Cuando despertó, la realidad todavía estaba allí
El baño de realidad que ha recibido el Gobierno de Kast —como el que en su momento recibió la Administración Boric— lleva a pensar qué actitudes son posibles frente a ella. Max Weber identifica dos éticas: la responsabilidad frente a la convicción
La ilusión de control de la agenda duró apenas una semana, como experimentó el Gobierno del presidente José Antonio Kast. Luego de un inicio frenético, que dejó asombrados a varios observadores de la política, las circunstancias obligaron a cambios en su dirección. No se debió solo a varias malas decisiones de sus ministros —que las hubo—, sino también a hechos que ocurren bien lejos de las fronteras nacionales; sometidos como estamos a una guerra donde las declaraciones de un presidente dictan buena parte del precio del petróleo y la dirección de los mercados bursátiles. La porfiada realidad irrumpe y se impone. Es ella la que dicta la agenda; los gobiernos intentan anticiparla y seguirle el tranco, siempre expuestos a ser sobrepasados por sus vaivenes.
Hay algo de autoengaño en todo esto. La vida cotidiana está llena de planes frustrados, decisiones improvisadas, golpes de buena y mala suerte. En el ejercicio del poder, sin embargo, aparecen peculiaridades a las que el buen político debiera atender. Por una parte, el escrutinio constante de los medios multiplica la posibilidad de un paso en falso o una mala declaración; lo que antes se podía maquillar en el anonimato ahora se vuelve foco de conflicto. Por otra, la obligación —sí, obligación— de gobernar en circunstancias no elegidas. Como si fuera poco, las redes sociales y la íntima conexión entre lo local y el panorama global hacen que la realidad se expanda y se acelere. Más expectativas de decisiones rápidas para contener problemas en los que tenemos poco margen de maniobra y solución.
El baño de realidad que ha recibido el Gobierno del presidente Kast —como el que en su momento recibió la Administración Boric— lleva a pensar qué actitudes son posibles frente a ella. Max Weber, en el texto La política como vocación, identifica dos éticas: la responsabilidad frente a la convicción. O navegar estratégicamente en función de las consecuencias —responsabilidad—, o colocarse del lado de los principios sin transar, aún a costa de la realidad —convicción. A pesar de lo radical de la dicotomía, sirve para pensar el tipo de posiciones que el político debe tomar a diario. Weber no pensaba que los dos polos se dieran en la realidad; buscaba ilustrar la disposición que debe cultivar el político, combinar una “pasión ardiente” con una “mesurada frialdad”.
Habitar esa mesura parece heroico, algo casi imposible. Tener, como decía Nicanor Parra en su Manifiesto, “cabeza fría, corazón caliente” supone una virtud escasa no solo en el panorama chileno, sino en un mundo de liderazgos muchas veces mezquinos, grandilocuentes, teatrales. Sin embargo, como Ulises que elige ser amarrado al mástil, no queda otra alternativa para transitar una época en la que las certezas del pasado reciente —estabilidad económica, derecho internacional, la paz como norma general— parecen desvanecerse.
Las imágenes anteriores podrían llevarnos a concluir que el cinismo es la virtud central del político. Merece un mejor nombre: sagacidad, astucia, capacidad de leer la realidad sin dejarse devorar por ella. Pero es más todavía: comprensión, prudencia, valoración de la realidad. Astucia, sí, pero unida a la fuerza de voluntad que impide decaer cuando las esperanzas se esfuman, cuando los propios se distancian y sobreviene la noche. No se trata de una voluntad ciega; más bien de la disposición a oponer un “sin embargo” ante el mundo como es, no como quisiéramos que fuera. He ahí lo decisivo, lo que tanto falta: recibir la realidad, dejar que actúe sobre uno, sin dejar que nos domine del todo; actuar en función de ella sin negarla. Dejarse conmover por los hechos y hacer lo posible por enfrentarlos; comprender cuánto nos excede y qué margen de maniobra existe. A fin de cuentas, el político quiere influir en el mundo porque cree que puede ser mejor; sin olvidarse de que ese mundo, tal como es, tiene sus propias razones, su propio valor, que estuvo ahí antes, que seguirá estando después.