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Las seis ofrendas que iluminan el legado de Moctezuma Ilhuicamina

Los investigadores del Proyecto Templo Mayor rescatan seis cajas de piedra con decenas de estatuas de piedra verde, vestigios de las conquistas del rey azteca

Ofrenda de consagración de la época de Moctezuma Ilhuicamina, en la Zona Arqueológica del Templo Mayor, en Ciudad de México.INAH

El Templo Mayor de Tenochtitlan, en el corazón de la actual Ciudad de México, sigue dando sorpresas al mundo contemporáneo, ajeno a algoritmos y pantallas, a su tiempo, sin prisas. Esta semana, el director del proyecto arqueológico que trabaja en su rescate y conservación, Leonardo López Luján, presentaba junto a su equipo los últimos hallazgos de las excavaciones, un conjunto de seis ofrendas con decenas de estatuas de piedra verde, consagradas a la gloria de uno de los grandes reyes mexica, el tlatoani guerrero Moctezuma Ilhuicamina, protagonista de la expansión imperial azteca en la segunda mitad del siglo XV.

Núcleo ceremonial del pueblo mexica, que dominó buena parte de lo que hoy es el centro y el sur de México, entre principios de los siglos XIV y XVI, el Templo Mayor no ha dejado de alegrar a la arqueología mundial desde su redescubrimiento, hace ahora 48 años. Caído en desgracia durante la conquista –sus piedras usadas para construir la catedral metropolitana– los restos de la pirámide emergieron siglos después, en medio de una ciudad que aceleraba hacia la modernidad. Mientras los carros se apoderaban de calles y avenidas, los arqueólogos tomaban sus herramientas de dentista para arrancarle a la tierra vestigios del pasado.

Sede de dos templos dedicados a las deidades principales de los aztecas, Tlaloc y Huitzilopochtli, la gran pirámide, que llegó a medir alrededor de 40 metros, y el resto de edificios rescatados, han permitido a los investigadores vislumbrar el funcionamiento de la realeza mexica, sus ritos y preocupaciones. Las nuevas ofrendas, descubiertas en los últimos tres años, iluminan el legado del primer Moctezuma –el otro, Xocoyotzin, sería el que conocería a Hernán Cortés, medio siglo después. Halladas en los cuatro costados del viejo templo, bajo enormes cabezas de serpiente hechas de basalto, las ofrendas consagraron la expansión del mismo templo, que los aztecas ampliaban añadiendo capas de tezontle, estuco y otras piedras.

“Motecuhzoma I fue nieto de Acamapichtli, fundador de la dinastía real de Tenochtitlan, y también sobrino de Itzcóatl, soberano que independizó a los mexicas del imperio tepaneca y que creó la última de las triples alianzas con Texcoco y Tlacopan, también conocida como imperio mexica”, explica López Luján, en entrevista con EL PAÍS. “A Motecuhzoma I le tocó organizar el estado mexica y emprender las primeras guerras de conquista más allá de las montañas que rodean la cuenca de México. Llevó por primera vez las fronteras del imperio hasta las costas del Golfo de México. Igualmente, agrandó los dominios hacia el sur, a buena parte de los actuales estados de Guerrero y Oaxaca”, añade el arqueólogo.

En esas campañas por el sur, del lado de Guerrero, los mexica hallaron las estatuas que han aparecido en este grupo de ofrendas, las últimas de las más de 200 rescatadas desde el inicio de los trabajos arqueológicos, en 1978. De las seis, las últimas dos han aparecido en los últimos meses. Las estatuas de las ofrendas son de estilo Mezcala, en referencia al nombre del señorío que funcionó en el norte de Guerrero, Morelos y el Estado de México, hasta el siglo IX. “Estos señoríos del norte de Guerrero eran ricos en minerales (ocre, alumbre) y textiles de algodón, exclusivos de la nobleza, por eso los codiciaba Motecuhzoma y por eso los conquistó”, sigue López Luján.

Las estatuillas sirvieron para las ofrendas, rendidas a Tláloc, dios de la lluvia y la prosperidad. Por eso, además de las figuras, los arqueólogos han encontrado miles de caracoles y conchas, cetros en forma de serpiente, bolas de copal, dientes de pez sierra, semillas de chile y calabaza, etcétera. “Es decir”, sigue el director del Templo Mayor, “que cada caja encierra un grandísimo tesoro: el agua y la fertilidad necesarias para las buenas cosechas”, añade. Colocadas bajo enormes cabezas de serpiente, cada una de alrededor de una tonelada de peso, “las ofrendas consagraron la nueva ampliación del Templo Mayor, pirámide que, en náhuatl, también era conocida como Coatépec o ‘Cerro de las Serpientes’”, sigue el arqueólogo.

Las decenas de figurillas de las seis ofrendas, muy codiciadas en el mercado negro durante décadas, forman parte de una colección de cientos, todas parecidas, todas de ofrendas consagradas a las ampliaciones del templo que ordenó hacer Moctezuma Ilhuicamina, símbolo de la expansión del imperio. “Las usaron en una ceremonia verdaderamente espectacular”, dice López Luján, que el otro día, durante la presentación del hallazgo, añadía: “Imaginemos lo espectacular que fue aquello, decenas de sacerdotes y miles de fieles rodeando el Templo Mayor y colocando, en un mismo momento, reliquias escultóricas, caracoles, conchas, semillas”…

Los trabajos en el Templo Mayor continúan, con la mirada puesta en el cincuenta aniversario de las excavaciones, que se cumplen en 2028. Mientras culminan la recuperación del gran tzompantli del centro ceremonial, una estructura donde los gobernantes mexica colocaban las cabezas de enemigos y sacrificados, además de otros espacios aledaños, los arqueólogos miran con deseo al gran Cuauhxicalco, estructura que yace a los pies del templo, y que podría albergar las cenizas de algunos de los últimos tlatoani. “Seguimos buscando las cenizas”, dice López Luján, “pero apenas estamos excavando la ofrenda 178, justo encima, que tiene como elemento principal un cadáver del jaguar vestido de guerrero. Entonces, primero tenemos que excavar esa ofrenda para saber qué más hay”, zanja.

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