reglas, proyectos bancables y un Estado que cumpla… Si esas piezas embonan, la inversión puede recuperar tracción, y con ella, el ritmo de la economía. Si no, las cifras quedarán como una promesa más en el archivo de los planes ambiciosos”.

No hay ninguna garantía de que el objetivo vaya a cumplirse. Pero hay un contexto internacional favorable y una propuesta concreta para explotarlo. Aquí he sostenido que Claudia Sheinbaum es un verdadero CEO de la administración pública profesional, izquierda con Excel. Si hay una oportunidad de conseguir una puesta en común para un modelo de crecimiento con distribución aceptable para México, es ahora. Los empresarios parecerían dispuestos, pero tienen objeciones; el gobierno explora esquemas para desvanecerlas dentro de un contexto “primero los pobres, por el bien de todos”. El tiempo dirá si lo consigue.

Este miércoles, Jorge Castañeda acusó de ilusorias, poco duraderas o francamente falsas las versiones optimistas del Gobierno de la 4T. Si no tengo razón, afirmó “me inmolaré en la hoguera de la autocrítica. Espero que mis colegas actúen de manera correspondiente si acontece lo contrario”.

Es un buen reto y perfectamente medible, más allá de gustos personales: ¿1,3% o 3% de crecimiento este año? ¿A cuál nos acercaremos más? Propongo que para enero de 2027 hagamos cuentas y las inmolaciones correspondientes.

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