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El fomento de la lectura y el rol municipal

La responsabilidad social de los municipios en el fomento a la lectura implica una renovación constante del compromiso de seguir adaptando estos espacios a los desafíos culturales, educativos y tecnológicos que vienen

Los chilenos leen en promedio 5,5 libros al año.Maskot (Getty Images)

Hay un dato que no debería sorprendernos, pero que vale la pena repetir: cuando leemos se activan partes muy específicas de nuestro cerebro relacionadas con la razón, la lógica, el lenguaje y el conocimiento. Leer de manera concentrada y atenta fortalece las conexiones neuronales, nos hace más inteligentes y es un factor de protección contra el deterioro cognitivo.

El gran problema es que como sociedad estamos leyendo cada vez menos debido a una mezcla entre falta de tiempo, acceso y motivación. Según la Encuesta Nacional de Participación Cultural y Comportamiento Lector 2024, los chilenos leen en promedio 5,5 libros al año, cifra que se mantiene por debajo de países como Argentina, México y Uruguay, donde se registran alrededor de ocho títulos anuales. Además, el sondeo reveló que sólo un 4,9% de los encuestados se considera un lector muy frecuente, mientras que un 39,6% reconoció leer poco.

Revertir esta baja es una tarea a cargo de múltiples actores, y es precisamente en ese cruce donde el rol de los municipios se vuelve clave. Los hábitos de lectura no se construyen en abstracto ni en soledad: se cimentan en lo local, en lo cercano, en los espacios que una comunidad reconoce como propios.

En ese sentido, el Mes del Libro también es una oportunidad para relevar experiencias que han apostado sostenidamente por el fomento lector desde el territorio. Un ejemplo de ello es el Centro Lector de Lo Barnechea, que este año cumple 30 años desde su creación.

Inaugurado en 1996, cuando este tipo de iniciativas aún no era parte extendida de las políticas municipales, este espacio fue pionero en instalar una idea que hoy parece evidente: que una biblioteca pública no es solo un depósito de libros, sino un lugar vivo donde la cultura se vuelve cotidiana, compartida y transformadora. Tres décadas después, esa apuesta se refleja en indicadores concretos, como un alto nivel de préstamos anuales y una fuerte participación infantil, señal clara de que el hábito lector se está construyendo desde etapas tempranas.

Otro aspecto a valorar de las bibliotecas comunales de este tipo es su alcance territorial y su capacidad de reinventarse. Por ejemplo, el Plan de Bibliotecas de Barcelona 1998-2010 permitió transformar una red deficitaria en un sistema moderno, ampliando infraestructura, servicios y acceso ciudadano. Se duplicaron los equipamientos y aumentó significativamente el uso, con más visitas, préstamos y usuarios inscritos. El éxito se basó en planificación, consenso político, inversión sostenida y una visión de la biblioteca como espacio cultural y social. Además, las bibliotecas contribuyeron a la cohesión social, la revitalización urbana y el acceso al conocimiento. De cara al futuro, se plantean nuevos desafíos ligados a la digitalización, la diversidad social y el rol activo de las bibliotecas en la construcción de ciudadanía.

Promover la lectura no puede ser una acción cultural aislada. Al contrario, es la suma de distintas intervenciones en la búsqueda de igualdad de oportunidades para todos. Cuando un niño de sectores más vulnerables de la comuna accede a un libro, a un mediador que le cuente una historia o a una ludoteca que muestre que aprender puede ser un juego, estamos reduciendo brechas que después son muy difíciles de cerrar. Estamos, en definitiva, construyendo el futuro. Lo mismo ocurre cuando los adolescentes participan en las sesiones de lectura silenciosa con otros jóvenes de su edad, o cuando un adulto mayor se maravilla y se distrae conociendo historias de nuevos autores, o participando semanalmente de tertulias donde se conversa lo que se lee.

La responsabilidad social de los municipios en el fomento a la lectura implica una renovación constante del compromiso de seguir adaptando estos espacios a los desafíos culturales, educativos y tecnológicos que vienen. Más bibliotecas en las calles, más acceso digital, más sesiones en el espacio público, más docentes formados y más comunidad reunida en torno a los libros. Cuando la pasión por leer se comparte y se vive en comunidad, se convierte en algo mucho más grande que un libro y pasa a ser una combinación entre identidad, diálogo e integración.

Hoy más que nunca, necesitamos habitar las bibliotecas. Porque cuando una comuna decide invertir en lectura, está ampliando horizontes, fortaleciendo capacidades y generando condiciones más justas para el desarrollo de sus vecinos.

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