El balance y la balanza
El cambio de mando expresa una modificación profunda en la energía social. Si la elección de Gabriel Boric sintetizaba los vientos de transformación levantados con la enorme movilización popular de 2019, la de Kast refleja un humor sombrío
Este día no será fácil para quienes nos situamos en la ribera izquierda de la historia. Veremos a Gabriel Boric, emblemático líder estudiantil que llegó a La Moneda hace cuatro años, entregarle la banda presidencial a José Antonio Kast, ejemplar químicamente puro del pinochetismo, defensor de la dictadura que asesinó y torturó a miles de compatriotas y del modelo económico que impuso. No es poco.
Además de sus implicancias políticas, el cambio de mando expresa una modificación profunda en la energía social. Si la elección de Gabriel Boric sintetizaba los vientos de transformación levantados con la enorme movilización popular de 2019, la de Kast refleja un humor sombrío, provocado en parte, aunque no únicamente, por la frustración de las esperanzas despertadas.
Serán tiempos de balances. Y los balances, siempre necesarios, nunca son inocentes. Evaluar es disciplinar, es elaborar parámetros de lo correcto y someter a juicio la acción propia o ajena. Por lo mismo, es un ejercicio político que debe realizarse con particular atención.
La derecha insistirá en el relato de la inexperiencia, el fracaso y el cinismo: la generación que quería cambiarlo todo y terminó consolidando lo que tanto criticó, que se autoproclamó feminista y tuvo entre sus más altas autoridades a un acusado de violación, que quería poner lápida al neoliberalismo y no hizo más que fortalecerlo.
Las fuerzas que fuimos parte del Gobierno no debiéramos internalizar esos encuadres. Son trampas para desarmarnos políticamente. Debemos, al contrario, encarar nuestro propio balance, evitando la autocomplacencia y la autoflagelación, y, sobre todo, la absorción pasiva de las narrativas instaladas por nuestros adversarios.
En ese espíritu, una de nuestras primeras tareas consistirá en construir, consciente y deliberadamente, nuestros propios criterios, nuestra propia balanza, nuestra propia vara. Exigente, rigurosa y honesta.
¿Cómo vamos a evaluarnos?
Partamos por un criterio general. Nuestro balance no puede consistir en un check list del programa, aunque ese chequeo deba realizarse. Seguramente nadie conoce el porcentaje de cumplimiento programático de Pedro Aguirre Cerda, pero todos sabemos que en su Gobierno se creó la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO) y se empujó un proceso de desarrollo destinado a incorporar a la nación a amplias mayorías populares por entonces pauperizadas y excluidas. Allí tenemos un criterio: un gobierno se mide por los caminos que abre para superar las crisis que atraviesan a la sociedad que le toca conducir.
Agreguemos otros más específicos. Los objetivos de un gobierno de izquierda difieren, y más vale que así sea, de los de uno de derecha. Si la derecha tiende a favorecer la concentración de la riqueza y a debilitar el poder de los trabajadores frente al capital, un gobierno de izquierdas se propone lo contrario: elevar el poder de la amplia mayoría que vive de su trabajo, incrementar su capacidad de participar en la dirección de la sociedad, materializar sus intereses y sus sueños, y aumentar su disfrute de la riqueza que socialmente se produce. Poder, intereses, distribución y disfrute de la riqueza deben ser, entonces, elementos de nuestra balanza.
Cuando Gabriel Boric ganó la elección en diciembre de 2021, el país se hallaba en un momento particularmente delicado: el estallido social de 2019 como punto más alto de expresión de los malestares generados por el neoliberalismo, cohesión social debilitada, desconfianza en la política institucional. A estas crisis se sumaron el crimen organizado erosionando la vida cotidiana, la escalada inflacionaria golpeando los bolsillos de las familias, la intensificación de los flujos migratorios, el aumento de la exigencia ciudadana por seguridad. Y, además, un proceso constituyente cuyo fracaso alteró de manera irremontable la correlación de fuerzas, aceleró el ascenso de Kast e instaló una narrativa reaccionaria que desplazó las demandas sociales del centro del debate público.
En ese escenario adverso, sin mayoría parlamentaria y con una sociedad desmovilizada, el Gobierno alcanzó acuerdos que sentaron bases para resolver problemas largamente postergados y para dar al Estado nuevas herramientas de producción y redistribución: la reducción de la jornada laboral a 40 horas, el aumento histórico del salario mínimo, la ley de pago efectivo de pensiones alimenticias, el Sistema Nacional de Cuidados, el royalty minero, la participación del Estado en la producción de litio y la reforma de pensiones —a mi parecer la más trascendente, por su potencial redistributivo, por los elementos de solidaridad intergeneracional y de género que incorpora y porque logró elevar, inmediatamente, las pensiones de los actuales jubilados.
El Gobierno tiene logros que exhibir. Distintos indicadores permiten afirmar con objetividad que el presidente Boric entregará el país en mejores condiciones que aquellas en las que lo recibió. Sin embargo, sabemos que no fue suficiente.
El Gobierno cometió errores y los pagó caro. Reformas como la eliminación del CAE y la condonación de las deudas educativas —que son parte del ADN del Frente Amplio—, no lograron aprobarse. Pero más allá los listados de errores y de las reformas pendientes, el fracaso más duro del Gobierno y de las fuerzas políticas que lo sostuvimos se ubica en nuestra incapacidad de dar continuidad al ciclo de cambios que la movilización popular abrió, en no lograr construir una mayoría social y electoral —en el desafiante escenario del voto obligatorio— que permitiera seguir empujando las transformaciones estructurales, redistributivas, solidarias y modernizadoras que propusimos a Chile como camino para salir de la crisis del modelo. Esa incapacidad allanó el camino para la solución autoritaria, conservadora y neoliberal que hoy toma en sus manos la conducción del país.
Este es uno de los núcleos centrales del problema que enfrentamos. Para empujar transformaciones hay que construir mayorías y convocar a amplios sectores de la sociedad, sobre todo a los sectores populares. Allí fallamos y tenemos que trabajar para revertir esa derrota, que es más profunda que un mero resultado electoral.
Hoy, por primera vez desde la recuperación de la democracia, un epígono de Pinochet se instalará en La Moneda. Nos toca ahora, además de defender las conquistas alcanzadas e impedir retrocesos en justicia, derechos y libertades, realizar balances honestos y rigurosos, y retomar la iniciativa para derrotar a la extrema derecha e inclinar la balanza en favor de Chile y su gente, que sigue anhelando una vida digna y un país que la haga posible.