Nombrar este idioma en el que escribo. Amaxän
No es lo mismo llamar a este idioma “español” en Los Angeles que en Barcelona, usar esa palabra no despliega siempre las mismas implicaciones
La pregunta vuelve a surgir una y otra vez. ¿Cómo lo llamas? ¿Castellano o español? Cada vez me resulta más difícil darle un nombre a este idioma en el que escribo. Nombrarla no es siempre un acto inocente, cada nombre acarrea una red de connotaciones muy distintas. No es lo mismo llamar a este idioma “español” en Los Angeles que en Barcelona, usar esa palabra no despliega ...
La pregunta vuelve a surgir una y otra vez. ¿Cómo lo llamas? ¿Castellano o español? Cada vez me resulta más difícil darle un nombre a este idioma en el que escribo. Nombrarla no es siempre un acto inocente, cada nombre acarrea una red de connotaciones muy distintas. No es lo mismo llamar a este idioma “español” en Los Angeles que en Barcelona, usar esa palabra no despliega siempre las mismas implicaciones, depende de quién lo diga y en dónde lo diga. Con “castellano” sucede lo mismo.
En mi primer idioma, el mixe, la lengua en la que escribo esta columna se llama amaxän, está etimológicamente conformada por ää (boca/palabra/idioma) y “maxän”. Antes de explicar el significado de esta segunda forma, es importante decir que maxän se encuentra también en la palabra que usamos para nombrar la viruela (maxänpu’uts), de modo que el nombre de este idioma en el que escribo está indisolublemente relacionado con el nombre de una de las enfermedades más mortíferas para la población nativa del continente en el que nací. Maxän se usa en muchas ocasiones para referirse a temas delicados, al mundo de lo sagrado o a objetos que pertenecen a él. ¿Se habrá elegido esta palabra porque era la lengua de los frailes misioneros quienes hacían alusiones constantes a su propio mundo sagrado con la intención de convertirnos a la religión católica? Diferentes personas ha explorado otras posibles explicaciones, lo que quiero apuntar es que éste fue el primer nombre con el que llamé a esta lengua en la que ahora redacto estas líneas.
No podía hablarlo aún, pero sabía que se llamaba así: amaxän. En otras lenguas mesoamericanas, se echa mano de un préstamo, por ejemplo, el diccionario del zapoteco de San Lucas Quiaviní consigna que el nombre del idioma en el que ahora escribo es dizh xtill, la primera parte, dizh, significa “palabra” y xtill es un préstamo, es la adaptación al zapoteco de la palabra “Castilla”. En los inicios del proceso colonialista, no existía el actual Estado español y una de las lenguas peninsulares que llegó con las guerras de conquista era la lengua de Castilla. “Siempre la lengua fue compañera del imperio”, recuerdo en este punto las famosas palabras de Antonio de Nebrija en el prólogo de su Gramática castellana publicada precisamente en 1492 y dedicada a Isabel la Católica. Aún ahora, en ciertas partes de Oaxaca, la entidad federativa en la que vivo, es común escuchar a personas mayores usar la frase “¿hablas Castilla?”.
Cuando comencé mi proceso de escolarización me enteré de que esta lengua que ahora tecleo se llama “español”; eso decía la portada de uno de los libros de texto que nos entregaban cada año al inicio del ciclo escolar. En mi contexto, llamarle “castellano” se vinculaba con el habla de gente mayor, el sistema escolar reforzaba “español” y así le llamábamos mayoritariamente. Años más tarde, cuando comencé a hacer estudios de filología hispánica, un profesor nos advirtió que de ahí en adelante usaríamos la palabra “castellano” solo para referirnos a la variante de lengua derivada del latín que se desarrolló en el territorio conocido como Castilla, en cuanto esta variante se extendió a otros territorios con el proceso de colonización, había dejado de ser castellano y se había convertido ya en “español”, como si se tratara de un asunto de mejora. Según este profesor, Rodrigo Díaz de Vivar, el cid campeador, había hablado castellano, pero la lengua que yo había aprendido en las aulas era ya “español”. Bajo su indicación, tuve que usar la palabra “castellano” solo para referirme a una de las etapas históricas del “español”.
Con todo este contexto, siempre supe que nombrar la lengua en la que ahora escribo no era una tarea fácil, siempre ha habido presiones. Sabía también que llamarla “español” trae los dados cargados pues implica ignorar que en el territorio que cubre el actual estado español existen distintos idiomas, no hay uno solo; en este contexto entendí que es importante nombrar la lengua en la que ahora tecleo como “castellano” para ligarla a la zona en la que surgió y hacer patente que existen otras lenguas dentro de ese territorio que ahora llaman España. Por otro lado, me es complicado imaginar la relación identitaria que hay entre la gran variedad de sistemas lingüísticos con una región como Castilla. ¿Qué tiene que ver la lengua que se habla en Puerto Rico con Castilla? ¿hasta qué punto podemos sostener que el bello andaluz, con su entonación y sus características fonéticas, es de Castilla? ¿es castellana la lengua que habla la población migrante en California que es asediada por el ICE? ¿qué cercanía hay entre todas estas experiencias lingüísticas y Castilla?. A menudo, “español” y “castellano” me quedan ya muy cortos para poder nombrar a este gran conjunto de sistemas lingüísticos que se hablan en las Islas Canarias, en Logroño, en Chiloé, en Managua, en Fresno California o en Santiago de Cuba. Cada que intento nombrar a todo este conjunto de sistemas lingüísticos de alguna manera, me estoy adscribiendo a una serie de presupuestos políticos de los que no siempre estoy consciente. ¿Ha llegado el momento de postular un nuevo nombre para llamar a toda esta variedad de sistemas lingüísticos?. Por lo pronto, me paso a la lengua mixe en donde solo tengo la opción de llamarla “amaxän”.