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Muere Pedro Friedeberg, maestro mexicano del surrealismo

El artista ha fallecido este jueves en su casa de San Miguel de Allende a los 90 años, ha confirmado su familia

Pedro Friedeberg y su obra en una imagen compartida por la Secretaría de Cultura.Secretaría de Cultura
México -

México se queda sin uno de sus maestros surrealistas más conocidos. Pedro Friedeberg ha fallecido este jueves en su residencia de San Miguel de Allende, Guanajuato. La muerte ha sido confirmada por la familia del artista mediante un comunicado publicado en las redes sociales. “Pedro murió rodeado de su familia, con mucho amor y en paz (...) Su obra y su espíritu creativo dejan un legado inmenso”, aseguran sus familiares en el texto. Friedeberg, quien alcanzó niveles de culto en las últimas décadas, murió a los 90 años sin que se conocieran las causas de su deceso.

Nacido en Florencia (Italia) en 1937, Friedeberg llegó a México a los siete años, junto a sus padres judíos, huyendo de la Segunda Guerra Mundial. Desde pequeño mostró interés por el arte. Comenzó sus estudios en la Universidad Iberoamericana como arquitecto, carrera que cambia después por las artes plásticas, motivado por la libertad que el arte le ofrecía y tras conocer a Mathias Goeritz, un artista y arquitecto mexicano famoso dentro del movimiento vanguardista. A sus 22 años, tuvo lugar su primera exposición en la Galería Casa Diana, apoyado por la también artista surrealista Remedios Varo.

Su talento lo llevaría más tarde a ser parte de Los Hartos, un grupo encabezado por su amigo Goeritz, que en su manifiesto mostró su rechazo a “la pretenciosa imposición lógica y de la razón, del funcionalismo, del cálculo decorativo y, desde luego, de toda la pornografía caótica del individualismo”. Los Hartos, cansados de “la glorificación del yo” y de la excesiva intervención del artista, buscaban “empezar otra vez y desde abajo” para “desinflar el arte”. Para ellos, esto pasaba por obras que respondieran a un servicio, es decir, un “acto abnegado basado en una ética natural, fuera de toda lógica”.

En 1961, cuando el grupo irrumpió en la escena con una exposición en la Galería Antonio Souza, Friedeberg brilló con La mesa inútil o antifuncional, una pieza de cristal redondo que tenía por base unas patas ondulantes que se burlaban de los diseños racionalistas. Más allá de una utilidad, se plantaba como una rebelión del artista que, en esa misma línea, firmaba como “harquitecto”. En una entrevista con este diario en 2021, el escultor afirmaba que sus piezas eran “mitad animal, mitad columna, mitad acordeón”. “Hay que usar un poco de todo, hay que ser ecléctico”, sostuvo. Sus creaciones no se detuvieron a lo largo de su vida, pero fue en 1962 que llegó su trabajo más famoso: La Silla mano, donde representa en caoba una palma que funge como asiento, mientras los dedos funcionan como respaldo y reposabrazos.

La popularidad de esa pieza fue tal que se volvió una aspiración de coleccionistas y le valió un reconocimiento de André Bretón. Jeanne Moreau, Roman Polanski y Arnold Scaasi son algunas de las personas que, atraídas por la excentricidad del diseño, también buscaron tener la silla mano concebida por Friedeberg. De una idea proyectada para algunas piezas, la silla mano fue reproducida miles de veces, para disgusto del artista. “Mientras traiga dinero la sigo haciendo. Pero me parece una especie de prostitución”, dijo.

Su trabajo destacó por ir en contra de las formas convencionales, lo que le ganó la reputación de extravagante. A través de líneas, patrones, colores, motivos religiosos y figuras geométricas, Friedeberg buscó siempre ir en contra de las modas y alejarse de lo burgués. “Yo soy el opuesto del minimalismo”, mantuvo. Un enamorado de la arquitectura, como él mismo se definió, se mostró contrario a los diseños contemporáneos y prefería los del pasado. “Esos edificios de 50 pisos de cristal, que los tienen que estar lavando y puliendo, es mucho menos funcional que un palacio”, comentó en alguna ocasión. Sus obras se expusieron en la Carstairs Gallery en Nueva York, la Galerie Villa André Bloc en París, el Palacio Foz en Lisboa y la Galerie Carroll en Múnich. También representó a México en diversos espacios artísticos como la Cuarta Bienal de París en 1964, la Tercera Bienal Americana de Arte en Córdoba (Argentina) en 1968 y la X Bienal de Sao Paulo en 1970.

Hace 10 años, para la celebración del 30 aniversario del Museo Franz Mayer en Ciudad de México, se inauguró La casa irracional, una exposición de la obra de Friedeberg que hacía una revisión inédita compuesta por más de 200 piezas que provenían de su archivo personal y de colecciones privadas. En una conversación con Cristina Pacheco, el artista se mostraba contento pero también avergonzado por volver a ver sus “errores”. “Uno piensa ‘mejor hubiera hecho esto en vez de aquello. Y luego muchas de esas cosas son de muy mal gusto, porque a mí me fascinaba el mal gusto”, señaló en tono sarcástico. Para él, el “mal gusto” era lo opuesto al “buen gusto”, pero como nadie sabía qué era esto último, el “mal gusto” no existía.

Ganador de la Medalla de Bellas Artes en 2012, las piezas de Friedeberg se exhiben alrededor de todo el mundo, desde el Museo del Louvre en París (Francia) y el Museo Cavallino en Brescia (Italia), hasta el Museo de Arte Moderno en Tel Aviv (Israel), pasando por el Museo Omar Rayo en Roldanillo (Colombia), la Casa de las Américas en La Habana (Cuba) y el Museo de Arte Moderno en Nueva York (EE UU). Su muerte deja un vacío en el arte surrealista mexicano, pero su legado permanece como huella de su enorme talento.

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