La decepción está en la promesa
Los políticos exageran, y lo hacen porque saben que existe una demanda profunda por relatos de inmediatez, por la ilusión de que el desorden acumulado durante años puede resolverse en semanas
Hay una escena inolvidable en Fitzcarraldo, la película de Werner Herzog, en la que un hombre decide arrastrar un barco por encima de una montaña para llevar la ópera al corazón de la Amazonía. La imagen es delirante: una voluntad humana intentando imponerse sobre la densidad de la selva. Y, sin embargo, mientras la vemos, queremos creer que lo logrará. Sabemos que es imposible, pero suspendemos por un momento el juicio y nos entregamos a la potencia del deseo.
Algo parecido nos está ocurriendo con la política.
Elegimos ideas absolutas no porque ignoremos sus límites, sino porque nos permiten imaginar, aunque sea por un instante, que la complejidad puede ser vencida por la voluntad. Sabíamos que ningún Gobierno expulsaría en pocas semanas a miles de inmigrantes indocumentados y que la sonora cuenta regresiva terminaría en silencio. Sabíamos que el crecimiento económico no se levantaría como una persiana. Sabíamos que la seguridad no volvería por decreto. Y, sin embargo, jugamos a creer que sí. Todo ocurre en ese registro ambiguo del como si: como si bastara elegir a alguien para alterar la textura de la realidad.
Por eso la caída en la aprobación del Gobierno de José Antonio Kast no sorprende. Más bien confirma una intuición que ya estaba presente el día de la elección. La promesa de inmediatez contiene en sí misma la semilla de la decepción. Cuando una campaña se organiza sobre la idea de emergencia, sobre el relato de que todo está roto y debe resolverse ya, la ciudadanía vota más que por un programa por una experiencia de alivio inmediato.
Tal vez ahí asoma un rasgo más profundo de nuestra época. A falta de futuro, de utopías compartidas y de confianza en los procesos de largo plazo, necesitamos un subidón de confianza, un shot de intensidad emocional. La política promete menos un cambio que la sensación de que algo por fin pueda moverse
El problema es que la realidad tiene otros ritmos.
La seguridad, la economía, la salud y la educación no obedecen a la velocidad de las consignas. Llega un momento en que la ficción electoral se encuentra con la experiencia cotidiana: los homicidios, los robos, el precio de la bencina, la cuenta del supermercado. Es ahí cuando la política deja de ser promesa y vuelve a ser vida.
Pero el problema no son solo las exageraciones o las mentiras. Sería demasiado cómodo reducir todo a la mala fe de quienes prometen lo que saben improbable. Hay algo más incómodo y más verdadero en juego: una relación de mutua necesidad entre la oferta de imposibles y la disposición a creer en ellos.
Los políticos exageran, y lo hacen porque saben que existe una demanda profunda por relatos de inmediatez, por la ilusión de que el desorden acumulado durante años puede resolverse en semanas. Votamos programas o liderazgos que reflejen una fantasía temporal, la idea de que alguien podrá torcer de inmediato la complejidad del mundo.
Cuando esa fantasía se encuentra con la densidad de la realidad, llega la decepción. No como accidente, sino como desenlace casi previsto.
Quizás la verdadera pregunta no sea por qué cae tan rápido la aprobación de los gobiernos, sino por qué seguimos depositando en ellos la esperanza de lo imposible.